domingo, 25 de mayo de 2025

Calidad de vida

Cuando uno monta en el Metro de Medellín, en la megafonía se escucha con frecuencia el lema de este sistema de transporte: calidad de vida, el que en mi concepto es posiblemente la identidad de marca más poderosa y elocuente de una entidad pública en Colombia. No hay, en últimas, objetivo más importante en una sociedad que el de procurar calidad de vida para todos sus integrantes. Por supuesto, el fin último del Estado es asegurar todos los esfuerzos para que sus ciudadanos puedan vivir mejor. Las instituciones, las leyes, el crecimiento económico y las políticas públicas se convierten, entonces, en instrumentos para la calidad de vida.

Colombia ha tenido múltiples obstáculos para asegurar esa calidad de vida. Desde la violencia y la criminalidad hasta la debilidad institucional pueden explicar por qué aún la vida en buena parte del país no alcanza los niveles necesarios para suplir las necesidades de sus habitantes. Prueba de estos retos es cómo Bogotá lleva fácilmente ocho décadas tratando de resolver los crecientes problemas de movilidad y solo en agosto de 2021 se empiezan las obras del Metro, casi 30 años después del inicio de las obras del Metro de Medellín o de la primera línea del Metro de Lima. Un elemento fundamental de la calidad de vida en las grandes ciudades es tener redes de transporte que reduzcan los tiempos, algo en lo que Colombia ha tardado mucho en encontrar soluciones.

La pobreza es otro elemento importante que plantea los retos de calidad de vida que enfrentamos en el país. A pesar de que desde inicios del siglo XXI la pobreza en Colombia se ha reducido de forma sostenida, aún persiste como un reto sin enfrentar con total éxito. Ciudades como Cali tienen a tres de cada diez de sus habitantes viviendo por debajo de lo mínimo, pero algunas capitales como Quibdó tienen al 60% de su población en la pobreza. Esto no es un asunto de justicia social, porque parte del cuestionable argumento según el cual los pobres son víctimas de decisiones de una élite y supone, por tanto, que un planificador central cargado de benevolencia va a corregir esos desajustes. En realidad, esto es un asunto de promover la acumulación de capital humano, aumentar la dotación de bienes públicos y crear incentivos para el crecimiento de los mercados. Es un asunto complejo, que requiere la sumatoria de esfuerzos, no la aparición de un caudillo.

La calidad de vida es el resultado de la interacción constante entre factores sociales, económicos, necesidades individuales, libertades personales, entornos ambientales y condiciones de salud. Es decir, es un sistema donde una serie de piezas construyen contextos de bienestar para los individuos. Estar bien y sentirse bien es lo que, en últimas, entiende un individuo como calidad de vida y es el propósito que debiera integrar a los diferentes actores de la sociedad: Estado, empresa, academia, organizaciones de la sociedad civil, fuerzas armadas, iglesia, entre otros. Así las cosas, todo cambio social debe conducir a mejorar la calidad de vida de los individuos pero, cuando las banderas de lo social solo sirven para mantener la exaltación crónica, estamos frente a la demagogia.

Colombia y sus regiones deben construir un consenso esencial: no hay otro norte práctico y ético diferente que construir calidad de vida. Han sido años y años de rezago en este propósito, pero ya va siendo hora de convenir que los colombianos pueden vivir mejor y que es momento de trazar una ruta cierta que permita que toda persona en Colombia acceda a servicios públicos de calidad, a empleo formal, a más y mejores bienes en el mercado y a la seguridad de que la vida y la propiedad son respetadas. Puede tardar un poco, pero es el camino correcto.



domingo, 11 de mayo de 2025

Nadar y empujar la maleta

Hace poco escuchaba a un comentarista, crítico fuerte del alcalde Alejandro Eder, decir que deberíamos estar concentrados en resolver los problemas inmediatos y no estar pensando en Cali 500 y las visiones prospectivas, tema que volvió a estar de moda con la visita del urbanista surcoreano Young-Hoon Kwaak. Por supuesto, en una ciudad con tantos problemas crónicos sin resolver esto puede resultar siendo razonable y tentador convertirlo en un mantra. Uno podría decir que mejor ocupémonos del problema de los hurtos a personas en lugar de estar pensando en cómo integrar a la ciudad con la región o cómo reducir en el largo plazo las presiones de la expansión urbana. Sin embargo, aunque tentador, es una falacia de falsa disyuntiva. Nos toca resolver los problemas inmediatos y pensar en el largo plazo. Mejor dicho, nadar y empujar la maleta.

Cuentan que antes de 1992, Barcelona, en España, era una ciudad decadente que había perdido su norte de ciudad condal. A pesar de estar de frente al Mediterráneo, llevaba décadas dándole la espalda, mientras se expandía hacia el denominado cinturón industrial, en la zona de L'Hospitalet. Con la llegada de los Juegos Olímpicos, la segunda ciudad de España y capital de la próspera Comunidad Autónoma de Catalunya se proyectó para el futuro, no solo para el inmediato -porque los juegos llegarían y se irían- sino para el nuevo siglo que se asomaba. Podría decirse, a más de 30 años después, que Barcelona cumplió con su objetivo y se reconcilió con el mar, consolidó su vocación productiva y alcanzó su estatura global. Ahora bien, ¿quedaron resueltos sus problemas? Ciertamente no. Es más, posiblemente, debe pensarse para los siguientes 30 años. Y eso está bien, porque las visiones estratégicas son dinámicas.

Las lecciones catalanas bien podrían sernos útiles. Cali hoy enfrenta retos inmediatos que, por supuesto, no podrían esperar a que los atendamos en el largo plazo. Pero así como los Juegos Panamericanos de 1971 nos procuraron un impulso que perduró, a más de 50 años de ese acontecimiento es necesario renovar la visión de futuro de la capital vallecaucana. Resultaría inadmisible que en 10, 15 o 20 años Cali siga sin un sistema de transporte ferroviario, sin un aeropuerto con mayor capacidad instalada o de espaldas al río Cauca. Tampoco sería admisible que sigamos urbanizando el sur de la ciudad, alejando la oferta de vivienda de los centros productivos, mientras el centro y sus zonas aledañas siguen debatiéndose entre el abandono y el desaprovechamiento.

Hoy es una buena noticia que desde su gobierno local, a Cali se le esté convocando a pensar en soluciones de largo plazo. Erradicar la minería ilegal de los Farallones, revitalizar el centro, el Tren de Cercanías o el fortalecimiento del sistema educativo son apuetsas duraderas que generarán resultados en el largo plazo. No podemos sucumbir a falsas disyuntivas entre el corto y el largo plazo. Cuando tuve el reto de formular el programa de gobierno del hoy alcalde de Cali, lo hicimos conciliando las visiones y necesidades inmediatas con las de más largo aliento. Y el hito que nos guía es 2036, cuando nuestra ciudad celebre 500 años de fundación. Y ese pensamiento hoy debería ser adoptado por todos, tanto en el sector público como en el privado: conciliemos las necesidades inmediatas con los sueños, expectativas y proyección del largo plazo. Corramos el cerco de nuestra visión.

He insistido en que vamos hacia el tercer despegue de Cali, pero lograrlo supone esfuerzos monumentales, puntualmente dos: construir el Tren de Cercanías, una obra costosa como ninguna que hayamos hecho, y la integración y consolidación de la Ciudad Región a través del modelo del Área Metropolitana. Por supuesto, esto debe ir aparejado a una agenda de internacionalización y de desarrollo productivo que permitan que Cali adquiera esa credencial de ciudad global que solo ostentan las grandes capitales del mundo. Recordémoslo: Cali no es un pueblo.

El 25 de julio de 2036 se celebrará los cinco siglos de historia. Desde cuando don Miguel López Muñoz estableció, por instrucción de Sebastián de Belalcázar, un poblado en el nombre de la Corona de Castilla. Desde entonces, no solo en Cali sino en la América Hispana han pasado muchos años y muchos sucesos. Para bien o para mal, según desde donde se le mire, es nuestra historia y ese fue un punto de partido de este capítulo denominado Santiago de Cali. Hoy no nos queda otro camino que corregir lo malo, continuar lo bueno y construir un futuro definido por la sostenibilidad y la calidad de vida. No nos queda otro camino que nadar y empujar la maleta.

sábado, 3 de mayo de 2025

Correr el cerco

Las ciudades avanzan de forma irreversible hacia la internacionalización y el relacionamiento cada vez más estrecho con el exterior. Hoy es muy difícil que un gobierno de una ciudad o de una entidad subnacional pueda ejercer sus competencias, brindar la prestación de servicios públicos e impulsar el desarrollo local sin construir relaciones con otros gobiernos en el mundo, con empresas extranjeras y, en general, con el entorno global. Las relaciones internacionales de las ciudades son fundamento de nuevas oportunidades para el crecimiento económico, el intercambio de experiencias y el aprendizaje.

Desde el año pasado, Cali ha acelerado el acercamiento con el entorno internacional en un esfuerzo institucional por fortalecer los vínculos económicos y la cooperación con actores extranjeros. No en vano, la ciudad acogió la COP-16 y tuvo un record de visitas, que le dio una oportunidad de visibilidad y de vitrina ante el mundo. La apuesta por la internacionalización, por supuesto, no empezó hace unos pocos meses, como lo demuestra la existencia de Invest Pacific o que la Alcaldía creó hace unos años una Oficina de Cooperación y de Relaciones Internacionales y una Secretaría de Turismo pero, apalancados en esas herramientas, hoy parece haber un norte más claro sobre cómo Cali debe insertarse en el mundo.

Hoy es imprescindible correr el cerco y extender el alcance de la visión de Cali. Eso, esencialmente, se traduce en una apuesta fuerte por el turismo, por la inversión privada y por el intercambio de experiencias con otras ciudades que puedan haber resuelto problemas que hoy aquejan a nuestra ciudad; el éxito de cualquier gran ciudad está en su capacidad de posicionarse en un contexto global con fuerza. En Colombia, el caso de Medellín es el que mejor refleja ese principio: la capital de Antioquia se convirtió en una ciudad con alcance internacional en la medida en que apostó por los grandes eventos y por atraer a nómadas digitales. Con luces y sombras, es claro que el éxito económico de Medellín, con una increíble tasa de desempleo del 7%, solo es posible en la medida en que configuró todos sus factores para proyectarse con éxito hacia el mundo y corrió el cerco de su visión.

Cali tendrá que determinar con mucha precisión cuál es el modelo de internacionalización por el que apuesta, aunque ya hay señales que indican cuál es el camino a seguir. Ventajas como el clúster de la salud, el potencial ecológico, su capital humano apalancado por la presencia de buenas universidades, su vocación cultural y deportiva y su oferta productiva diversificada y sofisticada convierten a Cali en un excelente destino para el turismo especializado y la inversión extranjera en sectores tecnológicos y de servicios de alta complejidad. La ruta está dibujada, se requiere que la apuesta por la internacionalización no sea flor de un día.

¿Qué retos tenemos para afrontar la internacionalización de forma exitosa? Por supuesto, se requiere ampliar la capacidad instalada de la ciudad, principalmente de la infraestructura de transporte: el Tren de Cercanías y la modernización del Aeropuerto Alfonso Bonilla Aragón son dos elementos clave en ese propósito. Pero también se requiere que Cali tenga mejoras cada vez mayores en seguridad, lo cual es un mensaje reputacional clave para neutralizar ese gran estigma que ha tenido la capital del Valle como ciudad insegura. Y luego, debe venir una política sostenida de formación de capital humano que dote a su fuerza de trabajo de habilidades como el bilingüismo y lo relacionado con la economía digital. Correr el cerco es imperativo para que Cali esté al nivel de una ciudad global.


Compromiso con el Valle

En la recta final de las elecciones del Congreso y con la campaña presidencial a punto de iniciar su etapa final y definitiva, la ausencia d...