No acostumbro a referirme a estos temas. Desde distintas orillas ideológicas y políticas han tratado de monopolizar las causas relacionadas con grupos poblacionales que, a lo largo de la historia, han estado subyugados. Es así como desde la izquierda en sus diferentes vertientes se ha incorporado con facilidad la protección y la causa de los derechos para las mujeres, los pueblos étnicos y los grupos LGBTIQ+, con una característica fundamental y es el enfoque colectivista, que hace énfasis en las organizaciones sociales y no tanto en los individuos. Con motivo del Día Internacional del Orgullo LGBTIQ+, quiero aprovechar esta tribuna para hacer algunas referencias sobre cómo desde la visión liberal esas causas forman parte del ADN de la lucha por la libertad, pero con un contraste claro con respecto al progresismo: es el individuo el eje de la sociedad.
El denominado Pride u Orgullo, al igual que la celebración de la erradicación de la esclavitud o del voto femenino, es en esencia una causa por la libertad. La posibilidad que tiene el individuo de ser y vivir conforme a sus convicciones, naturaleza y creencias es un principio de la causa liberal; en síntesis, nos remontamos a la época de la ilustración que plantea que todos los seres humanos nacemos libres e iguales y que es el propósito del Estado asegurar que se minimice la coacción y la coerción para que cada quien viva conforme a los dictados de su consciencia. Es así, por ejemplo, como creemos que el consumo de sustancias psicoactivas no debe ser prohibido, debe permitirse, pero ofreciendo alternativas para prevenir y convencer vía argumento y evidencia la inconveniencia del consumo para la salud humana. En últimas, la libertad implica responsabilidades individuales y la capacidad de elegir entre una u otra opción.
Pero volvamos al Pride. La primera reflexión que quiero hacer es que no se le está preguntando al Estado ni a la mayoría si estamos de acuerdo o no con que una persona se reconozca en alguna concepción de género o viva su libertad sexual de una forma u otra. Así como el Estado debe proteger la decisión de un individuo cristiano de no sostener relaciones sexuales hasta el matrimonio, el Estado debe asegurarse de que los individuos puedan vivir su sexualidad libremente y de forma segura. Minimizar la coerción y abrir contextos de seguridad para que cada quien viva conforme a sus más íntimas convicciones, siempre que su decisión no haga daño a otro individuo. Pero que quede claro: no nos están preguntando si estamos de acuerdo, no nos están pidiendo autorización para vivir libremente. En últimas, aspiramos a que ni el gobierno ni el legislador controle cuestiones personales o creencias religiosas, mucho menos asuntos sexuales. Si no hay delito, el Estado no se mete en la cama de sus ciudadanos.
La segunda reflexión es filosófica. Hayek, uno de los pensadores más paradigmáticos del liberalismo, decía que las prácticas privadas entre adultos no son objeto de la acción coactiva del Estado, cuyo deber es arbitrar las relaciones sociales y no tomar partido en asuntos de la moralidad y de la decisión individual. Protegemos al joven que decide vivir su homosexualidad tanto como al joven que decide prestar servicio como misionero en una iglesia; podemos enseñar religión en la escuela, sin requerir un carácter obligatorio, como podemos aceptar que un padre de familia decida que su hijo no se exponga a asuntos de libertad sexual. En todo caso, se protege el derecho individual pero no se extiende a lo colectivo: si a un padre de familia no le gusta que en clase se hable de homosexualidad, no se cancela la clase sino que se le concede el derecho para sacar a su hijo. Reitero: no es objeto del Estado de Derecho tomar partido en asuntos de moralidad y de decisiones individuales. Su objeto no es evangelizar.
En tercer lugar, quiero poner como corolario una frase de John Stuart Mill: sobre sí mismo, sobre su mente y sobre su cuerpo, solo el individuo es soberano. En esencia, no es el Pride, no es ninguna causa en particular, sino la causa de la libertad individual la que acoge todas estas manifestaciones donde se reivindica la capacidad del individuo de decidir sobre su cuerpo, su mente y su destino. Así como una persona puede ir libremente al gimnasio, montar bicicleta o correr todas las mañanas, un individuo puede optar por omitir las recomendaciones de tener hábitos saludables y tener una dieta alta en grasas saturadas y sodio. Cada cual asume las consecuencias y costos de su decisión y no corresponde al Estado asumir las responsabilidades de las decisiones individuales. En el caso de la libertad sexual, no le corresponde al Estado decirle a los individuos con quién vivir, con quién acostarse y cómo vivir su sexualidad. Su mente, su cuerpo y su destino, así como las responsabilidades derivadas, son de soberanía del individuo.
Lo que nos separa a los liberales de otras tendencias ideológicas es que no creemos que las libertades y derechos sean colectivos. No es tanto la comunidad LGBTIQ+, lo que nos importa es que un joven homosexual no sea agredido por su orientación o que una mujer trans sea forzada a vivir en la prostitución porque el mercado laboral no le permite su inclusión. Creemos que todo ser humano nace libre e igual, sea cristiano o ateo; sea hombre o mujer; sea persona con discapacidad física o con una discapacidad cognitiva; sea homosexual, bisexual o transgénero. La etiqueta aquí no importa, porque, en esencia, la capacidad racional que hace distinto al humano se manifiesta cuando puede ser libre y tomar sus propias decisiones y asumir las consecuencias, buenas o malas. Ser libre es la única etiqueta que importa. Y hoy, en el día Internacional del Orgullo LGBTIQ+ lo único que nos debe importar es que el Estado sea una fuerza que reduzca la coerción y permita que todos vivan conforme a los dictados de su consciencia, seguros, dignos y libres.
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