lunes, 1 de junio de 2026

La Colombia de la rabia

La política ha cambiado, sin duda alguna. De las épocas de debates de candidatos encorbatados, de trato cordial y tonos moderados queda más bien poco. También de la época de grandes propuestas hemos migrado a unos tiempos donde la puesta en escena, los símbolos y los canales de divulgación conectan más fácil que las promesas en terrenos como la economía, la seguridad o la salud pública. Los resultados de la primera vuelta presidencial en Colombia dejan ver que se consolida esa tendencia y la victoria preliminar de Abelardo de La Espriella confirma lo emocional que está el electorado colombiano. Sin embargo, conviene entender que esa emocionalidad no es espontánea y procede de un proceso sostenido de agitación de aguas.

Quizás el primer momento de mayor emotividad en el debate fue el de la campaña por el Plebiscito de 2016, donde convergieron estrategias publicitarias que apelaban a movilizar la rabia en el voto y tensionaron el debate. Poco se conversó alrededor del Acuerdo Final entre el Gobierno de Colombia y las FARC, sino que el eje fueron los temores y los sentimientos que generaba. Y esa emocionalidad fue creciendo de forma sostenida, hasta materializarse en 2022 con la elección de Gustavo Petro.

La elección de Petro, sin duda, fue un mensaje de una gran parte del electorado colombiano que sentía heridas profundizadas con el Gobierno de Iván Duque, que tuvo que enfrentar retos como una pandemia y algunos hechos no calculados ni propiciados, pero que aceleraron su ruptura con el electorado. Petro emergió con un discurso que reivindicaba esas heridas y ponía en el centro algunos retos estructurales de la sociedad colombiana como la exclusión en razón de ingresos o por orígenes étnicos. La victoria de Petro tenía un matiz histórico, pues era el triunfo de un antiguo actor del conflicto armado y un reconocido líder de la izquierda. Sin embargo, el triunfo no fue arrasador: 11 millones de colombianos prefirieron votar por Rodolfo Hernández y marcaron el voto en blanco.

El primer error del presidente Petro fue desconocer que una masa gigante de electores no confiaron en su propuesta de cambio. Y aunque el inicio de su gobierno parecía entender esa lógica, poco a poco él y su movimiento político migraron hacia un discurso que, parecía, que ignoraba que su victoria fue estrecha y su mandato estaba condicionado a la concertación. En lugar de eso, dedicó gran parte de su gobierno a mover los sentimientos de odio y rechazo hacia la universidad privada, hacia Colfuturo, hacia el metro de Bogotá, hacia los alcaldes y gobernadores de partidos de oposición, hacia los gremios y empezó a hablar de una Asamblea Nacional Constituyente, acelerando temores y dudas sobre su talante democrático. Sembró rabia en su electorado y es lo que ayer se cosechó.

No solo su base electoral creció apenas marginalmente, sino que más de 10 millones de colombianos prefirieron una opción totalmente opuesta. Petro gobernó para sus bases y olvidó convocar al país hacia elementos fundamentales. Creó falsas disyuntivas y nutrió un ejército de influenciadores digitales que se encargó de asediar, insultar y promover información falsa; el Sistema de Medios Públicos se convirtió en una máquina de propaganda que, siendo financiado con recursos del Estado, promovía información en contra de otros funcionarios del Estado, como los miembros de la Junta Directiva del Banco de la República o alcaldes y gobernadores. El presidente olvidó que tenía a la mitad del electorado en su contra y, en lugar de convocar, generó una fuerza centrífuga atizada por la rabia y el descontento. La Colombia de la rabia es uno de sus grandes legados.

Nada está decidido y todo puede ocurrir. Pero desconocer los resultados electorales -cuando hace cuatro años el hoy presidente reconocía su triunfo con el preconteo-, solo contribuye a acentuar la rabia de quienes vieron en De La Espriella el refugio contra la continuidad del Gobierno del Pacto Histórico. Y tardará varios años esto en apaciguarse, porque la tracción de la rabia es fuerte y tiende a llevar los países hasta el límite. Quien gane el próximo 21 de junio tendrá un duro reto y es el de saber que no podrá unir al país, pero que tendrá que hacer esfuerzos para gobernar para todos. Quien gane deberá ser consciente de que lo hará con una diferencia muy pequeña de votos, lo que le obliga a liderar el país con pies de plomo para no caer en fantasías. Bajar la temperatura es posible si quien gobierna entiende que la retórica debe suavizarse. O repetirá el error de Petro.

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