Hace unos días, un concejal de Cali mostraba un video de un largo trancón en la entrada a Cali desde Jamundí y responsabilizaba a la existencia de un semáforo. Es muy común creer que un semáforo generará congestión de la misma forma que un puente peatonal va a hacer que la movilidad se trunque por el paso de peatones. Y es tentador creerlo, como es tentador creer que ampliar una vía suprimirá trancones o aumentará sustancialmente la velocidad. Esto puede ser parcialmente cierto, pero hay un factor que impide que esto sea una regla: todos los días están ingresando vehículos de todo tipo a las calles de nuestras ciudades. El parque automotor crece a ritmos mayores que lo que crece la malla vial y no es viable financieramente ni bajo ninguna dimensión que se le mire que se busque que se hagan vías a ritmos similares a los del ingreso de vehículos. Pensémoslo de esta manera: en la última década, el parque automotor de Cali se duplicó, mientras la malla vial creció en menos del 5%.
Así las cosas, conviene que políticos y ciudadanos acepten una realidad: el costo de tener cada vez más vehículos en las vías es, además de otras externalidades, tener más congestión. No es coincidencia que la expansión del número de vehículos particulares en las vías coincida con el desarrollo inmobiliario en la zona de expansión de Cali y en terrenos urbanizables de Jamundí -como Alfaguara y Natura- y de Yumbo con Ciudad Guabinas. Cientos de miles de familias que han visto mejorar sus ingresos en los últimos años adquirieron o alquilaron vivienda en nuevos proyectos inmobiliarios y, a su vez, la mayoría adquirieron un vehículo o más para asegurar su transporte, más si se considera que estas viviendas están alejados de los principales centros productivos de la ciudad.
Así las cosas, en la última década se ha proliferado la congestión vehicular, a pesar de que obras como la ampliación de la Vía Panamericana, la doble calzada de la Avenida Cañasgordas y la Avenida Bicentenario están en marcha y pueden generar algunos alivios. Sin embargo, están lejos de ser soluciones sostenidas. El ritmo de ingreso de vehículos es mucho más elevado y tendrá una relación estrecha y directa con el desarrollo inmobiliario, que encuentra suelos en el sur de la ciudad, cada vez más lejos de nodos comerciales y de los centros productivos. De ahí que no haya soluciones inmediatas, mágicas ni cómodas. El asunto es sencillo: si nadie está dispuesto a bajarse del vehículo particular, con semáforo o sin semáforo habrá congestión.
Lo único que hará que bajen las congestiones y los tiempos de desplazamiento es bajar a más gente del vehículo particular. Por eso, es importante ser francos y hablar con claridad: en un contexto de ciudades abarrotadas como Cali, reducir la congestión implicará algunas incomodidades y renuncias. Si se quiere llegar más rápido, quizás toque bajarse del confort de ir en un automóvil con aire acondicionado. Eso no lo digo yo, lo dice la experiencia a nivel internacional. Sin embargo, eso no se logra de buenas a primeras ni restringiendo el uso del vehículo particular sino, más bien, estimulando otros modos de moverse.
Entonces, ¿qué podemos hacer? La apuesta debe centrarse en el transporte público. En el largo plazo, Cali tiene la oportunidad de dar el paso con la consolidación del Tren de Cercanías, que servirá de colector de todas las zonas de mayor expansión urbana en la región. No hay ninguna justificación para que no se haya firmado el convenio de cofinanciación en noviembre pasado ni existe ninguna razón para que Bogotá esté recibiendo 50 billones de pesos en inversiones en movilidad, mientras el Estado está invirtiendo una diminuta fracción de ese valor en movilidad sostenible en el Valle del Cauca. Basta de hablar con verdades a medias: las soluciones a los trancones no son soluciones inmediatas como puentes, viaductos o túneles. Ayudan, pero solo si esto va acompañado de otras inversiones en transporte público y de infraestructura de transporte moderna como lo es el Tren de Cercanías. Ahí está la gran apuesta.
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