Cali cumplió 489 años. En poco más de una década, sumaremos medio milenio como ciudad fundada por la colonización española, una de las cinco más antiguas del naciente virreinato y de la Colombia moderna. Durante cuatro siglos, la muy noble y muy leal ciudad de Santiago de Cali no pasó de ser un villorio de unos cuantos miles de habitantes, sujeta a la voluntad del gobernador español de Popayán. Sin embargo, con la llegada del siglo XX, hubo un impulso originado en su elevación a capital del nuevo Departamento del Valle del Cauca y, años después, con su exitosa inserción internacional con los Juegos Panamericanos de 1971. En ese siglo Cali pasó de tener menos de 30 mil habitantes a más de dos millones, consolidándose como la tercera ciudad colombiana y una de las urbes más importantes del Pacífico latinoamericano, solo superada por Lima y Santiago. No hay otra ciudad entre México y Chile que tenga la población y la potencia de Cali, excepto por esas dos capitales nacionales.
Por supuesto, Cali llega a los 489 años con muchas heridas, principalmente fruto de la violencia. El conflicto armado, especialmente en el Cauca, y su condición de metrópoli a unos cuantos kilómetros de corredores trasnacionales de ilegalidad, acelerados por la presencia de cultivos ilícitos, han hecho que los caleños convivan con unas tasas de homicidios elevadas y una percepción de inseguridad históricamente mayor que en el resto de Colombia. Esa violencia estructural, sumado a otros factores como una debilidad institucional crónica en relación con otras capitales como Bogotá o Medellín, ha aplazado sueños como el metro y otras grandes inversiones necesarias para acelerar el crecimiento.
Sin embargo, hoy creo que hay condiciones para pensar que algo está cambiando. Desde hace una década, los homicidios se han reducido a la mitad, siendo la ciudad colombiana que más ha aportado en la reducción global de este delito. Luego de una ruptura de la tendencia en 2021 y en 2023, Cali completa casi 20 meses con indicadores históricamente bajos, lo que debe generar una reflexión necesaria: no hay una prioridad éticamente superior que erradicar la violencia. Si bien el homicidio cero es ilusorio, Cali puede llegar a niveles promedio del resto del país y de todo el continente. Esa debe ser una meta para 2036, cuando cumplirá 500 años de fundada.
Hoy Cali goza de un aparato productivo sofisticado y diverso, con gran perspectiva de crecimiento. De hecho, hoy la economía caleña crece por encima del promedio nacional y es la locomotora del Valle del Cauca; en los últimos 19 meses han llegado más de 100 millones de dólares en Inversión Extranjera Directa, se disparó la construcción de vivienda y el consumo de los hogares va a buen ritmo. Además, la Sucursal hoy registra la menor tasa de desempleo en 19 años, lo que sugiere que goza de buena salud económica. En la siguiente década, no podemos aflojar y eso exige un compromiso aún mayor entre el gobierno local y regional, el sector privado, la academia y la sociedad civil en general. Como nota adicional, en el último año, EMCALI pasó a ser la tercera empresa del Valle del Cauca, lo que ha valorizado el patrimonio público de la ciudad.
Por supuesto, hay muchos retos por delante: el buen momento que vive la ciudad no llega igual para todos. Habitante de calle, violencia juvenil, problemas de cobertura y calidad del transporte público, retos ambientales, la calidad de la educación y la eficiencia institucional aún son aspectos que debemos enfrentar y abordar para que Cali dé un paso cualitativo en términos de calidad de vida. Más inversión privada; más inversión pública -que está pasando por un buen momento gracias a la confianza del sector financiero- y mejor coordinación entre el Estado local, la empresa y la academia son esenciales para ese propósito. En los siguientes dos años Cali debería mostrar resultados en materia de renovación urbana, en la recuperación del MIO, en la modernización de la política social y en un hito inaplazable: el Tren de Cercanías.
De cara a los 500 años, Cali necesita más cemento, más inversión en seguridad y más inversión privada que mueva la economía, genere empleos y más ingresos para la gente. Todo esto mediado por criterios de sostenibilidad, que permita un crecimiento urbano armónico con la biodiversidad, en particular con los ríos, y con la región. Falta un camino largo y difícil por recorrer, pero estoy convencido de que Cali puede procurar mejor calidad de vida para su gente. Ese es el propósito y el mejor regalo en estos 489 años es ratificarlo. Llenos de voluntad caminemos hacia la Cali del quinto centenario, una Cali que se atreve a ir más alto y más lejos.
Feliz cumpleaños, querida Sucursal del Cielo.
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