domingo, 23 de marzo de 2025

La Cali de la empresa

Cali ha tenido dos despegues en el último siglo: el primero, entre 1910 y 1915, con la declaratoria de capital departamental y la llegada del Ferrocarril del Pacífico, que terminó de reunir las condiciones estructurales para el desarrollo del mercado local, apalancado por la agroindustria. El segundo despegue, que podemos ubicar en 1971, cuando los Juegos Panamericanos detonaron una inversión pública sin precedentes que apalancó la llegada inédita de empresas extranjeras. A partir de 1971 uno puede ver un punto de inflexión en la inversión privada, con la aparición de grandes empresas manufactureras y el fortalecimiento de sectores como el farmacéutico. En ambos casos se aprecia un patrón: el gobierno precipita el despegue con una inversión pública, pero las empresas sostienen el impulso y mantienen el vuelo.

El desarrollo empresarial del Valle del Cauca, en particular el de Cali, ha estado íntimamente ligado a la capacidad de aprovechar la localización ventajosa que tiene la región. Por ejemplo, el Aeropuerto Internacional Alfonso Bonilla Aragón se convirtió en un factor para que muchas empresas se asentaran en los años 1970 y 1980, porque los vuelos entre el sur y el norte de América encontraban ahí un punto medio muy atractivo. Y es que Cali, en particular en las últimas tres décadas del siglo XX, se dotó de infraestructuras de transporte, vías, hoteles, edificios y amplió su capacidad instalada, lo que dio mejores condiciones para la actividad productiva. Es decir, el impulso del sector público precipitó decisiones empresariales y eso se vio reflejado en el crecimiento espectacular de la región en los últimos años. Insisto, en 1910 no teníamos más de 30 mil habitantes y para finales del siglo XX la ciudad ya se aproximaba a los 2 millones.

Por supuesto, de la apacible ciudad agrícola de las primeras décadas de 1900, pasamos a una ciudad manufacturera de los años 1970 y 1980. La evolución del aparato productivo caleño ha sido una constante y, hasta nuestros días, se ha mantenido. Hoy, Cali es una ciudad de servicios y de sectores muy sofisticados. Nadie hace un siglo o hace cincuenta años se habría imaginado que seríamos la ciudad con la oferta productiva más sofisticada y diversificada del país, por encima de ciudades como Bogotá, Medellín o Barranquilla. Ese crecimiento empresarial se vio reflejado en el surgimiento de universidades de primer nivel, como la Universidad Icesi o la Universidad Javeriana, así como la consolidación de la Universidad del Valle. Las necesidades de sofisticación demandaron capital humano y en eso Cali supo avanzar a buen ritmo. 

En Cali es posible encontrar un sector constructor vigoroso, las mejores clínicas del país y la producción de partes eléctricas que se exportan a mercados como el de los Estados Unidos o Ecuador; también es posible encontrar empresas dedicadas a la producción de alimentos procesados o una actividad comercial que se impulsa por la presencia de vías de primera categoría, un aeropuerto internacional y la cercanía con el Puerto de Buenaventura. Esa oferta productiva diversa mantiene a Cali con un buen vuelo, a pesar de los retos de seguridad y violencia y las debilidades institucionales estructurales que desde hace 30 años padecemos.

Imaginemos por un momento lo que podría ser de Cali con unas instituciones públicas más sólidas trabajando de la mano del sector privado. Sería injusto negar que hoy existe un esfuerzo renovado para hacerlo, pero está muy al vaivén del ciclo político y, a menudo, las demandas de los sectores productivos superan las capacidades del sector público local. Una agenda público- privada clara es apenas un paso, porque también se requiere de unos esfuerzos y de unas capacidades que aún están por desarrollarse.

Cali está caminando hacia el tercer despegue, pero hacen falta condiciones. Parte de ellas está del lado del sector público, que debe sacar adelante la adecuada integración regional de la mano del Área Metropolitana; construir y consolidar el proyecto del Tren de Cercanías y, por supuesto, reducir a niveles del promedio nacional la violencia y la inseguridad. Agregaría que, además, instituciones como la Alcaldía y la Gobernación deben desarrollar mejores mecanismos de cooperación, cualificar aún más su talento humano, reducir la cacería de rentas, optimizar la inversión y ampliar las fuentes de ingresos. Es paradójico que el gobierno local sea dueño de la quinta empresa del suroccidente colombiano pero esta no le aporte un peso al presupuesto de inversión.

La Capital del Valle tiene un sector empresarial moderno, sofisticado y listo para expandirse con los incentivos adecuados. Está probado que las empresas caleñas y vallecaucanas están listas para asumir los retos de los nuevos tiempos y pueden seguir apalancando el crecimiento regional, capitalizando sus ventajas competitivas y los entornos que hacen de Cali un lugar ideal para la inversión. Y seguirán siendo protagonistas en el tercer despegue que debemos buscar, pero que aún requiere cumplir unos requisitos para que llegue a ser una realidad. Sin embargo, la Cali de la empresa es vibrante, tiene todo el potencial y es el principal activo que debemos proteger. 

domingo, 16 de marzo de 2025

Menos pobreza

Seré tajante: si una política social no reduce la pobreza y los fenómenos que esta trae consigo, es una política social insuficiente. En un país como Colombia, donde aún uno de cada tres colombianos es pobre, el objetivo que debe guiar las políticas sociales no es otro que mejorar las condiciones materiales de esa porción de la población que no tiene lo suficiente para satisfacer sus necesidades. Es decir, puede haber programas para reducir el hambre, educación pública, salud subsidada y una batería de herramientas que enfrentan la vulnerabilidad derivada de la pobreza, pero si esta no se enfrenta en su génesis, persistirá. 

En una ciudad como Cali, cerca de medio millón de personas viven en la pobreza monetaria y en la pobreza extrema. En síntesis, es una población que no tienen ingresos suficientes para acceder a una cesta de mercado suficiente para saciar sus necesidades materiales. Bien sea porque viven de emprendimientos de subsistencia, están en el subempleo o en el desempleo, en cualquiera de esos casos la conclusión es la misma: el mercado laboral no logra proporcionarles un empleo formal y digno. Así las cosas, ante la imposibilidad de que todos accedan a empleos bien remunerados -meta que, en todo caso, no debe abandonarse-, la política social desempeña un papel importante.

Desde hace varios años, programas como Familias en Acción pusieron a prueba la capacidad del Estado de transferirle dinero directamente al bolsillo de ciudadanos con unas condiciones de vulnerabilidad muy complicadas. Sin embargo, fue a partir de 2020, con la llegada de la pandemia, que se exploró un modelo más amplio de ingreso mínimo que recibieron millones de familias. Semejante despliegue de política basado en transferencias monetarias impidió que la pobreza llegara a niveles aún superiores en un momento de crisis profunda basada en la emergencia sanitaria y en las medidas draconianas implementadas a nivel internacional para contener el virus. Así las cosas, desde ese momento las transferencias monetarias aparecieron como una herramienta rápida para satisfacer una necesidad inmediata y la más sentida de las personas en pobreza: la falta de un ingreso.

A nivel territorial, el Gobierno de Bogotá implementó un programa de ingreso mínimo garantizado que complementó el esfuerzo del Gobierno Nacional con Ingreso Solidario. Desde entonces, solo la Capital de la República ha mantenido ese esfuerzo de política social con impactos muy importantes: aumentó en un 28,5% loas gastos familiares; 28,9% la seguridad alimentaria y disminuyó en 39,9% la inseguridad alimentaria moderada y severa. También se observaron resultados positivos en gastos en vivienda, educación y consumo de alimentos por persona. Dado que el mercado laboral no podrá resolver todas las necesidades materiales en el corto plazo, una política social basada en transferencias monetarias llega como una herramienta efectiva.

Cali, con la llegada de Alejandro Eder a la Alcaldía, se sumará a Bogotá y comenzará muy pronto esta estrategia para enfrentar la pobreza monetaria a través de un programa de ingreso básico o transferencias monetarias para familias en vulnerabilidad. A pesar de la estrechez fiscal estructural, la determinación de sofisticar la política social es un paso trascendental para una ciudad que requiere con urgencia apagar las demandas de una proporción de la ciudadanía que no logra acceder a los bienes mínimos para vivir. De esto poco se habla, pero puede ser uno de los hitos de política pública más importantes de la década. Menos pobreza es un objetivo sencillo, claro y coherente. Y está probado que poner dinero en el bolsillo de la gente es una vía rápida y muy efectiva para lograrlo.

domingo, 9 de marzo de 2025

Pobre ciudad rica

Es muy probable que decir que Cali es una ciudad rica generará comentarios de toda índole, incluso burlas. Pero me sostengo en tal afirmación, Cali es una ciudad rica. Y ahí toca ser precisos en algo: que sea rica no la exime, como está más que probado, de enfrentar agudos fenómenos sociales como la pobreza y la exclusión. La capital vallecaucana es la tercera ciudad de Colombia; el tercer mercado del país; es la ciudad del Pacífico latinoamericano más grande luego de Santiago, Chile, y de Lima, Perú; tiene la oferta productiva más diversificada de todas las ciudades colombianas y su economía tiende a crecer a mayores tasas que la economía nacional. No son pocos los aspectos que hacen de Cali una ciudad de la mayor relevancia y con condiciones muy favorables para la generación de riqueza.

Cali cuenta con un importante clúster de universidades, que genera talento humano altamente cualificado. En ella se encuentra el sector de empresas de la salud más vibrante de Colombia, con tres de las mejores clínicas del país y con el segundo mayor volumen de visitantes para acudir justamente a esos servicios de la excelencia clínica. Pero, además, es uno de los principales mercados de la economía digital, del procesamiento de alimentos, de los productos para la estética y la belleza y de la construcción en América Latina. El grado de sofisticación y de complejidad del aparato productivo caleño es, nuevamente, uno de los indicadores más certeros de la riqueza de Cali.

En un siglo, esta ciudad pasó de ser una villa de escasa importancia subyugada a Popayán y a Buga a convertirse en una ciudad más poblada que Barcelona o que cualquier ciudad italiana o que cualquier ciudad latinoamericana de la costa del Pacífico. Salvo dos capitales nacionales, entre la frontera de México con los Estados Unidos y la Patagonia, Cali es la aglomeración más grande y una de las más prósperas. Además, es el principal eje de un sistema de ciudades intermedias asentadas en el Valle del Cauca, donde destacan Tuluá y Cartago, pero que, además, en un radio de 200 kilómetros tiene influencia en una zona poblada por casi 10 millones de personas. Para hacerse una idea: el Aeropuerto Internacional Alfonso Bonilla Aragón es, en últimas, el terminal aéreo del suroccidente colombiano.

Sin embargo, algo ha ocurrido con Cali. A pesar de su riqueza, su Alcaldía cuenta con una estrechez fiscal estructural mucho más acentuada que sus pares, dejando a Bogotá de lado por estar fuera de concurso. El presupuesto de la Alcaldía de Cali es similar al de la Alcaldía de Barranquilla, una ciudad con la mitad de la población. Ni hablar de Medellín, que gracias al buen manejo de sus empresas públicas recibe dividendos que apalancan la inversión pública año tras año. Si alguien se pregunta por qué una ciudad rica como Cali no tiene grandes obras de infraestructura pública, la explicación está, en buena medida, en que su gobierno local históricamente ha sido incapaz de generar rentas diferentes al recaudo de impuestos. Hoy EMCALI debería ser una empresa rentable y financiadora del desarrollo, no una compañía presa de la cacería de rentas como en los últimos 30 o 40 años lo ha sido.

A eso se suma que, además, es la capital colombiana más cercana a los focos de violencia del sur del país, lo que ha supuesto un efecto contagio de esos fenómenos delictivos. Adicional a la incapacidad gubernamental de diversificar y aumentar sus ingresos, Cali ha enfrentado una oleada de inseguridad sostenida durante las últimas tres décadas que se convirtió en barrera para que la ciudad despegue e irrigue la riqueza a todos los sectores. Erradicar esa violencia es una prioridad si se quiere generar entornos mucho más favorables para la inversión y el crecimiento, que requieren de capital humano y seguridad física, dos de los factores más golpeados por la inseguridad y el crimen.

En medio de sus riquezas, Cali enfrenta fenómenos que no encuentran soluciones rápidas porque la inversión pública no alcanza los niveles necesarios, en gran medida porque el sector público está inmerso en una dinámica inerte de cacería de rentas de vieja data. Para superar la pobreza y esos fenómenos sociales asociados, se requiere modernizar su administración pública, más inversión pública, más empresas invirtiendo, más desarrollo de capital humano que redunde en movilidad social y un plan cierto de ampliación de capacidad instalada, principalmente de infraestructura de transporte, donde el tren de cercanías desempeña un papel fundamental. Y aunque hay esfuerzos en el sentido correcto, el camino sigue siendo largo y plagado de obstáculos. Mientras tanto, Cali sigue siendo una pobre ciudad rica.


martes, 4 de marzo de 2025

El despegue de Cali

El denominado "take-off" o "despegue" fue un concepto desarrollado por un economista estadounidense en los años 1950, W. W. Rostow. El concepto se asimila con el proceso de despegue de un avión, que requiere que previamente se genere una velocidad crítica que permita empujar la nave y alzar vuelo. En esencia, Rostow postula que las economías requieren unas condiciones previas que, con las adecuadas tasas de inversión, permitan un crecimiento elevado. Cali necesita crecer y para esto necesitamos configurar esas condiciones previas que permitan ese anhelado vuelo.

A principios del siglo XX, Cali era una apacible villa cuya importancia radicaba en ser un punto de paso obligado hacia el Pacífico, hacia el sur del país y el Ecuador y desde esas regiones ser la puerta a la región Andina. No mucho más que eso. En casi cuatro siglos, la población de Cali crecía a tasas vegetativas, a duras penas perceptibles y no prometía ser un gran centro urbano. Sin embargo, todo cambió entre 1910 y 1915, cuando a Cali se le declara capital del nuevo Departamento del Valle del Cauca y con la llegada del Ferrocarril del Pacífico, respectivamente. Ese lapso de cinco años puede ser visto como el primer despegue de la ciudad, donde floreció una actividad agro industrial y se consolidó poco a poco como un centro logístico para el suroccidente.

En esa segunda década del siglo XX, Cali amplió su capacidad instalada apalancada por el ferrocarril que conectaba con Buenaventura y prontamente iría hacia el Cauca y el Eje Cafetero, pero también se impulsó por las inversiones de las empresas en fábricas e instalaciones que dotaron a la ciudad de capital para crecer, que permitió que Cali sobrepasara finalmente a ciudades como Buga y Popayán, que durante gran parte del siglo XVIII y XIX dominaron el concierto urbano del suroccidente colombiano. 

Un segundo despegue se puede citar en la década de 1970, con los Juegos Panamericanos de 1971. Ese despegue fue significativo porque vino de la mano de inversiones públicas que fueron claves para acelerar el crecimiento local, tales como las infraestructuras deportivas, el campus de la Universidad del Valle, la central de buses y el Aeropuerto Internacional, que le permitió a Cali ser un importante centro de conexiones entre el sur y el norte del continente. De la mano de esa inversión histórica en infraestructuras, se amplió la capacidad hotelera y se precipitó una inversión extranjera en sectores como los alimentos. Entre 1970 y la década de 1990, Cali duplicó su población y se consolidó como la tercera economía de Colombia.

Estoy convencido de que viene el tercer despegue y hemos avanzado en crear las condiciones de velocidad crítica que se necesita. En las dos primeras décadas del siglo XXI, Cali construyó el MIO y se dotó al Aeropuerto de una segunda terminal; se consolidaron sectores productivos de altísima eficiencia como el de los servicios de salud, economía digital y la construcción, permitiendo que la capital del Valle tenga una de las ofertas productivas más diversificadas del país y un crecimiento por encima de la tasa nacional. Sin embargo, con la persistencia de la pobreza y de la violencia, pensar en un crecimiento mayor es indispensable.

En ese orden de ideas, para acelerar el crecimiento y lograr el esperado tercer despegue existen dos elementos fundamentales para lograrlo: la construcción del Tren de Cercanías, que es la mayor obra de infraestructura de la historia reciente, que será el eje estructurante de otra condición necesaria para alcanzar el take off, la cual es la ciudad región. En ese sentido, Cali avanzó hacia conformar el Área Metropolitana con municipios aledaños, a pesar de una infame campaña plagada de mezquindades que impidió la necesaria integración con municipios como Palmira y Candelaria. Ahí toca persistir y materializar esa integración con políticas metropolitanas efectivas.

El Tren durante su construcción irrigará recursos en distintos sectores, teniendo así un efecto multiplicador en la economía representado esto en empleos y mayores ventas para los sectores proveedores de bienes y servicios para la ejecución de este macro proyecto. Una vez construido, tendrá impactos en la actividad inmobiliaria y en el desarrollo urbano, reconfigurando incentivos y cambiando los hábitos de movilidad de miles de usuarios al día. El tercer despegue de Cali en un siglo vendrá de la mano de esta obra y de la capacidad de consolidarse como Ciudad Región, además de otras inversiones como la modernización del Aeropuerto, la consolidación de las obras de infraestructura de la Malla Vial del Valle del Cauca y de proyectos como los de renovación urbana. Esto tendrá que servir de motor que acelere inversiones privadas nacionales y extranjeras que, en últimas, serán los que permitan que Cali coja un nuevo vuelo. 

El despegue de Cali es la meta.

Compromiso con el Valle

En la recta final de las elecciones del Congreso y con la campaña presidencial a punto de iniciar su etapa final y definitiva, la ausencia d...