Luego del 8 de marzo, quedó una sensación de un no tan sutil regreso al bipartidismo. Por un lado, un Pacto Histórico -el movimiento que hoy mejor interpreta los sentimientos del electorado- fortalecido en grandes ciudades como Bogotá y Cali, con gran ascendencia en zonas como el Pacífico y el Suroccidente colombiano; por el otro, está el Centro Democrático con gran fuerza en el Valle de Aburrá, pero también con una fuerte presencia en la región Andina. Ambos partidos tuvieron notables crecimientos y representan, sin entrar en juicios éticos, a una parte considerable de la población colombiana. Sin embargo, quedan partidos tradicionales como el Liberal, el Conservador, la U y Cambio Radical que tienen una porción importante del electorado que, a todas luces, deben ser convidados a la mesa del acuerdo.
En el caso del Valle del Cauca, el Pacto Histórico se consolidó como la primera fuerza electoral. Un voto programático que respalda las tesis del actual gobierno, pero también un voto de protesta contra la clase política tradicional y contra las autoridades regionales, podríamos decirlo. No obstante, de los 13 escaños del Valle del Cauca en la Cámara de Representantes, siete corresponden a la oposición o a sectores críticos del Gobierno Nacional y a partidos tradicionales. Si bien el oficialismo ganó y se consolidó como la primera fuerza, es equivocado hablar de que goza de las mayorías decisorias. De hecho, hoy ningún movimiento o partido puede invocar la capacidad de decidir sin negociar con otros sectores políticos.
Pero, para llegar a acordar puntos esenciales -que básicamente deben tomar como punto de partida qué necesita la gente para mejorar su calidad de vida-, se requiere una profunda y honesta reflexión. No hago parte del Pacto ni soy afín a su ideario, pero sí creo que como parte de un sector crítico de la izquierda y del Gobierno actual me asiste la necesidad de meditar sobre lo ocurrido para entender lo que pasó el 8 de marzo en Colombia y, específicamente, en el Valle del Cauca. Quiero sugerir aquí tres cavilaciones que nos permitan entender un poco mejor lo ocurrido:
La primera, es que un grupo considerable de la gente en el Valle tiene un malestar hondo con el status quo que representan los otros sectores políticos; algo debería decirnos que el 40% del electorado caleño, por ejemplo, haya optado por el Pacto Histórico. Y es un malestar que, si lo miramos con detenimiento, tiene fundamento cuando revisan que la pobreza, la corrupción y la violencia siguen presentes en el escenario. El ciudadano no va a entrar a revisar si se ha reducido o no, simplemente quiere que se note un esfuerzo sincero por enfrentar esos flagelos y corregirlos. Nos viene bien la autocrítica para entender ese malestar. Lo social importa y hay que tratar de sentir lo que la piel del ciudadano crítico y molesto está sintiendo y percibiendo.
La segunda reflexión es que hay sectores de la sociedad colombiana y vallecaucana que, de todas maneras, se mantienen críticos al actual Gobierno y que, también, tienen un malestar. No deja de llamar la atención que, en Cali, la segunda fuerza sea el Centro Democrático y aún tengan arraigo en cerca del 15% del electorado, que se sube al 20% con Salvación Nacional. Y aunque la votación del PH es impresionante y asciende al 39% en Cámara y 40% en Senado, existe un bloque considerable de ciudadanos que optaron por partidos de oposición, partidos tradicionales o partidos moderados. Ignorar que la mayoría del electorado está disperso aleja cualquier principio de debate político sano.
Y, en tercer lugar, conviene entender que los partidos tradicionales siguen presentes. Aproximadamente el 23% de los electores decidieron votar por opciones que podemos considerar como propias de la política tradicional. Asumir que sin esas estructuras se puede construir consensos o gobernabilidad es una visión equivocada que puede acentuar una ruptura política. Para construir mayorías sociales y políticas hará falta sumar e, inevitablemente, eso implica convocar a uno de cada cinco votantes que eligieron las casas políticas tradicionales.
¿Qué sigue? El mensaje que envió al país el alcalde de Bogotá, Carlos Fernando Galán, cuyo partido no obtuvo ningún resultado en la Capital es un buen ejemplo: convocar a las bancadas de congresistas electos y tratar de construir consensos sobre algunos temas fundamentales, partiendo del principio que también habrá temas que serán causa de alejamiento. Y en esencia, esa es la reflexión final:
El consenso no suprime el debate y cada bloque tendrá el derecho democrático a impulsar su agenda, así como otros tendrán el derecho a oponerse. Sin embargo, la pugnacidad en el debate político sirve para generar interacciones en redes y mover emociones en campaña, pero rara vez permite que se conduzca a resultados materiales en la calidad de vida de los ciudadanos. Hoy no hay victorias aplastantes ni mayorías amplias. Lo que esperamos es que se logre la difícil elegancia del acuerdo. Por el bien general, que así sea.
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