Las pasadas elecciones legislativas le dejaron a Colombia el mensaje de un país claramente dividido. Y eso no es nuevo, a pesar de la fragmentación de partidos y de movimientos políticos, de una década para acá el país ha transitado por una senda donde se marcan muy claramente dos tendencias fuertes: lo vimos en 2014 con la reelección de Santos, en pleno debate alrededor de los diálogos de paz con las FARC; lo vivimos en 2016, con el plebiscito por la paz y se repitió en 2018, con la elección de Iván Duque y con el surgimiento de una izquierda fuerte. Por supuesto, en 2022 esa tendencia se marcó aún más, con la victoria de Gustavo Petro en un estrecho margen sobre Rodolfo Hernández. El país, en una década, ha caminado hacia una suerte de bipartidismo donde se gana por márgenes estrechos.
En 2026, el asunto no es muy diferente. Aunque el discurso oficial tiene el tono de quien ganó arrasadoramente en 2022, la verdad ha demostrado que no es posible gobernar hoy con sentido triunfalista porque, del otro lado, hay un sector de la sociedad colombiana que no puede despreciarse. Tras cuatro años de gobierno de izquierda, no podemos hablar de la hecatombe que se pensaba pero, sin duda, hay unas alertas que deben preocupar en estos momentos: elevada deuda pública, retroceso de la inversión privada y una economía impulsada por el consumo de los hogares -en gran medida apalancada por el gasto público financiado con deuda-, junto a una preocupante situación de orden público en varias regiones del país, como el Suroccidente. Aún así, pensar que los colombianos rechazan mayoritariamente las políticas de Petro es un error.
Con esto, quiero advertir que la victoria de quien quede electo el 31 de mayo o en junio, en una muy probable segunda vuelta, tendrá que lidiar con una contraparte representativa. Un error será el de asumir con exceso de triunfalismo el gobierno de un país dividido. Ninguno de los ganadores, sea de derecha radical o de izquierda, podrá pensar que tiene un cheque en blanco para hacer lo que le plazca. Petro creyó que podría hacerlo y se estrelló con la realidad de un Congreso y de una oposición que quedó reflejada en 11 millones de votos en 2022. El primer paso para bajarle a la temperatura al país será entender que se tendrá que gobernar con un fuerte contrapeso y que, en el largo plazo, ignorar la voz de los detractores solo traerá un deterioro institucional.
Si hoy debieramos señalar un gran error de Gustavo Petro es el de, justamente, haber desestimado a los 10 millones quinientos mil colombianos que votaron por el otro candidato y al medio millón de votantes que no quiso elegir a ninguno de los dos candidatos finalistas. Con un discurso cada vez más ácido contra la oposición, el Gobierno actual y su bancada han puesto sobre la mesa un discurso que criminaliza y que es peligrosamente revanchista, sostenidos sobre la tesis de que todo es un juego de suma cero donde la ganancia de unos es la pérdida de otros. Así han entendido la economía y la política, convirtiendo el Sistema de Medios Públicos en un aparato de propaganda y de señalamiento contra los opositores.
Yo no creo en la política de la revancha ni puedo aceptar que las instituciones en Colombia se conviertan en un instrumento peligroso de un pensamiento que, asume, que la pobreza y la exclusión se debe a una élite que deliberadamente ha empobrecido al país. Negacionistas de todo avance, ignoran que hoy Colombia es un país menos pobre que hace 30 o 60 años y que hay conquistas sociales que pudieron ser posibles antes de la llegada de la izquierda. Por supuesto, esto no exime de pensar que no todo se hizo como se debía y que, muy seguramente, Colombia pudo ser desde antes un país mucho más moderno y mejor para todos. Tampoco creo que a la izquierda la mueva la mala fe, porque éticamente no está mal tener una opción preferencial por los pobres.
La lucha contra la pobreza, el cierre de las brechas sociales y el desarrollo humano sostenible no son un monopolio de la izquierda. Así que es importante que ese otro sector de la política colombiana entienda el malestar que se engendró a lo largo de los últimos años, donde los avances del país no llegaron de la misma forma a todos los segmentos de la población. Sin embargo, tampoco estoy dispuesto a aceptar con resignación que el discurso de revancha de un sector hacia otro, que se volvió institucional en este periodo, continúe gobernando a Colombia. Por eso, este 31 de mayo daré mi voto por Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo, con la confianza de que hayan entendido la lección que este lado de la política colombiana no había comprendido.
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