sábado, 25 de mayo de 2024

Hablemos de Cali

Hasta hace unos 20 años, quizás un poco más, Cali y Medellín estaban aparejadas por crisis similares: violencia, inseguridad y criminalidad desbordada. La receta de la capital antioqueña para salir de ese valle de sombras tiene defensores y detractores, sin embargo, aporta indicios de lo que debe hacer la capital vallecaucana para mejorar su posicionamiento internacional, mejorar su calidad de vida y tener más satisfecha a su gente. Creo, sin lugar a dudas, que desde hace años existe entre los caleños una insatisfacción crónica con el estado general de la ciudad y su ubicación relativa con otras capitales colombianas, con la impresión de que el desánimo estructural no encuentra aún manera cierta de cambiarlo.

A la luz de la historia, Cali es una ciudad más bien reciente. Si bien fue fundada casi un siglo antes que Medellín, la realidad es que la capital del Valle del Cauca no estaba llamada a ser más allá de un pequeño poblado habitado por hacendados con títulos nobiliarios de la Corona española, puerto de paso entre el sur del Virreinato y el centro de la Colonia. Para efectos prácticos, Buga tenía más relevancia política, junto a Popayán, que era la ciudad intermedia entre Santa fe y Quito. Antioquia, junto al Gran Cauca, eran las dos principales provincias del Nuevo Reino, y durante casi cuatro siglos esta situación no cambiaría radicalmente.

Fue solo hasta 1910, con la creación del Departamento del Valle del Cauca, que Cali emergió como capital. Pero, realmente, fue la llegada del Ferrocarril del Pacífico, en 1915, la que genera el despegue caleño, al gozar de algo que ninguna capital colombiana pudo ostentar y era una línea férrea directa con el puerto de Buenaventura. Con la llegada del tren, Cali comienza un proceso de crecimiento importante que, no obstante, solo se consolida a partir de la década de 1970. En síntesis, podríamos hablar de que Cali entra en la escena nacional con fuerza hace no más de 50 años, siendo el punto simbólico de partida los Juegos Panamericanos.

Por su ubicación geográfica, el tamaño de su mercado y el hecho de haber desarrollado tempranamente capacidades agrícolas e industriales, Cali consolidó poco a poco una oferta productiva diversificada y con un componente importante de sofisticación, por encima hoy de ciudades como Bogotá y Medellín. Sin embargo, en los años 1980, con la llegada de la oleada del narcotráfico, la economía ilegal se toma a la ciudad y a su sociedad y la enmarca en un contexto de violencia cuyos efectos aún se padece. Posiblemente, una de las causas por las cuales Cali se rezagó es por la íntima convivencia con el crimen y con la cercanía del conflicto armado, especialmente intenso en el suroccidente. No olvidemos que Cali es la capital colombiana con más de un millón de habitantes más cercana a la mayor extensión de cultivos ilícitos del mundo, con las consecuencias esperables.

El futuro de Cali está inevitablemente relacionado con la capacidad que tenga el Estado colombiano de estabilizar y romper la dura realidad que enfrentan el Pacífico colombiano desde Chocó hasta Nariño, especialmente intensa en el Cauca. En la medida en que cese el conflicto, se detenga la violencia y se recupere la estructura productiva y la capacidad institucional regional, es probable que la realidad de Cali sea mejor. Pero, hay algo cierto, y es que la capital vallecaucana tiene la dotación de factores que le permiten mejorar la calidad de vida, si se cumplen algunas condiciones inevitables. Me animo a citar tres condiciones fundamentales:

La primera, es que la lucha contra el crimen y la violencia arroje más resultados positivos. En ese sentido, no hay otra prioridad mayor para Cali que enfrentar la inseguridad con toda su capacidad, con una mezcla de fuerza y de intervención social que reduzca los riesgos en zonas vulnerables. En los siguientes cuatro años Cali debe consolidar la tendencia de alejarse definitivamente de los 1000 homicidios anuales, mejorar las capacidades de la Fuerza Pública y de la justicia, promover la inclusión productiva y recuperar entornos urbanos deteriorados, política que guarda una estrecha relación con el mejoramiento de las condiciones generales de seguridad.

La segunda condición es que Cali no tiene otra ruta diferente que modernizar su infraestructura de transporte. Insistir en la recuperación del MIO y consolidar el propósito de la construcción de un tren suburbano deberían ser obsesiones para lo que resta de la década. Construir el tren, en particular, representaría la oportunidad de renovar urbanísticamente un corredor central hoy con altos niveles de deterioro, como lo es la calle 25; estimularía el desarrollo de proyectos inmobiliarios, potenciaría la actividad económica en inmediaciones a las estaciones y generaría un beneficio social por la reducción de tiempos de desplazamiento que podría cambiar de forma irreversible dinámicas urbanas. 

La tercera condición está en el fortalecimiento de las instituciones locales. Eso implica aumentar y hacer más eficiente el recaudo de impuestos y generar otras fuentes de ingresos para financiar la inversión pública; reducir la complejidad de los trámites; mejorar el rendimiento de los servidores públicos y las capacidades de la Alcaldía, de EMCALI y de las distintas entidades proveedoras de servicios públicos. Modernizar los gobiernos locales y su capacidad de construir políticas de corto y de largo plazo permitirá que el uso del suelo, el ordenamiento territorial, la protección de ecosistemas y el desarrollo urbano se consoliden de mejor forma.

Cali tiene un gran potencial por su ubicación, oferta productiva y disponibilidad de capital humano. Pero hay obstáculos en la vía que deben removerse para que el despegue sea exitoso. Las posibilidades de calidad de vida y de bienestar que ofrece la ciudad son increíbles. De cara a 2036, hay consensos a los cuales llegar y, sobre todo, acciones que emprender. El asunto no da espera.



lunes, 13 de mayo de 2024

El tiempo de las ciudades

Contrario a lo que pasa en países como Perú y Chile, por ejemplo, donde sus capitales son en esencia las únicas grandes ciudades, Colombia tiene un sistema de ciudades que le otorga un potencial que es excepcional entre los países de la América Latina, junto a Brasil, México y Argentina. Para hacerse una idea, Colombia tiene una ciudad de más de ocho millones de habitantes como lo es Bogotá; dos ciudades de más de dos millones, como lo son Cali y Medellín; dos ciudades con más de un millón de habitantes, ambas además costeras, como lo son Barranquilla y Cartagena y, para cerrar el lote, 10 ciudades con más de 500 mil habitantes. Eso hace que Colombia sea uno de los países más urbanizados y que, si dirige bien las políticas de desarrollo, puede tener una oferta productiva altamente sofisticada y diversificada. Los beneficios de la aglomeración están allí y este país es uno de los pocos llamados a aprovecharlos.

Colombia vive tiempos complejos, de profunda incertidumbre y de retos en el plano económico y político. Luego de cuatro años con gobiernos alternativos que enfrentaron el reto de la pandemia y del Paro Nacional de 2021 -principalmente Bogotá y Cali-,  que tuvieron algunos éxitos y no pocos fiascos, donde la confianza y la credibilidad de las instituciones territoriales se minó de forma significativa, hoy las principales capitales y ciudades colombianas cuentan con gobiernos que, unos más que otros, apuestan por recuperar la capacidad institucional de sus ciudades y hacer un contrapeso a un Gobierno Nacional errático, de ejecuciones modestas y que decidió ponerse en modo campaña faltando dos años para las elecciones generales en Colombia. Ese es el primer paso para aprovechar este que, estoy seguro, es el tiempo de las ciudades.

Además de los embates políticos y de las tensiones, para consolidar a ciudades como Cali, Bogotá y Medellín existen prioridades que no dan espera, como la lucha contra la inseguridad; en el caso particular de la capital vallecaucana, existe la expectativa de que los homicidios al finalizar este cuatrienio lleguen a 800 y la tasa llegue a su punto más bajo en 30 años, lo cual es positivo sobre todo luego del revés de 2023 donde volvió a estar por encima de los 1000 homicidios. En la misma línea, los hurtos, que son el delito que más impacta la percepción ciudadana, debe trabajarse con estrategias innovadoras y posibles como la prevención situacional y la tecnología, ante un escenario donde los gobiernos locales no pueden incidir en el pie de fuerza. Lo cierto es que si las ciudades colombianas logran construir una agenda efectiva de lucha contra la inseguridad y promueven de forma exitosa la convivencia, se daría un paso extraordinario para su despegue.

Las ciudades colombianas, en particular Cali, Medellín, Bogotá y Barranquilla, cuentan con una oferta productiva diversa. En el caso particular caleño, es posible encontrar en el mismo territorio la mejor clínica de Colombia y una fábrica de alimentos procesados, así como clínicas estéticas, constructoras y fabricantes de componentes eléctricos, además de centros de investigación de primer nivel. En el caso de Medellín y Bogotá, uno se puede encontrar con una interesante plataforma logística y con servicios financieros sofisticados, que demandan capital humano altamente cualificado. Esto supone que el reto en este tiempo esté en transferir habilidades y conocimientos a sus trabajadores para que desarrollen capacidades que permitan aumentar la productividad y por esta vía el ingreso y la calidad de vida. Diversificar, cualificar y aumentar la capacidad instalada con mejores infraestructuras y conectividad es la ruta para consolidar a las ciudades.

Por supuesto, el conflicto armado y otros fenómenos han acentuado las brechas sociales. Basta mirar las periferias para identificar una gran proporción de la población que vive en la pobreza y que está por fuera del ciclo de las oportunidades. Allí hay que concentrar esfuerzos para diseñar políticas y estrategias que atiendan necesidades urgentes; por eso resulta interesante que existan apuestas para mejorar y ampliar los servicios sociales como los comedores comunitarios y los asociados al cuidado, con el ejemplo de Cali entrando con fuerza en la implementación de sistemas de cuidado a través de la estrategia CuidArte. Sin embargo, la reducción de la pobreza demanda esfuerzos adicionales, por lo que el programa de Ingreso Mínimo Garantizado de Bogotá o la propuesta de transferencias monetarias que se propone en Cali emergen como oportunidades para movernos más rápido en ese sentido.

No obstante, la política social más efectiva es la inclusión productiva, lo que nos lleva a la necesidad de mejorar en educación, en capacitación, en formación de habilidades blandas y duras y en profundizar la empleabilidad, con políticas como las de pago por resultado que arrojan balances positivos cuando se diseñan bien los programas. Aquí la coordinación con el sector productivo resulta vital, por lo que gozar de iniciativas de atracción de inversión privada es fundamental para aumentar la capacidad de crear empleos formales y de calidad. Así las cosas, avanzar en la reducción de las brechas entre lo que necesitan las empresas y la oferta de trabajo debe ser prioritario para que vía desarrollo productivo generemos progreso social.

Los beneficios de la aglomeración están ampliamente descritos en la literatura y Colombia puede y debe aprovecharlos. Economías de escala, generación de clústeres, innovación y desarrollo y diversificación son algunos de esos beneficios potenciales. Sin embargo, las congestiones vehiculares, el aumento del costo de vida -principalmente de la vivienda- y el precario ordenamiento territorial ponen en riesgo estas oportunidades que tenemos y exige que los gobiernos locales diseñen rutas hacia la sostenibilidad. Eso supone que se desincentive el uso del vehículo particular, se apueste por el transporte masivo, se redistribuya el espacio público y se apueste por la multimodalidad, se generen políticas de control de bordes y se mitiguen los daños ambientales y se preserven los ecosistemas. Generar políticas para estimular el aumento de la productividad y de los ingresos y para reducir los costos del crecimiento urbano tienen que ir de forma armónica.

El reto está servido y es el tiempo de enfrentarlo. Mientras el Gobierno Nacional se embriaga en sus fantasías conceptuales, los gobiernos locales están llamados a construir agendas que tengan en el centro la productividad, el progreso social y la sostenibilidad. Es posible, es alcanzable y no tenemos tiempo para perder. Este es el tiempo de las ciudades.

Compromiso con el Valle

En la recta final de las elecciones del Congreso y con la campaña presidencial a punto de iniciar su etapa final y definitiva, la ausencia d...