Los símbolos, históricamente, han movido las emociones. Los símbolos suelen tener una adherencia mayor que cualquier otro tipo de figura y, además, se convierten en el reflejo de las emociones de muchos. Geertz, un célebre antropólogo estadounidense, decía que los símbolos crean comunidad porque permiten compartir significados antes que argumentos. Y es que, justamente, hoy las grandes luchas no están en el campo de la argumentación -si acaso alguna vez esto fue así-, sino que están en el campo de los significados. El entendimiento que el individuo y las comunidades tienen sobre su realidad, sobre la historia y sobre su entorno es el que hoy determina el debate público. Y Cali, muy particularmente, se convirtió en el punto de encuentro de varios significados, es decir, se ha vuelto la capital de los símbolos.
Con el Paro de 2021, que algunos insisten en mantener en el recuerdo como una gran epopeya libertaria mientras para otros fue una toma criminal, los símbolos se tomaron a Cali. Quienes recordamos aquel fatídico 28 de abril de 2021, tenemos presente cómo a primera hora de la mañana, un grupo de índigenas derribó la estatua del fundador de Cali, Sebastián de Belálcazar. El revisionismo histórico que hizo carrera, determinó que, con los valores de hoy, una figura tildada de genocida no podría ser un símbolo para evocar. Días después, en el suroriente de la ciudad, se levantó una mano que se convirtió en el símbolo alternativo de un grupo significativo de comunidades. Ni levantar la mano ni tumbar la estatua de Belalcázar tuvieron efectos prácticos en la vida de la gente, pero dejó ver que el debate iba a estar en los símbolos y en un choque de significados.
A lo largo de cinco años, Cali ha estado en la encrucijada de dos o más visiones o significados enfrentados, con un debate infértil como peligroso alrededor de la denominada Mano de la Resistencia. Para muchos, esa mano es el punto de encuentro de quienes encuentran en ella la manera de compartir una visión de la realidad. La mano se levantó en un contexto de reivindicaciones sociales muy agudas, no sin desconocer que muchas comunidades fueron agitadas por los exaltados crónicos que viven de generar conflicto y se nutren de él. Para otros, esa mano divide, reivindica la violencia como mecanismo de lucha y sitúa a Cali en el atraso. Creo que dejarla o no es inane, no pasa de un símbolo y no pasa de unos significados. No por eso deja de ser importante, pero no es prioritario.
Mientras en Cali nos fijamos en los símbolos, en Colombia se invierten casi 50 billones de pesos en transporte público, principalmente en trenes urbanos y suburbanos, y ni un solo peso de esa bolsa de recursos llegará a Cali. Mientras en Medellín enfrentan la tasa de homicidios más baja en 30 años, en Cali estamos sufriendo el impacto directo del aumento desmedido de la presencia de grupos armados organizados que tienen a la ciudad en una peligrosa ruta de criminalidad que se alimenta de la coca y de la extracción ilegal de minerales. Y si bien Cali ha tenido grandes logros, como una reducción sostenida de la pobreza hasta situarse por debajo del promedio nacional y en el cuarto lugar de las ciudades con menos pobreza en Colombia o un buen desempeño económico apalancado por políticas como la internacionalización, existe un rezago que, en todo caso, no se resuelve en el campo de lo simbólico. El debate sobre la mano es absolutamente inútil.
La posesión del presidente electo en Cali marca un hito histórico y es un símbolo; sin embargo, no debe quedarse en ese terreno. Para desanclar el debate de lo estrictamente simbólico -que inevitablemente seguirá estando presente-, resulta fundamental que existan avances significativos en todo aquello que hoy afecta la calidad de vida de la gente, tal como la seguridad y la movilidad. Cali no dejará de ser una capital de símbolos, porque eso en esencia no es negativo. Lo que sí puede matizarse es la pugnacidad de los símbolos como eje de la discusión pública en Cali. Y eso solamente será posible con obras, cumplimiento y mejor calidad de vida. En el largo plazo, eso es lo que desactiva cualquier conflicto social.