La actividad económica de Cali durante gran parte de la Colonia se centró en la agricultura y el comercio. Extensas haciendas como la Cañasgordas, El Limonar y Arroyohondo determinaron buena parte de las estructuras de la propiedad y las relaciones sociales de la época. Trabajar la tierra, ir a misa y asistir al mercado en la Plaza Mayor eran los mayores acontecimientos de la Cali española, que tuvo su primer movimiento estructural con la invasión de Napoleón a España, que catalizó el inconformismo de la burguesía criolla que sentía un trato desigual con la Metrópoli. Sin embargo, en el siglo XIX, aunque ya en tiempos de la República, Cali no dejó de ser lo que había sido: un municipio con apenas una importancia estratégica por ser puerto seco.
No obstante, hay dos momentos que definieron el despegue de Cali en estos 488 años: la declaración como capital departamental del Valle del Cauca en abril de 1910 y la llegada del Ferrocarril del Pacífico, luego de varios años de construcción desde Buenaventura, en 1915. Por su localización, la nueva capital se consolidó como un nodo ferroviario que permitía derivar las rutas hacia Palmira y el norte del país, hacia el Pacífico y hacia el Cauca. Estas ventajas logísticas hicieron atractivo el desarrollo agrícola e industrial, convirtiendo poco a poco a Cali en un lugar atractivo para la migración por la promesa de puestos de trabajo en la pujante economía local.
Entre la primera parte y mediados del siglo XX, Cali tuvo un despegue demográfico y económico motivado por el asentamiento de empresas y el desarrollo de nodos industriales como Yumbo y agrícolas como Palmira, así como con la llegada masiva de migración de trabajadores provenientes de distintas regiones del país. La migración ha sido decisiva para el desarrollo y el crecimiento de Cali, no es un rasgo reciente ni un accidente, más bien obedece a unas dinámicas estructurales que permitieron que para la segunda parte del siglo XX la capital vallecaucana se consolidará como la tercera ciudad del país, en un marcado contraste con la realidad colonial de los siglos pasados.
En 1971, con la selección de Cali como sede de los Juegos Panamericanos, la nuestra se moderniza con infraestructuras como vías, aeropuerto internacional y otras capacidades logísticas que la perfilan aún más de cara al final del siglo. En ese tránsito, la facilidad que supone estar a mitad de camino entre América del Norte y el Cono Sur, la presencia abundante de capital humano y las buenas condiciones geográficas, activan un crecimiento de inversión extranjera que le da a Cali una nueva cara y consolida una élite empresarial que dejaría huella durante las siguientes décadas. En suma, pasar de ser una ciudad de 20.000 habitantes en 1910 a casi dos millones en el año 2000 es el resultado de una compleja dinámica que involucra ventajas competitivas, migración, geografía e infraestructura.
Por supuesto, desde hace 30 años Cali sufre los golpes de la violencia que aún no se erradica. El auge del narcotráfico, la cercanía con zonas del conflicto, la migración de población desplazada forzosamente y el deterioro de la política local han generado un estado de postración que ha impedido que la capital del Valle mantenga el mismo dinamismo que traía en años anteriores. No en vano, es una ciudad que tiene menos inversión pública y menos ingresos que otras ciudades como Medellín y Barranquilla, dificultando que emprenda obras transformadoras como un metro. Mientras Bogotá ya adelanta su primera línea de metro y perfila dos más y Medellín avanza en el Metro de la 80, Cali aún no logra consolidar el cierre financiero del tren de cercanías, aunque hoy ve algo más de claridad.
Sin embargo, creo profundamente en que las ventajas que detonaron el despegue de Cali en el siglo XX lo podrán hacer nuevamente en este nuevo siglo. De cara a los 500 años, que llegarán en 2036, la ruta es clara: seguridad, infraestructura estratégica y cierre de brechas, que permitan aplanar las tensiones sociales y llevar a Cali hacia un nuevo aire. No nos podemos equivocar en este propósito; si acertamos, el camino será agradable y el resultado promisorio. Hoy más que nunca, creo en Cali y en su futuro, en su capacidad de ser una ciudad más buena, más próspera, más justa y mejor para todos. De nosotros depende.
