viernes, 25 de abril de 2025

El Valle encantado

Este mes, el Departamento del Valle del Cauca cumplió 115 años de existencia. El 16 de abril de 1910, se escindía del entonces Departamento del Cauca y se designaba a Cali, entonces una villa de no más de 20 mil habitantes, como la nueva capital. La expectativa de esa decisión fue que esta región aprovechara sus ventajas y potencialidades para crecer más y procurar un mayor bienestar para sus habitantes. Y hay que decirlo, en buena medida esa expectativa se cumplió y el Valle rápidamente se convirtió en la tercera economía de Colombia, con un crecimiento acelerado de su población. Muy pronto, el Departamento sofisticó sus sectores productivos, consolidó una infraestructura notable que permitió ampliar su capacidad instalada y floreció una red de ciudades intermedias. 

El Valle es una región que goza de grandes potencialidades y ventajas. Tiene suelos fértiles en casi todos los pisos térmicos, lo que permite el desarrollo de una agroindustria clave para la generación de empleos y que fue la locomotora del crecimiento regional en el siglo XX; cuenta con un capital humano considerable, apalancado por la existencia de buenas universidades, lo cual se expresa en el asombroso desarrollo de sectores de alta sofisticación como el farmaceutico, los servicios de salud y la investigación médica y, por su localización, tiene un aeropuerto con una proyección muy interesante, que compagina muy bien con la infraestructura marítima y vial disponible. No en vano la economía vallecaucana es la más sofisticada del país.

Los vallecaucanos tienen enfrente una región con un increíble potencial de desarrollo y bienestar que, no obstante, tiene riesgos que impiden llegar a ese máximo nivel que requerimos y esperamos. Si no se eliminan esos osbtáculos, esa cadencia necesaria se verá afectada, como ya lo estamos viendo. A 115 años de la fundación del Valle del Cauca, debemos construir unos acuerdos mínimos sobre qué debemos enfrentar, qué cambios necesitamos profundizar y cuál es la senda que queremos recorrer. En ese sentido, encuentro cinco grandes retos que debemos acordar enfrentar con rigor para que la región sea la primera de Colombia:

Primero, es fundamental reducir a ritmo mucho mayor la violencia que afecta a municipios como Tuluá, Buenaventura, Cali, Jamundí y casi toda la subregión sur, fronteriza con el Cauca. Esto implica enfrentar a los grupos armados organizados presentes, cortar el suministro de insumos para las economías ilegales y recuperar el control institucional. Desarticular esos grupos debe ir de la mano de una agenda social que reduzca la incidencia del crimen en poblaciones vulnerables como los jóvenes. Es decir, educación, empleabilidad, productividad, apoyo psico social y emocional y otras actividades de construcción de entornos comunitarios sanos resulta fundamental.

Segundo, formular unas políticas de desarrollo con enfoque territorial, que permitan responder a los problemas y necesidades puntuales de cada subregión. El Valle del Cauca necesita una especie de planes de desarrollo con enfoque territorial para zonas golpeadas por la pobreza y la violencia, como el Litoral Pacífico, los municipios del sur y Tuluá. En el fondo, esto debe permitir que las brechas entre subregiones se empiecen a cerrar y exista una convergencia entre los municipios más rezagados y los más adelantados.

Tercero, es necesario modernizar y ampliar la infraestructura de transporte. En ese sentido, el Valle del Cauca necesita una apuesta determinada por el sistema férreo para movilizar carga y pasajeros; Cali y Cartago podrían estar conectados por un tren de velocidad media que en no más de dos horas -incluso menos- conecte al norte con el sur. Esto supone también un nuevo trazado desde Buga -que debe ser un gran puerto seco por su localización como cruce de caminos- hasta Buenaventura, un bypass en el área metropolitana de Cali y la consolidación del Tren de Cercanías. Pero también es fundamental la modernización del Aeropuerto Alfonso Bonilla Aragón, el dragado del Canal de acceso al puerto de Buenaventura y la pavimentación de vías secundarias y terciarias. 

Cuarto, consolidar las vocaciones productivas del Valle con un impulso a la formación de capital humano: es fundamental que exista una mayor cobertura de universidades e instituciones de educación superior, técnica y tecnológica, para formar mano de obra cualificada que se convierta en la mejor carta de presentación a la hora de atraer inversión privada nacional y extranjera. Por ejemplo, Cali tiene el potencial para ser el Houston de América Hispana por sus servicios médicos; Buga una plataforma logística; Palmira un epicentro de desarrollo agrícola y el norte un polo de atracción de turismo, por mencionar casos donde se requerirá mano de obra con conocimientos en esos sectores de alto potencial de crecimiento.

Y, finalmente, se requiere fortalecer las capacidades de las instituciones públicas para gerenciar el desarrollo regional. Esto supone mejorar la capacidad de las entidades estatales del orden departamental para atraer y retener talento humano de alto desempeño; ampliar los ingresos de la Gobernación a través de una gestión tributaria más eficiente, de la reducción de los gastos de funcionamiento y con negocios rentables que dejen dividendos que automáticamente se convertirán en recursos de inversión pública. También es prudente mejorar los programas del gobierno departamental para que respondan a las necesidades de la región y a las prioridades trazadas. El sector público debe liderar y generar los incentivos para alinear a todos los sectores.

A 115 años de fundación del Valle del Cauca, la sociedad civil vallecaucana debe comprender lo mucho que hemos avanzado en un siglo, pero que aún no estamos en el lugar que podríamos estar en Colombia y ante el mundo. Un departamento seguro, bueno, mejor para todos y que sea una opción de vida para las generaciones presentes y futuras es posible, de nosotros depende. En este mes donde celebramos un año más de nuestro departamento, la invitación es a no dejar de creer, acordar lo necesario para avanzar y ponernos manos a la obra. Este Valle encantado tiene una gran oportunidad esperando que no seamos inferiores al reto de aprovecharla.


domingo, 13 de abril de 2025

El camino de las ciudades

Hace unas semanas, un usuario mexicano de la red social X comparaba las grandes ciudades de México con las de Colombia. Es tentador pensar que el país norteamericano, con 129 millones de habitantes, puede llegar a tener ciudades mucho más grandes y sofisticadas; sin embargo, la sorpresa arranca cuando se corrobora que salvo la Ciudad de México, ninguna ciudad mexicana llega a los dos millones de habitantes. En contraste, Colombia tiene tres ciudades con más de dos millones de habitantes, dos ciudades con población superior al millón de personas y nueve con más de medio millón de pobladores. El panorama se acentúa aún más cuando se analiza a países sudamericanos como Venezuela, Perú, Ecuador, Chile e, incluso, la misma Argentina, donde solo dos ciudades superan el millón de habitantes y cuatro tienen medio millón de personas. Colombia tiene un sistema de ciudades excepcional.

Entre México y Chile, sobre la Costa del Pacífico, Cali es la tercera ciudad por tamaño, solamente superada por Santiago y Lima. En el Caribe, Colombia pone a dos de las cinco ciudades más pobladas (Barranquilla y Cartagena), junto a Miami, La Habana y Caracas. Y si se analiza a las 20 ciudades de América del Sur, hay tres ciudades colombianas presentes, lo que nos permite corroborar la robustez del sistema de ciudades del país. Inevitable pensar y adoptar una agenda urbana que haga sostenibles a las urbes colombianas y maximice su potencial.

A medida que aumenta la escala de las ciudades, aumentan los beneficios de la aglomeración. Al crecer los mercados, son más los beneficios económicos. Sin embargo, existe un punto donde los costos de la aglomeración también aumentan y pueden igualar los beneficios. Es así como las congestiones, el aumento del precio del suelo, el crimen y los problemas ambientales, por ejemplo, se asoman como amenaza para la durabilidad de las ciudades y erosionan la calidad de vida en ellas. Por supuesto, Colombia no está exenta de este reto y eso nos exige tomar decisiones.

Un primer reto, que no permite dilaciones, es la criminalidad enquistada. Esto implica un conjunto de políticas como el fortalecimiento de los sistemas de vigilancia, con alto componente tecnológico, que permita prevenir delitos y recopilar información para desarticular grupos criminales urbanos. Esto, además, requiere recursos suficientes para los componentes de prevención social, con un marcado énfasis en la población joven. Empleabilidad, formación para el desarrollo humano, educación, justicia restaurativa y uso del tiempo libre son clave para reducir los riesgos de caer en manos del crimen y de las economías ilegales.

Otro reto es la renovación y la revitalización urbanas. No solo es intervenir paisajísticamente zonas deterioradas, es cambiar las vocaciones y estimular con los incentivos adecuados nuevas actividades como la vivienda. Esto es fundamental para la redensificación de las ciudades, que podrán usar suelos céntricos para el desarrollo inmobiliario y desincentivar por esa vía la expansión a suelos sin urbanizar, que supone impactos ambientales mayores. Esto requiere una adecuada coordinación entre el sector público y el sector privado, para asegurar el avance de los proyectos de renovación, plagados de obstáculos como las ventas ambulantes, la población habitante de calle y el comercio de alto impacto. 

En Colombia, solo una ciudad tiene metro en funcionamiento y solo hay un sistema ferroviario en construccón. Un propósito razonable es que se masifique el transporte férreo urbano y suburbano, para lo cual es fundamental la consolidación del Metro de Bogotá, el impuslso al Tren de Cercanías del Valle del Cauca y el tren de cercanías del Caribe, sumado al salvamento de los sistemas de transporte masivo operativos. Multimodalidad, eficiencia y bajas emisiones constituyen la triada sobre lo que debe edificarse la política de transporte urbano de cara a una agenda urbana.

Podría ahondar mucho más sobre retos en productividad y sostenibilidad ambiental, por ejemplo, pero todo eso puede sintetizarse en un gran objetivo que nos debemos trazar para aprovechar los beneficios de tener ciudades robustas: mejorar la calidad de vida de su población, lo cual ocurrirá cuando el balance entre beneficios y costos sea positivo, es decir, cuando el beneficio de aglomerarse en una ciudad de Colombia sea superior al costo de hacerlo. No basta con tener ciudades grandes, incluso por encima de la mayoría de los países de la región. Hoy requerimos que en ellas haya calidad de vida, más  que en cualquier otra urbe latinoamericana. Es deseable y es posible. Ese es el camino de las ciudades.

Compromiso con el Valle

En la recta final de las elecciones del Congreso y con la campaña presidencial a punto de iniciar su etapa final y definitiva, la ausencia d...