domingo, 30 de junio de 2024

Hayek, Mill y la libertad sexual

No acostumbro a referirme a estos temas. Desde distintas orillas ideológicas y políticas han tratado de monopolizar las causas relacionadas con grupos poblacionales que, a lo largo de la historia, han estado subyugados. Es así como desde la izquierda en sus diferentes vertientes se ha incorporado con facilidad la protección y la causa de los derechos para las mujeres, los pueblos étnicos y los grupos LGBTIQ+, con una característica fundamental y es el enfoque colectivista, que hace énfasis en las organizaciones sociales y no tanto en los individuos. Con motivo del Día Internacional del Orgullo LGBTIQ+, quiero aprovechar esta tribuna para hacer algunas referencias sobre cómo desde la visión liberal esas causas forman parte del ADN de la lucha por la libertad, pero con un contraste claro con respecto al progresismo: es el individuo el eje de la sociedad.

El denominado Pride u Orgullo, al igual que la celebración de la erradicación de la esclavitud o del voto femenino, es en esencia una causa por la libertad. La posibilidad que tiene el individuo de ser y vivir conforme a sus convicciones, naturaleza y creencias es un principio de la causa liberal; en síntesis, nos remontamos a la época de la ilustración que plantea que todos los seres humanos nacemos libres e iguales y que es el propósito del Estado asegurar que se minimice la coacción y la coerción para que cada quien viva conforme a los dictados de su consciencia. Es así, por ejemplo, como creemos que el consumo de sustancias psicoactivas no debe ser prohibido, debe permitirse, pero ofreciendo alternativas para prevenir y convencer vía argumento y evidencia la inconveniencia del consumo para la salud humana. En últimas, la libertad implica responsabilidades individuales y la capacidad de elegir entre una u otra opción.

Pero volvamos al Pride. La primera reflexión que quiero hacer es que no se le está preguntando al Estado ni a la mayoría si estamos de acuerdo o no con que una persona se reconozca en alguna concepción de género o viva su libertad sexual de una forma u otra. Así como el Estado debe proteger la decisión de un individuo cristiano de no sostener relaciones sexuales hasta el matrimonio, el Estado debe asegurarse de que los individuos puedan vivir su sexualidad libremente y de forma segura. Minimizar la coerción y abrir contextos de seguridad para que cada quien viva conforme a sus más íntimas convicciones, siempre que su decisión no haga daño a otro individuo. Pero que quede claro: no nos están preguntando si estamos de acuerdo, no nos están pidiendo autorización para vivir libremente. En últimas, aspiramos a que ni el gobierno ni el legislador controle cuestiones personales o creencias religiosas, mucho menos asuntos sexuales. Si no hay delito, el Estado no se mete en la cama de sus ciudadanos.

La segunda reflexión es filosófica. Hayek, uno de los pensadores más paradigmáticos del liberalismo, decía que las prácticas privadas entre adultos no son objeto de la acción coactiva del Estado, cuyo deber es arbitrar las relaciones sociales y no tomar partido en asuntos de la moralidad y de la decisión individual. Protegemos al joven que decide vivir su homosexualidad tanto como al joven que decide prestar servicio como misionero en una iglesia; podemos enseñar religión en la escuela, sin requerir un carácter obligatorio, como podemos aceptar que un padre de familia decida que su hijo no se exponga a asuntos de libertad sexual. En todo caso, se protege el derecho individual pero no se extiende a lo colectivo: si a un padre de familia no le gusta que en clase se hable de homosexualidad, no se cancela la clase sino que se le concede el derecho para sacar a su hijo. Reitero: no es objeto del Estado de Derecho tomar partido en asuntos de moralidad y de decisiones individuales. Su objeto no es evangelizar.

En tercer lugar, quiero poner como corolario una frase de John Stuart Mill: sobre sí mismo, sobre su mente y sobre su cuerpo, solo el individuo es soberano. En esencia, no es el Pride, no es ninguna causa en particular, sino la causa de la libertad individual la que acoge todas estas manifestaciones donde se reivindica la capacidad del individuo de decidir sobre su cuerpo, su mente y su destino. Así como una persona puede ir libremente al gimnasio, montar bicicleta o correr todas las mañanas, un individuo puede optar por omitir las recomendaciones de tener hábitos saludables y tener una dieta alta en grasas saturadas y sodio. Cada cual asume las consecuencias y costos de su decisión y no corresponde al Estado asumir las responsabilidades de las decisiones individuales. En el caso de la libertad sexual, no le corresponde al Estado decirle a los individuos con quién vivir, con quién acostarse y cómo vivir su sexualidad. Su mente, su cuerpo y su destino, así como las responsabilidades derivadas, son de soberanía del individuo.

Lo que nos separa a los liberales de otras tendencias ideológicas es que no creemos que las libertades y derechos sean colectivos. No es tanto la comunidad LGBTIQ+, lo que nos importa es que un joven homosexual no sea agredido por su orientación o que una mujer trans sea forzada a vivir en la prostitución porque el mercado laboral no le permite su inclusión. Creemos que todo ser humano nace libre e igual, sea cristiano o ateo; sea hombre o mujer; sea persona con discapacidad física o con una discapacidad cognitiva; sea homosexual, bisexual o transgénero. La etiqueta aquí no importa, porque, en esencia, la capacidad racional que hace distinto al humano se manifiesta cuando puede ser libre y tomar sus propias decisiones y asumir las consecuencias, buenas o malas. Ser libre es la única etiqueta que importa. Y hoy, en el día Internacional del Orgullo LGBTIQ+ lo único que nos debe importar es que el Estado sea una fuerza que reduzca la coerción y permita que todos vivan conforme a los dictados de su consciencia, seguros, dignos y libres. 


domingo, 16 de junio de 2024

Tejiendo la tela de la seguridad

Los datos muestran que Cali está haciendo bien la tarea de enfrentar los fenómenos de inseguridad que golpean a sus ciudadanos. Los homicidios y todos los tipos de hurtos señalan una tendencia muy positiva en su reducción, que consolida los esfuerzos de más de una década. Algo ha cambiado, así a los novicios de falsas esperanzas les disguste, pero en una década pasamos de tener más de 2000 muertes violentas a tener alrededor de 1000; no obstante, la capital del Valle sigue siendo una ciudad insegura, por supuesto, y la prioridad debe seguir siendo la recuperación de la convivencia y la lucha efectiva contra el crimen. 

Aquí se está entendiendo que seguridad es libertad y que un atentado contra las libertades individuales es tener a criminales armados y motorizados por las calles robando y moviendo unas economías ilegales basadas en el ajuste de cuentas y el hurto de bienes como teléfonos y vehículos. El miedo es incompatible con el desarrollo, así que bajo ninguna circunstancia la seguridad ciudadana puede dejarse de lado. Es una prioridad. Sin embargo, hay consenso alrededor de que Cali es una ciudad cuya inseguridad está enlazada inevitablemente con las dinámicas del crimen organizado que se asentaron hace años entre el Valle y el Cauca, donde están algunas de las mayores extensiones de cultivos ilícitos del mundo. 

Cali es la joya de la corona del crimen organizado. Es la mayor ciudad capital que está más cerca de grandes extensiones de cultivos de coca, que se convierten en la punta de lanza de las rentas criminales; ninguna capital colombiana está a menos de una hora de nodos de criminalidad como la zona rural de Jamundí. Pero también, muchos criminales escogen a la capital vallecaucana como su residencia principal, donde tienen acceso a vivienda, bienes y servicios que permiten poner a circular en la economía los dineros provenientes de actividades ilegales. Hacen la guerra criminal en Argelia, en el sur del Cauca, o sacan toneladas de coca por los esteros de Buenaventura, mientras van de fiesta a clubes nocturnos o asisten a restaurantes costosos de talla internacional en Cali. Ahí tenemos una conexión que hace que la inseguridad en el sur del país se refleje en la tercera ciudad de Colombia.

Resulta entonces razonable que se emplace al Gobierno Nacional para formular una estrategia efectiva que estabilice al suroccidente colombiano. Mientras las autoridades locales contienen el crimen urbano en Cali, las autoridades nacionales deben enfocar toda su capacidad en desarticular y destruir a las organizaciones criminales que delinquen en la región y sus fuentes de ingresos. Eso supone aumentar las horas de vuelo de las aeronaves de la Fuerza Aérea Colombiana, asignar más recursos tecnológicos y humanos para hacer una inteligencia que permita perseguir con efectividad a los criminales y cumplir la palabra empeñada en el Acuerdo de Paz, que sugiere la promoción del desarrollo territorial a través de vías, fomento económico e infraestructura social. 

Sin embargo, el primer reto que surge es entender el mapa complejo del crimen en el suroccidente, que toca a Cali y lo convierte en un objetivo de alto valor para los grupos delincuenciales. Sicariato, minería ilegal, narcotráfico, extorsión y hurto de vehículos y teléfonos son parte de un fenómeno transnacional que el gobierno local está encarando con éxito. En efecto, el Gobierno Nacional está brindando apoyo al aumentar el pie de fuerza en la región, pero hace falta y va quedando claro que no es suficiente lo que se está haciendo. Como bien me decía alguien hasta hace no poco tiempo: el crimen en Cali empieza en la costa pacífica mexicana y termina en Ecuador. Para tejer la tela de la seguridad se requiere que todos asuman su parte. O estaremos condenados a más años de violencia y atraso.



Compromiso con el Valle

En la recta final de las elecciones del Congreso y con la campaña presidencial a punto de iniciar su etapa final y definitiva, la ausencia d...