Coloquio de un liberal
lunes, 1 de junio de 2026
La Colombia de la rabia
domingo, 17 de mayo de 2026
Reflexión para un país dividido
Las pasadas elecciones legislativas le dejaron a Colombia el mensaje de un país claramente dividido. Y eso no es nuevo, a pesar de la fragmentación de partidos y de movimientos políticos, de una década para acá el país ha transitado por una senda donde se marcan muy claramente dos tendencias fuertes: lo vimos en 2014 con la reelección de Santos, en pleno debate alrededor de los diálogos de paz con las FARC; lo vivimos en 2016, con el plebiscito por la paz y se repitió en 2018, con la elección de Iván Duque y con el surgimiento de una izquierda fuerte. Por supuesto, en 2022 esa tendencia se marcó aún más, con la victoria de Gustavo Petro en un estrecho margen sobre Rodolfo Hernández. El país, en una década, ha caminado hacia una suerte de bipartidismo donde se gana por márgenes estrechos.
En 2026, el asunto no es muy diferente. Aunque el discurso oficial tiene el tono de quien ganó arrasadoramente en 2022, la verdad ha demostrado que no es posible gobernar hoy con sentido triunfalista porque, del otro lado, hay un sector de la sociedad colombiana que no puede despreciarse. Tras cuatro años de gobierno de izquierda, no podemos hablar de la hecatombe que se pensaba pero, sin duda, hay unas alertas que deben preocupar en estos momentos: elevada deuda pública, retroceso de la inversión privada y una economía impulsada por el consumo de los hogares -en gran medida apalancada por el gasto público financiado con deuda-, junto a una preocupante situación de orden público en varias regiones del país, como el Suroccidente. Aún así, pensar que los colombianos rechazan mayoritariamente las políticas de Petro es un error.
Con esto, quiero advertir que la victoria de quien quede electo el 31 de mayo o en junio, en una muy probable segunda vuelta, tendrá que lidiar con una contraparte representativa. Un error será el de asumir con exceso de triunfalismo el gobierno de un país dividido. Ninguno de los ganadores, sea de derecha radical o de izquierda, podrá pensar que tiene un cheque en blanco para hacer lo que le plazca. Petro creyó que podría hacerlo y se estrelló con la realidad de un Congreso y de una oposición que quedó reflejada en 11 millones de votos en 2022. El primer paso para bajarle a la temperatura al país será entender que se tendrá que gobernar con un fuerte contrapeso y que, en el largo plazo, ignorar la voz de los detractores solo traerá un deterioro institucional.
Si hoy debieramos señalar un gran error de Gustavo Petro es el de, justamente, haber desestimado a los 10 millones quinientos mil colombianos que votaron por el otro candidato y al medio millón de votantes que no quiso elegir a ninguno de los dos candidatos finalistas. Con un discurso cada vez más ácido contra la oposición, el Gobierno actual y su bancada han puesto sobre la mesa un discurso que criminaliza y que es peligrosamente revanchista, sostenidos sobre la tesis de que todo es un juego de suma cero donde la ganancia de unos es la pérdida de otros. Así han entendido la economía y la política, convirtiendo el Sistema de Medios Públicos en un aparato de propaganda y de señalamiento contra los opositores.
Yo no creo en la política de la revancha ni puedo aceptar que las instituciones en Colombia se conviertan en un instrumento peligroso de un pensamiento que, asume, que la pobreza y la exclusión se debe a una élite que deliberadamente ha empobrecido al país. Negacionistas de todo avance, ignoran que hoy Colombia es un país menos pobre que hace 30 o 60 años y que hay conquistas sociales que pudieron ser posibles antes de la llegada de la izquierda. Por supuesto, esto no exime de pensar que no todo se hizo como se debía y que, muy seguramente, Colombia pudo ser desde antes un país mucho más moderno y mejor para todos. Tampoco creo que a la izquierda la mueva la mala fe, porque éticamente no está mal tener una opción preferencial por los pobres.
La lucha contra la pobreza, el cierre de las brechas sociales y el desarrollo humano sostenible no son un monopolio de la izquierda. Así que es importante que ese otro sector de la política colombiana entienda el malestar que se engendró a lo largo de los últimos años, donde los avances del país no llegaron de la misma forma a todos los segmentos de la población. Sin embargo, tampoco estoy dispuesto a aceptar con resignación que el discurso de revancha de un sector hacia otro, que se volvió institucional en este periodo, continúe gobernando a Colombia. Por eso, este 31 de mayo daré mi voto por Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo, con la confianza de que hayan entendido la lección que este lado de la política colombiana no había comprendido.
viernes, 8 de mayo de 2026
La gran apuesta
jueves, 23 de abril de 2026
Bogotá ejemplar
sábado, 18 de abril de 2026
La hora del Suroccidente colombiano
La semana anterior, el liderazgo regional le presentó a los candidatos presidenciales una serie de prioridades de inversión para el Valle del Cauca, que requieren urgentemente del concurso del Gobierno Nacional para hacerse realidad. Dentro de esas propuestas está el Tren de Cercanías, el Aeropuerto Alfonso Bonilla Aragón o el sistema de acueducto de Buenaventura, aspiraciones de vieja data que no se ha logrado materializar aún por distintos retos fiscales o políticos. Y a pesar de la reacción desconcertante del oficialismo, son prioridades en las que se debe insistir porque no hay forma de que sean realidad sin un apoyo decidido del Gobierno Nacional, sea liderado por quien sea liderado.
Más allá de los distintos proyectos presentados, el asunto esconde un concepto más fuerte que debería unir a los habitantes y al liderazgo regional en departamentos como Valle, Cauca y Nariño: es la hora del Suroccidente colombiano, donde está el tercer mercado más importante del país y se aporta 10 de cada 100 pesos del Producto Interior Bruto de Colombia, además de tener el mayor puerto sobre el Pacífico y la economía más diversificada del conjunto nacional. Y digo que es la hora, porque ya es el momento de superar los obstáculos que impiden que la región avance al ritmo esperado.
A pesar de sus condiciones estructurales, es la zona de mayor violencia y una de las de mayor pobreza en el país. En el suroccidente están las mayores economías ilegales, basadas en la producción de la agroindustria de la cocaína y de la minería ilegal, con todos los fenómenos que se derivan de ellas y que se ven reflejados en problemas de orden público y convivencia. No es menos que paradójico que Cali pueda tener tres de las mejores clínicas de Colombia, pero también sea la capital que más homicidios tiene en el país en los últimos 30 años. Tampoco es congruente que a escasos 25 minutos de uno de los barrios más costosos de Colombia - Ciudad Jardín-, haya cultivos de coca custodiados por organizaciones armadas con alcance trasnacional. Esas asimetrías hablan de un reto sin enfrentar con contundencia.
Tampoco es coherente que Buenaventura le produzca al país de cinco billones de pesos en impuestos al año por su actividad portuaria, pero tenga a más de la mitad de su población en la pobreza y la ciudad no cuente con alcantarillado. Tampoco parece lógico que una de las zonas más biodiversas del mundo, donde se encuentran municipios como Guapi o Timbiquí, con gran abundancia de agua, esté bajo control de grupos armados organizados que imponen su ley ante la ausencia del Estado y la precariedad de sus mercados.
Si Colombia quiere aprovechar las ventajas de la reserva de biodiversidad que representa el Suroccidente, de la sofisticación que tiene un mercado como el de Cali o de la presencia del Oceano Pacífico, es momento de que exista un consenso nacional sobre la importancia de volver los ojos a la región y aceptar que es su hora. Las capacidades institucionales de los gobiernos territoriales no alcanzarán para acelerar el recorrido hacia el desarrollo que debe recorrerse para cerrar brechas y aumentar el potencial del Suroccidente. No debe verse como una escurrida del bulto de los alcaldes y gobernadores sino como una necesaria participación del Gobierno Nacional próximo en la financiación de proyectos que ampliarán la capacidad instalada regional y mejorarán la calida de vida de más de ocho millones de colombianos que viven en el corredor entre Rumichaca y el norte del Valle.
Sin mezquindades, es la hora del Suroccidente colombiano.
jueves, 9 de abril de 2026
El otoño del consenso
martes, 24 de marzo de 2026
Caminos de hierro
Colombia debe volver a mirar con seriedad el uso del ferrocarril, como uno de los sistemas más eficientes para movilizar carga y pasajeros. Esta es una verdad de perogruyo, pero toca reiterarla ante la necesidad de acelerar la marcha alrededor del desarrollo del sistema ferroviario en Colombia, que se dejó languidecer en los últimos 30 años. Y aunque se han hecho esfuerzos como la alianza público privada que rehabilitó el tren entre La Dorada y el norte del país, son esfuerzos insuficientes. El país debe avanzar hacia una red férrea que permita movilizar más carga, mover pasajeros y aprovechar las eficiencias propias de estos sistemas de transporte.
Rehabilitar los viejos trazados no es la salida que permita que los trenes operen de forma sostenida. El caso del Ferrocarril del Pacífico, con sus sucesivas concesiones, así lo demuestra: hay que revisar trazados y la tecnología de construcción y operación para garantizar que sean sistemas duraderos en el tiempo, de lo contrario seguirán siendo sistemas poco rentables que requieren gran inversión inicial pero que llegan con dificultad al punto de equilibrio. Siguiendo con ese ejemplo, una línea que una a Buenaventura con el resto del país tendrá que contemplar viaductos, puentes y variantes que eviten el paso obligado por Yumbo y Cali. Hoy el trazado es, en esencia, el mismo que concibió el ingeniero Cisneros a finales del siglo XIX.
Los trenes en Colombia, además, deben tener un ente gestor nacional al estilo de RENFE y ADIF de España o de la SNCF de Francia, que permita estandarizar el servicio, administrar el material rodante y la operación y gestionar la infraestructura. Es difícil que el país avance en la recuperación del transporte ferroviario sin tener un sistema de administración, gestión y desarrollo. A futuro, quizás la Agencia Nacional de Infraestructura deba escindirse para dotar al Estado colombiano de una división de administración de infraestructura ferroviaria que se encargue de la gestión de las vías, talleres, estaciones y demás edificaciones del sistema.
El sistema de trenes en Colombia debe recuperar la capacidad de movilizar pasajeros y de conectar los principales centros poblados del país. Además de los sistemas de trenes urbanos y suburbanos, debe existir servicios de media y larga distancia que conecten a las grandes capitales entre ellas y presten servicio entre los municipios intermedios. Por ejemplo, no debería ser alocado pensar en una línea que una a Montería con Ríohacha, cubriendo a las capitales de la Costa Caribe o que una a Cali con las ciudades del Eje Cafetero. En América existen ejemplos que, con sus más y sus menos, dibujan la senda como lo es el caso del Tren Maya de México.
Colombia tiene que construir un acuerdo que permita recuperar el sistema de transporte ferroviario como una opción real, tal como lo ha venido haciendo México, Chile y como ha tratado de mantenerlo Argentina. Esta determinación permitirá acelerar el desarrollo nacional, consolidar la integración territorial y hacer una apuesta por un transporte eficiente y ambientalmente más sostenible, que además le dará más opciones a los viajeros gracias a los conocidos efectos positivos de la competencia. Colombia tiene que seguir los caminos de hierro.
La Colombia de la rabia
La política ha cambiado, sin duda alguna. De las épocas de debates de candidatos encorbatados, de trato cordial y tonos moderados queda más ...