Cuando uno monta en el Metro de Medellín, en la megafonía se escucha con frecuencia el lema de este sistema de transporte: calidad de vida, el que en mi concepto es posiblemente la identidad de marca más poderosa y elocuente de una entidad pública en Colombia. No hay, en últimas, objetivo más importante en una sociedad que el de procurar calidad de vida para todos sus integrantes. Por supuesto, el fin último del Estado es asegurar todos los esfuerzos para que sus ciudadanos puedan vivir mejor. Las instituciones, las leyes, el crecimiento económico y las políticas públicas se convierten, entonces, en instrumentos para la calidad de vida.
Colombia ha tenido múltiples obstáculos para asegurar esa calidad de vida. Desde la violencia y la criminalidad hasta la debilidad institucional pueden explicar por qué aún la vida en buena parte del país no alcanza los niveles necesarios para suplir las necesidades de sus habitantes. Prueba de estos retos es cómo Bogotá lleva fácilmente ocho décadas tratando de resolver los crecientes problemas de movilidad y solo en agosto de 2021 se empiezan las obras del Metro, casi 30 años después del inicio de las obras del Metro de Medellín o de la primera línea del Metro de Lima. Un elemento fundamental de la calidad de vida en las grandes ciudades es tener redes de transporte que reduzcan los tiempos, algo en lo que Colombia ha tardado mucho en encontrar soluciones.
La pobreza es otro elemento importante que plantea los retos de calidad de vida que enfrentamos en el país. A pesar de que desde inicios del siglo XXI la pobreza en Colombia se ha reducido de forma sostenida, aún persiste como un reto sin enfrentar con total éxito. Ciudades como Cali tienen a tres de cada diez de sus habitantes viviendo por debajo de lo mínimo, pero algunas capitales como Quibdó tienen al 60% de su población en la pobreza. Esto no es un asunto de justicia social, porque parte del cuestionable argumento según el cual los pobres son víctimas de decisiones de una élite y supone, por tanto, que un planificador central cargado de benevolencia va a corregir esos desajustes. En realidad, esto es un asunto de promover la acumulación de capital humano, aumentar la dotación de bienes públicos y crear incentivos para el crecimiento de los mercados. Es un asunto complejo, que requiere la sumatoria de esfuerzos, no la aparición de un caudillo.
La calidad de vida es el resultado de la interacción constante entre factores sociales, económicos, necesidades individuales, libertades personales, entornos ambientales y condiciones de salud. Es decir, es un sistema donde una serie de piezas construyen contextos de bienestar para los individuos. Estar bien y sentirse bien es lo que, en últimas, entiende un individuo como calidad de vida y es el propósito que debiera integrar a los diferentes actores de la sociedad: Estado, empresa, academia, organizaciones de la sociedad civil, fuerzas armadas, iglesia, entre otros. Así las cosas, todo cambio social debe conducir a mejorar la calidad de vida de los individuos pero, cuando las banderas de lo social solo sirven para mantener la exaltación crónica, estamos frente a la demagogia.
Colombia y sus regiones deben construir un consenso esencial: no hay otro norte práctico y ético diferente que construir calidad de vida. Han sido años y años de rezago en este propósito, pero ya va siendo hora de convenir que los colombianos pueden vivir mejor y que es momento de trazar una ruta cierta que permita que toda persona en Colombia acceda a servicios públicos de calidad, a empleo formal, a más y mejores bienes en el mercado y a la seguridad de que la vida y la propiedad son respetadas. Puede tardar un poco, pero es el camino correcto.
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