domingo, 13 de abril de 2025

El camino de las ciudades

Hace unas semanas, un usuario mexicano de la red social X comparaba las grandes ciudades de México con las de Colombia. Es tentador pensar que el país norteamericano, con 129 millones de habitantes, puede llegar a tener ciudades mucho más grandes y sofisticadas; sin embargo, la sorpresa arranca cuando se corrobora que salvo la Ciudad de México, ninguna ciudad mexicana llega a los dos millones de habitantes. En contraste, Colombia tiene tres ciudades con más de dos millones de habitantes, dos ciudades con población superior al millón de personas y nueve con más de medio millón de pobladores. El panorama se acentúa aún más cuando se analiza a países sudamericanos como Venezuela, Perú, Ecuador, Chile e, incluso, la misma Argentina, donde solo dos ciudades superan el millón de habitantes y cuatro tienen medio millón de personas. Colombia tiene un sistema de ciudades excepcional.

Entre México y Chile, sobre la Costa del Pacífico, Cali es la tercera ciudad por tamaño, solamente superada por Santiago y Lima. En el Caribe, Colombia pone a dos de las cinco ciudades más pobladas (Barranquilla y Cartagena), junto a Miami, La Habana y Caracas. Y si se analiza a las 20 ciudades de América del Sur, hay tres ciudades colombianas presentes, lo que nos permite corroborar la robustez del sistema de ciudades del país. Inevitable pensar y adoptar una agenda urbana que haga sostenibles a las urbes colombianas y maximice su potencial.

A medida que aumenta la escala de las ciudades, aumentan los beneficios de la aglomeración. Al crecer los mercados, son más los beneficios económicos. Sin embargo, existe un punto donde los costos de la aglomeración también aumentan y pueden igualar los beneficios. Es así como las congestiones, el aumento del precio del suelo, el crimen y los problemas ambientales, por ejemplo, se asoman como amenaza para la durabilidad de las ciudades y erosionan la calidad de vida en ellas. Por supuesto, Colombia no está exenta de este reto y eso nos exige tomar decisiones.

Un primer reto, que no permite dilaciones, es la criminalidad enquistada. Esto implica un conjunto de políticas como el fortalecimiento de los sistemas de vigilancia, con alto componente tecnológico, que permita prevenir delitos y recopilar información para desarticular grupos criminales urbanos. Esto, además, requiere recursos suficientes para los componentes de prevención social, con un marcado énfasis en la población joven. Empleabilidad, formación para el desarrollo humano, educación, justicia restaurativa y uso del tiempo libre son clave para reducir los riesgos de caer en manos del crimen y de las economías ilegales.

Otro reto es la renovación y la revitalización urbanas. No solo es intervenir paisajísticamente zonas deterioradas, es cambiar las vocaciones y estimular con los incentivos adecuados nuevas actividades como la vivienda. Esto es fundamental para la redensificación de las ciudades, que podrán usar suelos céntricos para el desarrollo inmobiliario y desincentivar por esa vía la expansión a suelos sin urbanizar, que supone impactos ambientales mayores. Esto requiere una adecuada coordinación entre el sector público y el sector privado, para asegurar el avance de los proyectos de renovación, plagados de obstáculos como las ventas ambulantes, la población habitante de calle y el comercio de alto impacto. 

En Colombia, solo una ciudad tiene metro en funcionamiento y solo hay un sistema ferroviario en construccón. Un propósito razonable es que se masifique el transporte férreo urbano y suburbano, para lo cual es fundamental la consolidación del Metro de Bogotá, el impuslso al Tren de Cercanías del Valle del Cauca y el tren de cercanías del Caribe, sumado al salvamento de los sistemas de transporte masivo operativos. Multimodalidad, eficiencia y bajas emisiones constituyen la triada sobre lo que debe edificarse la política de transporte urbano de cara a una agenda urbana.

Podría ahondar mucho más sobre retos en productividad y sostenibilidad ambiental, por ejemplo, pero todo eso puede sintetizarse en un gran objetivo que nos debemos trazar para aprovechar los beneficios de tener ciudades robustas: mejorar la calidad de vida de su población, lo cual ocurrirá cuando el balance entre beneficios y costos sea positivo, es decir, cuando el beneficio de aglomerarse en una ciudad de Colombia sea superior al costo de hacerlo. No basta con tener ciudades grandes, incluso por encima de la mayoría de los países de la región. Hoy requerimos que en ellas haya calidad de vida, más  que en cualquier otra urbe latinoamericana. Es deseable y es posible. Ese es el camino de las ciudades.

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