La semana que termina será tristemente recordada. En cuestión de horas, Cali y el suroccidente colombiano fueron objetivo de 14 ataques terroristas que, solo en la capital vallecaucana, dejaron dos muertos y 51 heridos, además de varios daños materiales y los incalculables efectos en las comunidades locales que recibieron directamente los impactos de los explosivos. Bastaría imaginar que eso hubiera ocurrido en Bogotá o en Medellín, como bastaría imaginar que en los Farallones de Sutatausa -en Cundinamarca y a no más de una hora del extremo norte de la Capital de la República- hubiera control de un grupo armado ilegal y la presencia de cultivos ilícitos. Pero ocurrió en Cali, en una de las regiones donde el conflicto armado, luego del acuerdo de Paz de 2016, no mermó sino que, contra toda lógica, se transformó y arreció.
Cali ha sido golpeada por la violencia más que cualquiera de las grandes ciudades de Colombia. Epicentro del accionar de grupos como el M19 en los años 1980, luego se convirtió en el núcleo de la violencia del narcotráfico a partir de los años 1990. Para finales del siglo pasado, es decir, hace no más de 25 años, Cali se convirtió en el objetivo de las FARC, del ELN y en menor intensidad de grupos de autodefensa, que crearon una terrorífica sociedad con grupos de narcotraficantes como el Cartel del Norte del Valle y empresas transnacionales del crimen, que vieron en el corredor entre el Cauca y el Valle una máquina de lucro producto de la ilegalidad. En 1999 Cali sufrió dos secuestros masivos; en 2001, un carro bomba destruyó parcialmente la Torre de Cali; en 2002 se llevaron a 12 diputados; en 2007 volaron el Comando de la Policía Metropolitana y, desde el año 2000, han sido asesinadas más de 30 mil personas. No me equivoco si digo que, al menos en los últimos 30 años, Cali ha sido la ciudad más golpeada por la violencia.
No es en vano cuando desde Cali, y durante las últimas tres décadas, hemos solicitado año tras año mayor compromiso de la Nación. Más inversión en la ciudad y en la región o control institucional en el sur del Valle y el Cauca son aspiraciones regionales que, de forma intermitente, parecen no estar de forma constante sobre el escritorio del presidente de turno. Una buena forma de construir estabilidad en una región de gran importancia nacional e internacional es poniéndose al día con obras como la ampliación y modernización del Aeropuerto Alfonso Bonilla Aragón; terminar la doble calzada entre Cali y Popayán, proyectándola hasta Pasto; el Tren de Cercanías del Valle y el Ferrocarril del Pacífico; la variante Mulaló- Loboguerrero y otros proyectos que, sin duda alguna, marcarían un impulso para la región. Eso sin contar el gasto en seguridad, el aumento de pie de fuerza y la transformación productiva que permita sustituir cultivos ilícitos.
A nivel local, los caleños hoy tenemos una oportunidad de sanar heridas y de enviar un mensaje de fortaleza, más en momentos cuando la amenaza terrorista sigue latente. El Plan Invertir para Crecer, de la Alcaldía encabezada por Alejandro Eder, se convierte en una oportunidad de dotar a Cali de mejores infraestructuras, de cambiar el paisaje urbano y de generar un impulso anímico que necesitamos en estos momentos. Obras como la renovación del centro extendido, que marcará un hito paisajístico y de movilidad peatonal; el Parque Central o el Bulevar Figueroa; el Bulevar de la Avenida Sexta; la recuperación de la malla vial y la inversión en adecuación de infraestructura educativa, de seguridad y deportiva, por citar algunos proyectos, constituyen una oportunidad para inyectarle a Cali unos recursos que, en el corto y largo plazo, traerán beneficios generosos para una ciudad necesitada de atención.
Cali hoy necesita obras y hechos que la ayuden a levantarse de esta hora oscura a la que la están queriendo someter los grupos armados organizados, aprovechando una falla estructural del Estado para garantizar su presencia integral; si bien la ciudad económicamente goza de buena salud y hay esfuerzos para proyectarla internacionalmente, la sombra de la violencia puede oscurecer estos esfuerzos y devolvernos años atrás. Ese riesgo no se puede correr y hay que mitigarlo con contundencia y resolución.
En 1999, en un año particularmente duro, una campaña cívica puso en el imaginario una frase emocionante para tiempos convulsos: Cali, nuestra fuerza se volverá a sentir. Hoy quiero traerla a valor presente -quizás sin tener mucha consideración de sus autores- en momentos de incertidumbre y dificultad, para recordar que el riesgo mayor es permitir que el desánimo, el miedo y la desesperanza carcoman a Cali. No lo olvidemos: somos una ciudad con una proyección gigante, que si removemos del escenario el fenómeno odioso de la violencia, podríamos llegar a ser la primera ciudad. Porque llegó el momento de sentir y de hacer sentir la grandeza de Cali...
Cali, ¡nuestra fuerza se volverá a sentir!
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