Contrario a lo que pasa en países como Perú y Chile, por ejemplo, donde sus capitales son en esencia las únicas grandes ciudades, Colombia tiene un sistema de ciudades que le otorga un potencial que es excepcional entre los países de la América Latina, junto a Brasil, México y Argentina. Para hacerse una idea, Colombia tiene una ciudad de más de ocho millones de habitantes como lo es Bogotá; dos ciudades de más de dos millones, como lo son Cali y Medellín; dos ciudades con más de un millón de habitantes, ambas además costeras, como lo son Barranquilla y Cartagena y, para cerrar el lote, 10 ciudades con más de 500 mil habitantes. Eso hace que Colombia sea uno de los países más urbanizados y que, si dirige bien las políticas de desarrollo, puede tener una oferta productiva altamente sofisticada y diversificada. Los beneficios de la aglomeración están allí y este país es uno de los pocos llamados a aprovecharlos.
Colombia vive tiempos complejos, de profunda incertidumbre y de retos en el plano económico y político. Luego de cuatro años con gobiernos alternativos que enfrentaron el reto de la pandemia y del Paro Nacional de 2021 -principalmente Bogotá y Cali-, que tuvieron algunos éxitos y no pocos fiascos, donde la confianza y la credibilidad de las instituciones territoriales se minó de forma significativa, hoy las principales capitales y ciudades colombianas cuentan con gobiernos que, unos más que otros, apuestan por recuperar la capacidad institucional de sus ciudades y hacer un contrapeso a un Gobierno Nacional errático, de ejecuciones modestas y que decidió ponerse en modo campaña faltando dos años para las elecciones generales en Colombia. Ese es el primer paso para aprovechar este que, estoy seguro, es el tiempo de las ciudades.
Además de los embates políticos y de las tensiones, para consolidar a ciudades como Cali, Bogotá y Medellín existen prioridades que no dan espera, como la lucha contra la inseguridad; en el caso particular de la capital vallecaucana, existe la expectativa de que los homicidios al finalizar este cuatrienio lleguen a 800 y la tasa llegue a su punto más bajo en 30 años, lo cual es positivo sobre todo luego del revés de 2023 donde volvió a estar por encima de los 1000 homicidios. En la misma línea, los hurtos, que son el delito que más impacta la percepción ciudadana, debe trabajarse con estrategias innovadoras y posibles como la prevención situacional y la tecnología, ante un escenario donde los gobiernos locales no pueden incidir en el pie de fuerza. Lo cierto es que si las ciudades colombianas logran construir una agenda efectiva de lucha contra la inseguridad y promueven de forma exitosa la convivencia, se daría un paso extraordinario para su despegue.
Las ciudades colombianas, en particular Cali, Medellín, Bogotá y Barranquilla, cuentan con una oferta productiva diversa. En el caso particular caleño, es posible encontrar en el mismo territorio la mejor clínica de Colombia y una fábrica de alimentos procesados, así como clínicas estéticas, constructoras y fabricantes de componentes eléctricos, además de centros de investigación de primer nivel. En el caso de Medellín y Bogotá, uno se puede encontrar con una interesante plataforma logística y con servicios financieros sofisticados, que demandan capital humano altamente cualificado. Esto supone que el reto en este tiempo esté en transferir habilidades y conocimientos a sus trabajadores para que desarrollen capacidades que permitan aumentar la productividad y por esta vía el ingreso y la calidad de vida. Diversificar, cualificar y aumentar la capacidad instalada con mejores infraestructuras y conectividad es la ruta para consolidar a las ciudades.
Por supuesto, el conflicto armado y otros fenómenos han acentuado las brechas sociales. Basta mirar las periferias para identificar una gran proporción de la población que vive en la pobreza y que está por fuera del ciclo de las oportunidades. Allí hay que concentrar esfuerzos para diseñar políticas y estrategias que atiendan necesidades urgentes; por eso resulta interesante que existan apuestas para mejorar y ampliar los servicios sociales como los comedores comunitarios y los asociados al cuidado, con el ejemplo de Cali entrando con fuerza en la implementación de sistemas de cuidado a través de la estrategia CuidArte. Sin embargo, la reducción de la pobreza demanda esfuerzos adicionales, por lo que el programa de Ingreso Mínimo Garantizado de Bogotá o la propuesta de transferencias monetarias que se propone en Cali emergen como oportunidades para movernos más rápido en ese sentido.
No obstante, la política social más efectiva es la inclusión productiva, lo que nos lleva a la necesidad de mejorar en educación, en capacitación, en formación de habilidades blandas y duras y en profundizar la empleabilidad, con políticas como las de pago por resultado que arrojan balances positivos cuando se diseñan bien los programas. Aquí la coordinación con el sector productivo resulta vital, por lo que gozar de iniciativas de atracción de inversión privada es fundamental para aumentar la capacidad de crear empleos formales y de calidad. Así las cosas, avanzar en la reducción de las brechas entre lo que necesitan las empresas y la oferta de trabajo debe ser prioritario para que vía desarrollo productivo generemos progreso social.
Los beneficios de la aglomeración están ampliamente descritos en la literatura y Colombia puede y debe aprovecharlos. Economías de escala, generación de clústeres, innovación y desarrollo y diversificación son algunos de esos beneficios potenciales. Sin embargo, las congestiones vehiculares, el aumento del costo de vida -principalmente de la vivienda- y el precario ordenamiento territorial ponen en riesgo estas oportunidades que tenemos y exige que los gobiernos locales diseñen rutas hacia la sostenibilidad. Eso supone que se desincentive el uso del vehículo particular, se apueste por el transporte masivo, se redistribuya el espacio público y se apueste por la multimodalidad, se generen políticas de control de bordes y se mitiguen los daños ambientales y se preserven los ecosistemas. Generar políticas para estimular el aumento de la productividad y de los ingresos y para reducir los costos del crecimiento urbano tienen que ir de forma armónica.
El reto está servido y es el tiempo de enfrentarlo. Mientras el Gobierno Nacional se embriaga en sus fantasías conceptuales, los gobiernos locales están llamados a construir agendas que tengan en el centro la productividad, el progreso social y la sostenibilidad. Es posible, es alcanzable y no tenemos tiempo para perder. Este es el tiempo de las ciudades.
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