Colombia es una potencia inconclusa. Y ese apelativo que sugiero no es casualidad, es justamente parte de ese compendio de contradicciones que es este país, que constituye el cuarto mercado más importante de América Latina, que tiene un complejo pero rico sistema de ciudades como pocos países del continente, donde se encuentra ciudades sofisticadas como Bogotá o Medellín que conviven con regiones que evocan a las regiones más pobres de continentes como África. Colombia, a diferencia de gran parte de sus vecinos, ha tenido un crecimiento económico moderado pero consistente acompañado de una relativa estabilidad institucional, que contrasta seriamente con la existencia de dominios de grupos armados organizados y presencia de estructuras criminales que manejan cifras astronómicas producto de economías ilegales.
En Colombia es posible encontrar las clínicas más avanzadas de América Latina, al nivel de la Fundación Santa fe de Bogotá o la Clínica Imbanaco de Cali, así como empresas innovadoras y de alto crecimiento en distintos sectores productivos; también es un país con una inmensa diversidad cultural, que lo hace un polo atractor de turismo. Por la presencia de distintos pisos térmicos, cuenta con una excepcional capacidad agrícola y en ciudades como Cali existe una oferta de servicios profesionales de primer nivel, lo que permite que sus servicios médicos sean reconocidos internacionalmente por su calidad y pertinencia. No es broma cuando se dice que un cirujano en la Valle del Lili puede tener las mismas capacidades que un cirujano en el Memorial Hermann de Houston.
Aquí perfectamente podría existir una potencia económica, con capacidad de incidencia internacional y dominio en campos como la ciencia, el desarrollo empresarial y la innovación y los servicios propios de ciudades vibrantes de todos los tamaños, que van desde metrópolis como Bogotá hasta ciudades intermedias con niveles de vida muy superiores como Manizales. Sin embargo, a pesar de que buena parte de esa dotación de factores que permiten ser una potencia están presentes, a Colombia le quedan faltando unos pasos para consolidarse como una.
¿Qué debería hacer Colombia para consolidarse como una potencia? Una respuesta general es que debemos evocar grandes empresas de desarrollo que emprendió este país como el Ferrocarril de Antioquia, el Ferrocarril del Pacífico o el Cable Aéreo de Manizales a Mariquita. Y luego de evocarlas, inspirarse para emprender nuevas empresas de desarrollo necesarias para el despegue colombiano. Me atrevo a sugerir cinco pasos para desatar el poderío colombiano:
El primero, y suena obvio, es garantizar el control institucional de todo el territorio nacional. Eso implica desarticular empresas criminales que dominan sectores económicos como la minería ilegal y el narcotráfico. La recuperación del control pasa concretamente, por citar un ejemplo, en instalar un batallón de alta montaña en la zona rural montañosa de Jamundí y desde allí retomar el corredor que va desde el Cañón del Micay hasta el sur del Valle del Cauca. Fortalecer las capacidades de las Fuerzas Militares y de Policía, del sistema judicial y dotar de nuevas capacidades institucionales a las Alcaldías y Gobernaciones para impartir autoridad. Eso deberá ir acompañado de transformación productiva, que solo será posible si se dota a las regiones de conectividad, infraestructura y capacidad instalada para desarrollar nuevos sectores económicos.
El segundo es la recuperación del transporte ferroviario de pasajeros y de carga. Trenes de cercanías, de media y de larga distancia, como podría ser una línea que una a las capitales del Caribe o al Altiplano Cundiboyacense, que logren consolidar nodos logísticos y de transporte alrededor de los cuales haya nuevos desarrollos empresariales y habitacionales, tal y como ocurrió en la época de la bonanza cafetera, que dio pie al desarrollo de los antiguos ferrocarriles. No hay desarrollo sin sistemas de transporte eficientes y ágiles, que reduzcan los costos y los tiempos de desplazamiento.
El tercer factor es el institucional y es que Colombia requiere una modernización de la estructura del Estado. Debe parar la duplicidad de competencias entre entes territoriales y deben reasignarse las funciones de las distintas entidades estatales. Así mismo, a nivel nacional debe reformarse el sistema electoral que permita la incorporación de un esquema mixto y la supresión de la circunscripción nacional del Senado. Además, por la naturaleza política colombiana, muy alejado del bipartidismo férreo norteamericano, la Vicepresidencia de la República debe desaperecer y parece necesario que nazca una presidencia del Gobierno, una oficina del Primer Ministro que refleje las mayorías en el Congreso y así se fortalezca la gobernabilidad. Un semipresidencialismo a la francesa, adaptado a las características colombianas.
El cuarto elemento es una revolución urbana. Las ciudades son, por definición, el resultado del aprovechamiento de los beneficios de la aglomeración, que permite a los individuos acceder a bienes y servicios a menor costo. No es casualidad que las clínicas, colegios y universidades tiendan a estar presentes en ciudades más que en zona rural. De allí que una Colombia potente requiere que se estructure un plan para dotar a las grandes ciudades de sistemas de movilidad sostenibles como los metros, trenes ligeros y tranvías; adicionalmente, la renovación urbana debe estar en el núcleo de la política urbana nacional, que permita recuperar suelos valiosos hoy dejados a su suerte por el abandono. Las ciudades colombianas no tienen todas las capacidades de liderar esos esfuerzos, así que se requiere de un decidido apoyo nacional a estos planes parciales de renovación urbana.
Y, por último, será necesaria una decidida apuesta por la formación de capital humano, que abra la puerta a que las personas accedan a diferentes niveles de educación y formación que generen la posibilidad de asumir con capacidades suficientes los retos del desarrollo nacional. Allí las universidades y entidades como el SENA desempeñan un papel fundamental, porque llevar la educación no solo es un ejercicio simbólico sino que tiene que asimilarse como un esfuerzo con resultados prácticos y efectos positivos de largo plazo. Eso supone la necesidad de definir los objetivos de desarrollo que se traza Colombia, basados en indicadores objetivos como crecimiento del PIB, renta per cápita o Índice de Desarrollo Humano, para de esa forma darle al país una oferta de educación y formación pertinente.
Colombia tiene elementos que permiten pensar que puede ser una potencia. Sin embargo, la tarea no se ha concluido y hay que asumir esfuerzos orientados a cambiar el nivel de desarrollo del país en un lapso razonable. Transformaciones productivas, institucionales y grandes empresas de desarrollo que hay que emprender son parte de la receta. Así como en el pasado la economía cafetera levantó regiones empobrecidas como la Antioquia del siglo XIX y motivó la construcción de grandes obras de ingeniería como la conexión entre Medellín y el Magdalena Medio, hoy Colombia puede volverlo a hacer. Menos demagogia, más visión y determinación.