Es muy probable que decir que Cali es una ciudad rica generará comentarios de toda índole, incluso burlas. Pero me sostengo en tal afirmación, Cali es una ciudad rica. Y ahí toca ser precisos en algo: que sea rica no la exime, como está más que probado, de enfrentar agudos fenómenos sociales como la pobreza y la exclusión. La capital vallecaucana es la tercera ciudad de Colombia; el tercer mercado del país; es la ciudad del Pacífico latinoamericano más grande luego de Santiago, Chile, y de Lima, Perú; tiene la oferta productiva más diversificada de todas las ciudades colombianas y su economía tiende a crecer a mayores tasas que la economía nacional. No son pocos los aspectos que hacen de Cali una ciudad de la mayor relevancia y con condiciones muy favorables para la generación de riqueza.
Cali cuenta con un importante clúster de universidades, que genera talento humano altamente cualificado. En ella se encuentra el sector de empresas de la salud más vibrante de Colombia, con tres de las mejores clínicas del país y con el segundo mayor volumen de visitantes para acudir justamente a esos servicios de la excelencia clínica. Pero, además, es uno de los principales mercados de la economía digital, del procesamiento de alimentos, de los productos para la estética y la belleza y de la construcción en América Latina. El grado de sofisticación y de complejidad del aparato productivo caleño es, nuevamente, uno de los indicadores más certeros de la riqueza de Cali.
En un siglo, esta ciudad pasó de ser una villa de escasa importancia subyugada a Popayán y a Buga a convertirse en una ciudad más poblada que Barcelona o que cualquier ciudad italiana o que cualquier ciudad latinoamericana de la costa del Pacífico. Salvo dos capitales nacionales, entre la frontera de México con los Estados Unidos y la Patagonia, Cali es la aglomeración más grande y una de las más prósperas. Además, es el principal eje de un sistema de ciudades intermedias asentadas en el Valle del Cauca, donde destacan Tuluá y Cartago, pero que, además, en un radio de 200 kilómetros tiene influencia en una zona poblada por casi 10 millones de personas. Para hacerse una idea: el Aeropuerto Internacional Alfonso Bonilla Aragón es, en últimas, el terminal aéreo del suroccidente colombiano.
Sin embargo, algo ha ocurrido con Cali. A pesar de su riqueza, su Alcaldía cuenta con una estrechez fiscal estructural mucho más acentuada que sus pares, dejando a Bogotá de lado por estar fuera de concurso. El presupuesto de la Alcaldía de Cali es similar al de la Alcaldía de Barranquilla, una ciudad con la mitad de la población. Ni hablar de Medellín, que gracias al buen manejo de sus empresas públicas recibe dividendos que apalancan la inversión pública año tras año. Si alguien se pregunta por qué una ciudad rica como Cali no tiene grandes obras de infraestructura pública, la explicación está, en buena medida, en que su gobierno local históricamente ha sido incapaz de generar rentas diferentes al recaudo de impuestos. Hoy EMCALI debería ser una empresa rentable y financiadora del desarrollo, no una compañía presa de la cacería de rentas como en los últimos 30 o 40 años lo ha sido.
A eso se suma que, además, es la capital colombiana más cercana a los focos de violencia del sur del país, lo que ha supuesto un efecto contagio de esos fenómenos delictivos. Adicional a la incapacidad gubernamental de diversificar y aumentar sus ingresos, Cali ha enfrentado una oleada de inseguridad sostenida durante las últimas tres décadas que se convirtió en barrera para que la ciudad despegue e irrigue la riqueza a todos los sectores. Erradicar esa violencia es una prioridad si se quiere generar entornos mucho más favorables para la inversión y el crecimiento, que requieren de capital humano y seguridad física, dos de los factores más golpeados por la inseguridad y el crimen.
En medio de sus riquezas, Cali enfrenta fenómenos que no encuentran soluciones rápidas porque la inversión pública no alcanza los niveles necesarios, en gran medida porque el sector público está inmerso en una dinámica inerte de cacería de rentas de vieja data. Para superar la pobreza y esos fenómenos sociales asociados, se requiere modernizar su administración pública, más inversión pública, más empresas invirtiendo, más desarrollo de capital humano que redunde en movilidad social y un plan cierto de ampliación de capacidad instalada, principalmente de infraestructura de transporte, donde el tren de cercanías desempeña un papel fundamental. Y aunque hay esfuerzos en el sentido correcto, el camino sigue siendo largo y plagado de obstáculos. Mientras tanto, Cali sigue siendo una pobre ciudad rica.
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