domingo, 17 de mayo de 2026

Reflexión para un país dividido

Las pasadas elecciones legislativas le dejaron a Colombia el mensaje de un país claramente dividido. Y eso no es nuevo, a pesar de la fragmentación de partidos y de movimientos políticos, de una década para acá el país ha transitado por una senda donde se marcan muy claramente dos tendencias fuertes: lo vimos en 2014 con la reelección de Santos, en pleno debate alrededor de los diálogos de paz con las FARC; lo vivimos en 2016, con el plebiscito por la paz y se repitió en 2018, con la elección de Iván Duque y con el surgimiento de una izquierda fuerte. Por supuesto, en 2022 esa tendencia se marcó aún más, con la victoria de Gustavo Petro en un estrecho margen sobre Rodolfo Hernández. El país, en una década, ha caminado hacia una suerte de bipartidismo donde se gana por márgenes estrechos.

En 2026, el asunto no es muy diferente. Aunque el discurso oficial tiene el tono de quien ganó arrasadoramente en 2022, la verdad ha demostrado que no es posible gobernar hoy con sentido triunfalista porque, del otro lado, hay un sector de la sociedad colombiana que no puede despreciarse. Tras cuatro años de gobierno de izquierda, no podemos hablar de la hecatombe que se pensaba pero, sin duda, hay unas alertas que deben preocupar en estos momentos: elevada deuda pública, retroceso de la inversión privada y una economía impulsada por el consumo de los hogares -en gran medida apalancada por el gasto público financiado con deuda-, junto a una preocupante situación de orden público en varias regiones del país, como el Suroccidente. Aún así, pensar que los colombianos rechazan mayoritariamente las políticas de Petro es un error.

Con esto, quiero advertir que la victoria de quien quede electo el 31 de mayo o en junio, en una muy probable segunda vuelta, tendrá que lidiar con una contraparte representativa. Un error será el de asumir con exceso de triunfalismo el gobierno de un país dividido. Ninguno de los ganadores, sea de derecha radical o de izquierda, podrá pensar que tiene un cheque en blanco para hacer lo que le plazca. Petro creyó que podría hacerlo y se estrelló con la realidad de un Congreso y de una oposición que quedó reflejada en 11 millones de votos en 2022. El primer paso para bajarle a la temperatura al país será entender que se tendrá que gobernar con un fuerte contrapeso y que, en el largo plazo, ignorar la voz de los detractores solo traerá un deterioro institucional.

Si hoy debieramos señalar un gran error de Gustavo Petro es el de, justamente, haber desestimado a los 10 millones quinientos mil colombianos que votaron por el otro candidato y al medio millón de votantes que no quiso elegir a ninguno de los dos candidatos finalistas. Con un discurso cada vez más ácido contra la oposición, el Gobierno actual y su bancada han puesto sobre la mesa un discurso que criminaliza y que es peligrosamente revanchista, sostenidos sobre la tesis de que todo es un juego de suma cero donde la ganancia de unos es la pérdida de otros. Así han entendido la economía y la política, convirtiendo el Sistema de Medios Públicos en un aparato de propaganda y de señalamiento contra los opositores. 

Yo no creo en la política de la revancha ni puedo aceptar que las instituciones en Colombia se conviertan en un instrumento peligroso de un pensamiento que, asume, que la pobreza y la exclusión se debe a una élite que deliberadamente ha empobrecido al país. Negacionistas de todo avance, ignoran que hoy Colombia es un país menos pobre que hace 30 o 60 años y que hay conquistas sociales que pudieron ser posibles antes de la llegada de la izquierda. Por supuesto, esto no exime de pensar que no todo se hizo como se debía y que, muy seguramente, Colombia pudo ser desde antes un país mucho más moderno y mejor para todos. Tampoco creo que a la izquierda la mueva la mala fe, porque éticamente no está mal tener una opción preferencial por los pobres. 

La lucha contra la pobreza, el cierre de las brechas sociales y el desarrollo humano sostenible no son un monopolio de la izquierda. Así que es importante que ese otro sector de la política colombiana entienda el malestar que se engendró a lo largo de los últimos años, donde los avances del país no llegaron de la misma forma a todos los segmentos de la población. Sin embargo, tampoco estoy dispuesto a aceptar con resignación que el discurso de revancha de un sector hacia otro, que se volvió institucional en este periodo, continúe gobernando a Colombia. Por eso, este 31 de mayo daré mi voto por Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo, con la confianza de que hayan entendido la lección que este lado de la política colombiana no había comprendido. 



viernes, 8 de mayo de 2026

La gran apuesta

Hace unos días, un concejal de Cali mostraba un video de un largo trancón en la entrada a Cali desde Jamundí y responsabilizaba a la existencia de un semáforo. Es muy común creer que un semáforo generará congestión de la misma forma que un puente peatonal va a hacer que la movilidad se trunque por el paso de peatones. Y es tentador creerlo, como es tentador creer que ampliar una vía suprimirá trancones o aumentará sustancialmente la velocidad. Esto puede ser parcialmente cierto, pero hay un factor que impide que esto sea una regla: todos los días están ingresando vehículos de todo tipo a las calles de nuestras ciudades. El parque automotor crece a ritmos mayores que lo que crece la malla vial y no es viable financieramente ni bajo ninguna dimensión que se le mire que se busque que se hagan vías a ritmos similares a los del ingreso de vehículos. Pensémoslo de esta manera: en la última década, el parque automotor de Cali se duplicó, mientras la malla vial creció en menos del 5%. 

Así las cosas, conviene que políticos y ciudadanos acepten una realidad: el costo de tener cada vez más vehículos en las vías es, además de otras externalidades, tener más congestión. No es coincidencia que la expansión del número de vehículos particulares en las vías coincida con el desarrollo inmobiliario en la zona de expansión de Cali y en terrenos urbanizables de Jamundí -como Alfaguara y Natura- y de Yumbo con Ciudad Guabinas. Cientos de miles de familias que han visto mejorar sus ingresos en los últimos años adquirieron o alquilaron vivienda en nuevos proyectos inmobiliarios y, a su vez, la mayoría adquirieron un vehículo o más para asegurar su transporte, más si se considera que estas viviendas están alejados de los principales centros productivos de la ciudad. 

Así las cosas, en la última década se ha proliferado la congestión vehicular, a pesar de que obras como la ampliación de la Vía Panamericana, la doble calzada de la Avenida Cañasgordas y la Avenida Bicentenario están en marcha y pueden generar algunos alivios. Sin embargo, están lejos de ser soluciones sostenidas. El ritmo de ingreso de vehículos es mucho más elevado y tendrá una relación estrecha y directa con el desarrollo inmobiliario, que encuentra suelos en el sur de la ciudad, cada vez más lejos de nodos comerciales y de los centros productivos. De ahí que no haya soluciones inmediatas, mágicas ni cómodas. El asunto es sencillo: si nadie está dispuesto a bajarse del vehículo particular, con semáforo o sin semáforo habrá congestión.

Lo único que hará que bajen las congestiones y los tiempos de desplazamiento es bajar a más gente del vehículo particular. Por eso, es importante ser francos y hablar con claridad: en un contexto de ciudades abarrotadas como Cali, reducir la congestión implicará algunas incomodidades y renuncias. Si se quiere llegar más rápido, quizás toque bajarse del confort de ir en un automóvil con aire acondicionado. Eso no lo digo yo, lo dice la experiencia a nivel internacional. Sin embargo, eso no se logra de buenas a primeras ni restringiendo el uso del vehículo particular sino, más bien, estimulando otros modos de moverse.

Entonces, ¿qué podemos hacer? La apuesta debe centrarse en el transporte público. En el largo plazo, Cali tiene la oportunidad de dar el paso con la consolidación del Tren de Cercanías, que servirá de colector de todas las zonas de mayor expansión urbana en la región. No hay ninguna justificación para que no se haya firmado el convenio de cofinanciación en noviembre pasado ni existe ninguna razón para que Bogotá esté recibiendo 50 billones de pesos en inversiones en movilidad, mientras el Estado está invirtiendo una diminuta fracción de ese valor en movilidad sostenible en el Valle del Cauca. Basta de hablar con verdades a medias: las soluciones a los trancones no son soluciones inmediatas como puentes, viaductos o túneles. Ayudan, pero solo si esto va acompañado de otras inversiones en transporte público y de infraestructura de transporte moderna como lo es el Tren de Cercanías. Ahí está la gran apuesta. 

 

La Colombia de la rabia

La política ha cambiado, sin duda alguna. De las épocas de debates de candidatos encorbatados, de trato cordial y tonos moderados queda más ...