Hace poco escuchaba a un comentarista, crítico fuerte del alcalde Alejandro Eder, decir que deberíamos estar concentrados en resolver los problemas inmediatos y no estar pensando en Cali 500 y las visiones prospectivas, tema que volvió a estar de moda con la visita del urbanista surcoreano Young-Hoon Kwaak. Por supuesto, en una ciudad con tantos problemas crónicos sin resolver esto puede resultar siendo razonable y tentador convertirlo en un mantra. Uno podría decir que mejor ocupémonos del problema de los hurtos a personas en lugar de estar pensando en cómo integrar a la ciudad con la región o cómo reducir en el largo plazo las presiones de la expansión urbana. Sin embargo, aunque tentador, es una falacia de falsa disyuntiva. Nos toca resolver los problemas inmediatos y pensar en el largo plazo. Mejor dicho, nadar y empujar la maleta.
Cuentan que antes de 1992, Barcelona, en España, era una ciudad decadente que había perdido su norte de ciudad condal. A pesar de estar de frente al Mediterráneo, llevaba décadas dándole la espalda, mientras se expandía hacia el denominado cinturón industrial, en la zona de L'Hospitalet. Con la llegada de los Juegos Olímpicos, la segunda ciudad de España y capital de la próspera Comunidad Autónoma de Catalunya se proyectó para el futuro, no solo para el inmediato -porque los juegos llegarían y se irían- sino para el nuevo siglo que se asomaba. Podría decirse, a más de 30 años después, que Barcelona cumplió con su objetivo y se reconcilió con el mar, consolidó su vocación productiva y alcanzó su estatura global. Ahora bien, ¿quedaron resueltos sus problemas? Ciertamente no. Es más, posiblemente, debe pensarse para los siguientes 30 años. Y eso está bien, porque las visiones estratégicas son dinámicas.
Las lecciones catalanas bien podrían sernos útiles. Cali hoy enfrenta retos inmediatos que, por supuesto, no podrían esperar a que los atendamos en el largo plazo. Pero así como los Juegos Panamericanos de 1971 nos procuraron un impulso que perduró, a más de 50 años de ese acontecimiento es necesario renovar la visión de futuro de la capital vallecaucana. Resultaría inadmisible que en 10, 15 o 20 años Cali siga sin un sistema de transporte ferroviario, sin un aeropuerto con mayor capacidad instalada o de espaldas al río Cauca. Tampoco sería admisible que sigamos urbanizando el sur de la ciudad, alejando la oferta de vivienda de los centros productivos, mientras el centro y sus zonas aledañas siguen debatiéndose entre el abandono y el desaprovechamiento.
Hoy es una buena noticia que desde su gobierno local, a Cali se le esté convocando a pensar en soluciones de largo plazo. Erradicar la minería ilegal de los Farallones, revitalizar el centro, el Tren de Cercanías o el fortalecimiento del sistema educativo son apuetsas duraderas que generarán resultados en el largo plazo. No podemos sucumbir a falsas disyuntivas entre el corto y el largo plazo. Cuando tuve el reto de formular el programa de gobierno del hoy alcalde de Cali, lo hicimos conciliando las visiones y necesidades inmediatas con las de más largo aliento. Y el hito que nos guía es 2036, cuando nuestra ciudad celebre 500 años de fundación. Y ese pensamiento hoy debería ser adoptado por todos, tanto en el sector público como en el privado: conciliemos las necesidades inmediatas con los sueños, expectativas y proyección del largo plazo. Corramos el cerco de nuestra visión.
He insistido en que vamos hacia el tercer despegue de Cali, pero lograrlo supone esfuerzos monumentales, puntualmente dos: construir el Tren de Cercanías, una obra costosa como ninguna que hayamos hecho, y la integración y consolidación de la Ciudad Región a través del modelo del Área Metropolitana. Por supuesto, esto debe ir aparejado a una agenda de internacionalización y de desarrollo productivo que permitan que Cali adquiera esa credencial de ciudad global que solo ostentan las grandes capitales del mundo. Recordémoslo: Cali no es un pueblo.
El 25 de julio de 2036 se celebrará los cinco siglos de historia. Desde cuando don Miguel López Muñoz estableció, por instrucción de Sebastián de Belalcázar, un poblado en el nombre de la Corona de Castilla. Desde entonces, no solo en Cali sino en la América Hispana han pasado muchos años y muchos sucesos. Para bien o para mal, según desde donde se le mire, es nuestra historia y ese fue un punto de partido de este capítulo denominado Santiago de Cali. Hoy no nos queda otro camino que corregir lo malo, continuar lo bueno y construir un futuro definido por la sostenibilidad y la calidad de vida. No nos queda otro camino que nadar y empujar la maleta.
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