jueves, 6 de agosto de 2026

La capital de los símbolos

Los símbolos, históricamente, han movido las emociones. Los símbolos suelen tener una adherencia mayor que cualquier otro tipo de figura y, además, se convierten en el reflejo de las emociones de muchos. Geertz, un célebre antropólogo estadounidense, decía que los símbolos crean comunidad porque permiten compartir significados antes que argumentos. Y es que, justamente, hoy las grandes luchas no están en el campo de la argumentación -si acaso alguna vez esto fue así-, sino que están en el campo de los significados. El entendimiento que el individuo y las comunidades tienen sobre su realidad, sobre la historia y sobre su entorno es el que hoy determina el debate público. Y Cali, muy particularmente, se convirtió en el punto de encuentro de varios significados, es decir, se ha vuelto la capital de los símbolos.

Con el Paro de 2021, que algunos insisten en mantener en el recuerdo como una gran epopeya libertaria mientras para otros fue una toma criminal, los símbolos se tomaron a Cali. Quienes recordamos aquel fatídico 28 de abril de 2021, tenemos presente cómo a primera hora de la mañana, un grupo de índigenas derribó la estatua del fundador de Cali, Sebastián de Belálcazar. El revisionismo histórico que hizo carrera, determinó que, con los valores de hoy, una figura tildada de genocida no podría ser un símbolo para evocar. Días después, en el suroriente de la ciudad, se levantó una mano que se convirtió en el símbolo alternativo de un grupo significativo de comunidades. Ni levantar la mano ni tumbar la estatua de Belalcázar tuvieron efectos prácticos en la vida de la gente, pero dejó ver que el debate iba a estar en los símbolos y en un choque de significados.

A lo largo de cinco años, Cali ha estado en la encrucijada de dos o más visiones o significados enfrentados, con un debate infértil como peligroso alrededor de la denominada Mano de la Resistencia. Para muchos, esa mano es el punto de encuentro de quienes encuentran en ella la manera de compartir una visión de la realidad. La mano se levantó en un contexto de reivindicaciones sociales muy agudas, no sin desconocer que muchas comunidades fueron agitadas por los exaltados crónicos que viven de generar conflicto y se nutren de él. Para otros, esa mano divide, reivindica la violencia como mecanismo de lucha y sitúa a Cali en el atraso. Creo que dejarla o no es inane, no pasa de un símbolo y no pasa de unos significados. No por eso deja de ser importante, pero no es prioritario. 

Mientras en Cali nos fijamos en los símbolos, en Colombia se invierten casi 50 billones de pesos en transporte público, principalmente en trenes urbanos y suburbanos, y ni un solo peso de esa bolsa de recursos llegará a Cali. Mientras en Medellín enfrentan la tasa de homicidios más baja en 30 años, en Cali estamos sufriendo el impacto directo del aumento desmedido de la presencia de grupos armados organizados que tienen a la ciudad en una peligrosa ruta de criminalidad que se alimenta de la coca y de la extracción ilegal de minerales. Y si bien Cali ha tenido grandes logros, como una reducción sostenida de la pobreza hasta situarse por debajo del promedio nacional y en el cuarto lugar de las ciudades con menos pobreza en Colombia o un buen desempeño económico apalancado por políticas como la internacionalización, existe un rezago que, en todo caso, no se resuelve en el campo de lo simbólico. El debate sobre la mano es absolutamente inútil.

La posesión del presidente electo en Cali marca un hito histórico y es un símbolo; sin embargo, no debe quedarse en ese terreno. Para desanclar el debate de lo estrictamente simbólico -que inevitablemente seguirá estando presente-, resulta fundamental que existan avances significativos en todo aquello que hoy afecta la calidad de vida de la gente, tal como la seguridad y la movilidad. Cali no dejará de ser una capital de símbolos, porque eso en esencia no es negativo. Lo que sí puede matizarse es la pugnacidad de los símbolos como eje de la discusión pública en Cali. Y eso solamente será posible con obras, cumplimiento y mejor calidad de vida. En el largo plazo, eso es lo que desactiva cualquier conflicto social. 

domingo, 12 de julio de 2026

La potencia inconclusa

Colombia es una potencia inconclusa. Y ese apelativo que sugiero no es casualidad, es justamente parte de ese compendio de contradicciones que es este país, que constituye el cuarto mercado más importante de América Latina, que tiene un complejo pero rico sistema de ciudades como pocos países del continente, donde se encuentra ciudades sofisticadas como Bogotá o Medellín que conviven con regiones que evocan a las regiones más pobres de continentes como África. Colombia, a diferencia de gran parte de sus vecinos, ha tenido un crecimiento económico moderado pero consistente acompañado de una relativa estabilidad institucional, que contrasta seriamente con la existencia de dominios de grupos armados organizados y presencia de estructuras criminales que manejan cifras astronómicas producto de economías ilegales.

En Colombia es posible encontrar las clínicas más avanzadas de América Latina, al nivel de la Fundación Santa fe de Bogotá o la Clínica Imbanaco de Cali, así como empresas innovadoras y de alto crecimiento en distintos sectores productivos; también es un país con una inmensa diversidad cultural, que lo hace un polo atractor de turismo. Por la presencia de distintos pisos térmicos, cuenta con una excepcional capacidad agrícola y en ciudades como Cali existe una oferta de servicios profesionales de primer nivel, lo que permite que sus servicios médicos sean reconocidos internacionalmente por su calidad y pertinencia. No es broma cuando se dice que un cirujano en la Valle del Lili puede tener las mismas capacidades que un cirujano en el Memorial Hermann de Houston.

Aquí perfectamente podría existir una potencia económica, con capacidad de incidencia internacional y dominio en campos como la ciencia, el desarrollo empresarial y la innovación y los servicios propios de ciudades vibrantes de todos los tamaños, que van desde metrópolis como Bogotá hasta ciudades intermedias con niveles de vida muy superiores como Manizales. Sin embargo, a pesar de que buena parte de esa dotación de factores que permiten ser una potencia están presentes, a Colombia le quedan faltando unos pasos para consolidarse como una.

¿Qué debería hacer Colombia para consolidarse como una potencia? Una respuesta general es que debemos evocar grandes empresas de desarrollo que emprendió este país como el Ferrocarril de Antioquia, el Ferrocarril del Pacífico o el Cable Aéreo de Manizales a Mariquita. Y luego de evocarlas, inspirarse para emprender nuevas empresas de desarrollo necesarias para el despegue colombiano. Me atrevo a sugerir cinco pasos para desatar el poderío colombiano:

El primero, y suena obvio, es garantizar el control institucional de todo el territorio nacional. Eso implica desarticular empresas criminales que dominan sectores económicos como la minería ilegal y el narcotráfico. La recuperación del control pasa concretamente, por citar un ejemplo, en instalar un batallón de alta montaña en la zona rural montañosa de Jamundí y desde allí retomar el  corredor que va desde el Cañón del Micay hasta el sur del Valle del Cauca. Fortalecer las capacidades de las Fuerzas Militares y de Policía, del sistema judicial y dotar de nuevas capacidades institucionales a las Alcaldías y Gobernaciones para impartir autoridad. Eso deberá ir acompañado de transformación productiva, que solo será posible si se dota a las regiones de conectividad, infraestructura y capacidad instalada para desarrollar nuevos sectores económicos.

El segundo es la recuperación del transporte ferroviario de pasajeros y de carga. Trenes de cercanías, de media y de larga distancia, como podría ser una línea que una a las capitales del Caribe o al Altiplano Cundiboyacense, que logren consolidar nodos logísticos y de transporte alrededor de los cuales haya nuevos desarrollos empresariales y habitacionales, tal y como ocurrió en la época de la bonanza cafetera, que dio pie al desarrollo de los antiguos ferrocarriles. No hay desarrollo sin sistemas de transporte eficientes y ágiles, que reduzcan los costos y los tiempos de desplazamiento. 

El tercer factor es el institucional y es que Colombia requiere una modernización de la estructura del Estado. Debe parar la duplicidad de competencias entre entes territoriales y deben reasignarse las funciones de las distintas entidades estatales. Así mismo, a nivel nacional debe reformarse el sistema electoral que permita la incorporación de un esquema mixto y la supresión de la circunscripción nacional del Senado. Además, por la naturaleza política colombiana, muy alejado del bipartidismo férreo norteamericano, la Vicepresidencia de la República debe desaperecer y parece necesario que nazca una presidencia del Gobierno, una oficina del Primer Ministro que refleje las mayorías en el Congreso y así se fortalezca la gobernabilidad. Un semipresidencialismo a la francesa, adaptado a las características colombianas.

El cuarto elemento es una revolución urbana. Las ciudades son, por definición, el resultado del aprovechamiento de los beneficios de la aglomeración, que permite a los individuos acceder a bienes y servicios a menor costo. No es casualidad que las clínicas, colegios y universidades tiendan a estar presentes en ciudades más que en zona rural. De allí que una Colombia potente requiere que se estructure un plan para dotar a las grandes ciudades de sistemas de movilidad sostenibles como los metros, trenes ligeros y tranvías; adicionalmente, la renovación urbana debe estar en el núcleo de la política urbana nacional, que permita recuperar suelos valiosos hoy dejados a su suerte por el abandono. Las ciudades colombianas no tienen todas las capacidades de liderar esos esfuerzos, así que se requiere de un decidido apoyo nacional a estos planes parciales de renovación urbana.

Y, por último, será necesaria una decidida apuesta por la formación de capital humano, que abra la puerta a que las personas accedan a diferentes niveles de educación y formación que generen la posibilidad de asumir con capacidades suficientes los retos del desarrollo nacional. Allí las universidades y entidades como el SENA desempeñan un papel fundamental, porque llevar la educación no solo es un ejercicio simbólico sino que tiene que asimilarse como un esfuerzo con resultados prácticos y efectos positivos de largo plazo. Eso supone la necesidad de definir los objetivos de desarrollo que se traza Colombia, basados en indicadores objetivos como crecimiento del PIB, renta per cápita o Índice de Desarrollo Humano, para de esa forma darle al país una oferta de educación y formación pertinente.

Colombia tiene elementos que permiten pensar que puede ser una potencia. Sin embargo, la tarea no se ha concluido y hay que asumir esfuerzos orientados a cambiar el nivel de desarrollo del país en un lapso razonable. Transformaciones productivas, institucionales y grandes empresas de desarrollo que hay que emprender son parte de la receta. Así como en el pasado la economía cafetera levantó regiones empobrecidas como la Antioquia del siglo XIX y motivó la construcción de grandes obras de ingeniería como la conexión entre Medellín y el Magdalena Medio, hoy Colombia puede volverlo a hacer. Menos demagogia, más visión y determinación.

lunes, 1 de junio de 2026

La Colombia de la rabia

La política ha cambiado, sin duda alguna. De las épocas de debates de candidatos encorbatados, de trato cordial y tonos moderados queda más bien poco. También de la época de grandes propuestas hemos migrado a unos tiempos donde la puesta en escena, los símbolos y los canales de divulgación conectan más fácil que las promesas en terrenos como la economía, la seguridad o la salud pública. Los resultados de la primera vuelta presidencial en Colombia dejan ver que se consolida esa tendencia y la victoria preliminar de Abelardo de La Espriella confirma lo emocional que está el electorado colombiano. Sin embargo, conviene entender que esa emocionalidad no es espontánea y procede de un proceso sostenido de agitación de aguas.

Quizás el primer momento de mayor emotividad en el debate fue el de la campaña por el Plebiscito de 2016, donde convergieron estrategias publicitarias que apelaban a movilizar la rabia en el voto y tensionaron el debate. Poco se conversó alrededor del Acuerdo Final entre el Gobierno de Colombia y las FARC, sino que el eje fueron los temores y los sentimientos que generaba. Y esa emocionalidad fue creciendo de forma sostenida, hasta materializarse en 2022 con la elección de Gustavo Petro.

La elección de Petro, sin duda, fue un mensaje de una gran parte del electorado colombiano que sentía heridas profundizadas con el Gobierno de Iván Duque, que tuvo que enfrentar retos como una pandemia y algunos hechos no calculados ni propiciados, pero que aceleraron su ruptura con el electorado. Petro emergió con un discurso que reivindicaba esas heridas y ponía en el centro algunos retos estructurales de la sociedad colombiana como la exclusión en razón de ingresos o por orígenes étnicos. La victoria de Petro tenía un matiz histórico, pues era el triunfo de un antiguo actor del conflicto armado y un reconocido líder de la izquierda. Sin embargo, el triunfo no fue arrasador: 11 millones de colombianos prefirieron votar por Rodolfo Hernández y marcaron el voto en blanco.

El primer error del presidente Petro fue desconocer que una masa gigante de electores no confiaron en su propuesta de cambio. Y aunque el inicio de su gobierno parecía entender esa lógica, poco a poco él y su movimiento político migraron hacia un discurso que, parecía, que ignoraba que su victoria fue estrecha y su mandato estaba condicionado a la concertación. En lugar de eso, dedicó gran parte de su gobierno a mover los sentimientos de odio y rechazo hacia la universidad privada, hacia Colfuturo, hacia el metro de Bogotá, hacia los alcaldes y gobernadores de partidos de oposición, hacia los gremios y empezó a hablar de una Asamblea Nacional Constituyente, acelerando temores y dudas sobre su talante democrático. Sembró rabia en su electorado y es lo que ayer se cosechó.

No solo su base electoral creció apenas marginalmente, sino que más de 10 millones de colombianos prefirieron una opción totalmente opuesta. Petro gobernó para sus bases y olvidó convocar al país hacia elementos fundamentales. Creó falsas disyuntivas y nutrió un ejército de influenciadores digitales que se encargó de asediar, insultar y promover información falsa; el Sistema de Medios Públicos se convirtió en una máquina de propaganda que, siendo financiado con recursos del Estado, promovía información en contra de otros funcionarios del Estado, como los miembros de la Junta Directiva del Banco de la República o alcaldes y gobernadores. El presidente olvidó que tenía a la mitad del electorado en su contra y, en lugar de convocar, generó una fuerza centrífuga atizada por la rabia y el descontento. La Colombia de la rabia es uno de sus grandes legados.

Nada está decidido y todo puede ocurrir. Pero desconocer los resultados electorales -cuando hace cuatro años el hoy presidente reconocía su triunfo con el preconteo-, solo contribuye a acentuar la rabia de quienes vieron en De La Espriella el refugio contra la continuidad del Gobierno del Pacto Histórico. Y tardará varios años esto en apaciguarse, porque la tracción de la rabia es fuerte y tiende a llevar los países hasta el límite. Quien gane el próximo 21 de junio tendrá un duro reto y es el de saber que no podrá unir al país, pero que tendrá que hacer esfuerzos para gobernar para todos. Quien gane deberá ser consciente de que lo hará con una diferencia muy pequeña de votos, lo que le obliga a liderar el país con pies de plomo para no caer en fantasías. Bajar la temperatura es posible si quien gobierna entiende que la retórica debe suavizarse. O repetirá el error de Petro.

domingo, 17 de mayo de 2026

Reflexión para un país dividido

Las pasadas elecciones legislativas le dejaron a Colombia el mensaje de un país claramente dividido. Y eso no es nuevo, a pesar de la fragmentación de partidos y de movimientos políticos, de una década para acá el país ha transitado por una senda donde se marcan muy claramente dos tendencias fuertes: lo vimos en 2014 con la reelección de Santos, en pleno debate alrededor de los diálogos de paz con las FARC; lo vivimos en 2016, con el plebiscito por la paz y se repitió en 2018, con la elección de Iván Duque y con el surgimiento de una izquierda fuerte. Por supuesto, en 2022 esa tendencia se marcó aún más, con la victoria de Gustavo Petro en un estrecho margen sobre Rodolfo Hernández. El país, en una década, ha caminado hacia una suerte de bipartidismo donde se gana por márgenes estrechos.

En 2026, el asunto no es muy diferente. Aunque el discurso oficial tiene el tono de quien ganó arrasadoramente en 2022, la verdad ha demostrado que no es posible gobernar hoy con sentido triunfalista porque, del otro lado, hay un sector de la sociedad colombiana que no puede despreciarse. Tras cuatro años de gobierno de izquierda, no podemos hablar de la hecatombe que se pensaba pero, sin duda, hay unas alertas que deben preocupar en estos momentos: elevada deuda pública, retroceso de la inversión privada y una economía impulsada por el consumo de los hogares -en gran medida apalancada por el gasto público financiado con deuda-, junto a una preocupante situación de orden público en varias regiones del país, como el Suroccidente. Aún así, pensar que los colombianos rechazan mayoritariamente las políticas de Petro es un error.

Con esto, quiero advertir que la victoria de quien quede electo el 31 de mayo o en junio, en una muy probable segunda vuelta, tendrá que lidiar con una contraparte representativa. Un error será el de asumir con exceso de triunfalismo el gobierno de un país dividido. Ninguno de los ganadores, sea de derecha radical o de izquierda, podrá pensar que tiene un cheque en blanco para hacer lo que le plazca. Petro creyó que podría hacerlo y se estrelló con la realidad de un Congreso y de una oposición que quedó reflejada en 11 millones de votos en 2022. El primer paso para bajarle a la temperatura al país será entender que se tendrá que gobernar con un fuerte contrapeso y que, en el largo plazo, ignorar la voz de los detractores solo traerá un deterioro institucional.

Si hoy debieramos señalar un gran error de Gustavo Petro es el de, justamente, haber desestimado a los 10 millones quinientos mil colombianos que votaron por el otro candidato y al medio millón de votantes que no quiso elegir a ninguno de los dos candidatos finalistas. Con un discurso cada vez más ácido contra la oposición, el Gobierno actual y su bancada han puesto sobre la mesa un discurso que criminaliza y que es peligrosamente revanchista, sostenidos sobre la tesis de que todo es un juego de suma cero donde la ganancia de unos es la pérdida de otros. Así han entendido la economía y la política, convirtiendo el Sistema de Medios Públicos en un aparato de propaganda y de señalamiento contra los opositores. 

Yo no creo en la política de la revancha ni puedo aceptar que las instituciones en Colombia se conviertan en un instrumento peligroso de un pensamiento que, asume, que la pobreza y la exclusión se debe a una élite que deliberadamente ha empobrecido al país. Negacionistas de todo avance, ignoran que hoy Colombia es un país menos pobre que hace 30 o 60 años y que hay conquistas sociales que pudieron ser posibles antes de la llegada de la izquierda. Por supuesto, esto no exime de pensar que no todo se hizo como se debía y que, muy seguramente, Colombia pudo ser desde antes un país mucho más moderno y mejor para todos. Tampoco creo que a la izquierda la mueva la mala fe, porque éticamente no está mal tener una opción preferencial por los pobres. 

La lucha contra la pobreza, el cierre de las brechas sociales y el desarrollo humano sostenible no son un monopolio de la izquierda. Así que es importante que ese otro sector de la política colombiana entienda el malestar que se engendró a lo largo de los últimos años, donde los avances del país no llegaron de la misma forma a todos los segmentos de la población. Sin embargo, tampoco estoy dispuesto a aceptar con resignación que el discurso de revancha de un sector hacia otro, que se volvió institucional en este periodo, continúe gobernando a Colombia. Por eso, este 31 de mayo daré mi voto por Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo, con la confianza de que hayan entendido la lección que este lado de la política colombiana no había comprendido. 



viernes, 8 de mayo de 2026

La gran apuesta

Hace unos días, un concejal de Cali mostraba un video de un largo trancón en la entrada a Cali desde Jamundí y responsabilizaba a la existencia de un semáforo. Es muy común creer que un semáforo generará congestión de la misma forma que un puente peatonal va a hacer que la movilidad se trunque por el paso de peatones. Y es tentador creerlo, como es tentador creer que ampliar una vía suprimirá trancones o aumentará sustancialmente la velocidad. Esto puede ser parcialmente cierto, pero hay un factor que impide que esto sea una regla: todos los días están ingresando vehículos de todo tipo a las calles de nuestras ciudades. El parque automotor crece a ritmos mayores que lo que crece la malla vial y no es viable financieramente ni bajo ninguna dimensión que se le mire que se busque que se hagan vías a ritmos similares a los del ingreso de vehículos. Pensémoslo de esta manera: en la última década, el parque automotor de Cali se duplicó, mientras la malla vial creció en menos del 5%. 

Así las cosas, conviene que políticos y ciudadanos acepten una realidad: el costo de tener cada vez más vehículos en las vías es, además de otras externalidades, tener más congestión. No es coincidencia que la expansión del número de vehículos particulares en las vías coincida con el desarrollo inmobiliario en la zona de expansión de Cali y en terrenos urbanizables de Jamundí -como Alfaguara y Natura- y de Yumbo con Ciudad Guabinas. Cientos de miles de familias que han visto mejorar sus ingresos en los últimos años adquirieron o alquilaron vivienda en nuevos proyectos inmobiliarios y, a su vez, la mayoría adquirieron un vehículo o más para asegurar su transporte, más si se considera que estas viviendas están alejados de los principales centros productivos de la ciudad. 

Así las cosas, en la última década se ha proliferado la congestión vehicular, a pesar de que obras como la ampliación de la Vía Panamericana, la doble calzada de la Avenida Cañasgordas y la Avenida Bicentenario están en marcha y pueden generar algunos alivios. Sin embargo, están lejos de ser soluciones sostenidas. El ritmo de ingreso de vehículos es mucho más elevado y tendrá una relación estrecha y directa con el desarrollo inmobiliario, que encuentra suelos en el sur de la ciudad, cada vez más lejos de nodos comerciales y de los centros productivos. De ahí que no haya soluciones inmediatas, mágicas ni cómodas. El asunto es sencillo: si nadie está dispuesto a bajarse del vehículo particular, con semáforo o sin semáforo habrá congestión.

Lo único que hará que bajen las congestiones y los tiempos de desplazamiento es bajar a más gente del vehículo particular. Por eso, es importante ser francos y hablar con claridad: en un contexto de ciudades abarrotadas como Cali, reducir la congestión implicará algunas incomodidades y renuncias. Si se quiere llegar más rápido, quizás toque bajarse del confort de ir en un automóvil con aire acondicionado. Eso no lo digo yo, lo dice la experiencia a nivel internacional. Sin embargo, eso no se logra de buenas a primeras ni restringiendo el uso del vehículo particular sino, más bien, estimulando otros modos de moverse.

Entonces, ¿qué podemos hacer? La apuesta debe centrarse en el transporte público. En el largo plazo, Cali tiene la oportunidad de dar el paso con la consolidación del Tren de Cercanías, que servirá de colector de todas las zonas de mayor expansión urbana en la región. No hay ninguna justificación para que no se haya firmado el convenio de cofinanciación en noviembre pasado ni existe ninguna razón para que Bogotá esté recibiendo 50 billones de pesos en inversiones en movilidad, mientras el Estado está invirtiendo una diminuta fracción de ese valor en movilidad sostenible en el Valle del Cauca. Basta de hablar con verdades a medias: las soluciones a los trancones no son soluciones inmediatas como puentes, viaductos o túneles. Ayudan, pero solo si esto va acompañado de otras inversiones en transporte público y de infraestructura de transporte moderna como lo es el Tren de Cercanías. Ahí está la gran apuesta. 

 

jueves, 23 de abril de 2026

Bogotá ejemplar

De Bogotá se habla mucho. Para muchos, es una ciudad gris y sin alma, para otros es una vibrante metrópoli llena de historia y que se ha reinventado en los últimos años. Por supuesto, es una ciudad con muchos problemas, algunos propios de un conglomerado de casi 10 millones de personas y, por otro lado, por la acumulación de errores de políticas y de negligencias del Estado, como la segregación espacial, la degradación ambiental, la inseguridad y el deterioro del entorno urbano. Nadie podría creer lo que fue la Avenida Caracas a mitad del siglo pasado y lo que llegó a ser a finales de los años 1990, incluso con la intervención de TransMilenio. Sin embargo, en Bogotá se consolidó el turismo, la cultura y se hicieron renovaciones urbanas notables e inspiradoras como el eje ambiental de la Avenida Jiménez, la biblioteca Virgilio Barco o el Parque del Tercer Milenio. Sede de universidades de primer nivel, de grandes empresas y hasta de restaurantes que no tienen mucho que envidiarle a sus pares madrileños o de cualquier gran urbe hispanoamericana. Bogotá, en medio de sus contrastes y retos, ha prevalecido.

Y aunque la pugnacidad del debate político ha capturado nuestra capacidad de reconocer avances, llevándonos a un estruendoso negacionismo de cualquier progreso, hoy Bogotá es una ciudad ejemplar. Y lo es porque, a diferencia de lo que pasa en Cali o en otras ciudades, ha sabido destrabar la visión de largo plazo y aislarla de los ciclos políticos que suelen imponer estrechez de miras. La Capital de Colombia dio unos pasos importantes cuando, a finales de los años 1990, empezó una de las estrategias de renovación urbana más importantes, con la transformación del viejo Cartucho en un parque urbano y con la construcción de las primeras líneas del sistema TransMilenio.

Y, casi 30 años después, Bogotá dio el paso más importante de su historia: construir la primera línea del Metro y corregir el error histórico de dilatar su realización. Los bogotanos, a pesar de la mezquindad inherente a la pugnacidad política, reconocieron que el mejor metro es el que se hace y emprendieron la responsabilidad histórica de dotar a la Capital de un sistema de transporte multimodal, con la espina dorsal en la primera línea y en las futuras líneas 2 y 3, sin renunciar a hacer más troncales de TransMilenio. Adicional a ello, la región metropolitana construye la primera línea del tren de cercanías de Occidente y camina hacia el desarrollo de la línea norte. A la vuelta de una década, las decisiones que tomó Bogotá dejarán como legado el mejor sistema de transporte público de Colombia.

De la Bogotá caótica de los años ochenta a la Bogotá en obra de hoy, que muchos no reconocen o se niegan a reconocer, hay una serie de lecciones que debemos aprender y tomar en otras ciudades. Quizás la lección más importante es que las grandes transformaciones solo son posibles cuando se dejan de ver como una bandera de un alcalde o de un partido político y se convierten en causas de, por y para la ciudad. Las grandes obras de transporte y desarrollo urbano que hacen en la ciudad más grande de Colombia han sido desarrolladas por alcaldes de todos los espectros de la política. Y aunque el debate sobre si la primera línea debía ser elevada o subterránea parecía ser una ruptura en esa visión de largo plazo, nunca esa discusión bizantina fue más fuerte que la determinación de desarrollarla.

Ahora bien, Bogotá tiene unos frentes donde aún debe tomar decisiones de largo plazo, como en el caso de la seguridad y del deterioro ambiental. Sin embargo, en la toma de otras decisiones lo ha hecho bien y ese desarrollo en infraestructura es un ejemplo nacional de cómo, incluso con las contradicciones propias de la política, las soluciones reales y de largo plazo deben ser una hoja de ruta a la cual se atemperen los actores políticos. Bogotá tiene una oportunidad de oro de mostrarle a Colombia y al mundo ese resurgir, señalando lo bueno, corrigiendo lo malo y poniendo en el centro de la discusión no a quién tiene la razón sino las soluciones que esperan sus habitantes para mejorar su calidad de vida. Ya lo está haciendo y eso es ejemplar.

sábado, 18 de abril de 2026

La hora del Suroccidente colombiano

La semana anterior, el liderazgo regional le presentó a los candidatos presidenciales una serie de prioridades de inversión para el Valle del Cauca, que requieren urgentemente del concurso del Gobierno Nacional para hacerse realidad. Dentro de esas propuestas está el Tren de Cercanías, el Aeropuerto Alfonso Bonilla Aragón o el sistema de acueducto de Buenaventura, aspiraciones de vieja data que no se ha logrado materializar aún por distintos retos fiscales o políticos. Y a pesar de la reacción desconcertante del oficialismo, son prioridades en las que se debe insistir porque no hay forma de que sean realidad sin un apoyo decidido del Gobierno Nacional, sea liderado por quien sea liderado.

Más allá de los distintos proyectos presentados, el asunto esconde un concepto más fuerte que debería unir a los habitantes y al liderazgo regional en departamentos como Valle, Cauca y Nariño: es la hora del Suroccidente colombiano, donde está el tercer mercado más importante del país y se aporta 10 de cada 100 pesos del Producto Interior Bruto de Colombia, además de tener el mayor puerto sobre el Pacífico y la economía más diversificada del conjunto nacional. Y digo que es la hora, porque ya es el momento de superar los obstáculos que impiden que la región avance al ritmo esperado.

A pesar de sus condiciones estructurales, es la zona de mayor violencia y una de las de mayor pobreza en el país. En el suroccidente están las mayores economías ilegales, basadas en la producción de la agroindustria de la cocaína y de la minería ilegal, con todos los fenómenos que se derivan de ellas y que se ven reflejados en problemas de orden público y convivencia. No es menos que paradójico que Cali pueda tener tres de las mejores clínicas de Colombia, pero también sea la capital que más homicidios tiene en el país en los últimos 30 años. Tampoco es congruente que a escasos 25 minutos de uno de los barrios más costosos de Colombia - Ciudad Jardín-, haya cultivos de coca custodiados por organizaciones armadas con alcance trasnacional. Esas asimetrías hablan de un reto sin enfrentar con contundencia.

Tampoco es coherente que Buenaventura le produzca al país de cinco billones de pesos en impuestos al año por su actividad portuaria, pero tenga a más de la mitad de su población en la pobreza y la ciudad no cuente con alcantarillado. Tampoco parece lógico que una de las zonas más biodiversas del mundo, donde se encuentran municipios como Guapi o Timbiquí, con gran abundancia de agua, esté bajo control de grupos armados organizados que imponen su ley ante la ausencia del Estado y la precariedad de sus mercados. 

Si Colombia quiere aprovechar las ventajas de la reserva de biodiversidad que representa el Suroccidente, de la sofisticación que tiene un mercado como el de Cali o de la presencia del Oceano Pacífico, es momento de que exista un consenso nacional sobre la importancia de volver los ojos a la región y aceptar que es su hora. Las capacidades institucionales de los gobiernos territoriales no alcanzarán para acelerar el recorrido hacia el desarrollo que debe recorrerse para cerrar brechas y aumentar el potencial del Suroccidente. No debe verse como una escurrida del bulto de los alcaldes y gobernadores sino como una necesaria participación del Gobierno Nacional próximo en la financiación de proyectos que ampliarán la capacidad instalada regional y mejorarán la calida de vida de más de ocho millones de colombianos que viven en el corredor entre Rumichaca y el norte del Valle.

Sin mezquindades, es la hora del Suroccidente colombiano.

La capital de los símbolos

Los símbolos, históricamente, han movido las emociones. Los símbolos suelen tener una adherencia mayor que cualquier otro tipo de figura y, ...