lunes, 28 de julio de 2025

Una Cali que se atreve

Cali cumplió 489 años. En poco más de una década, sumaremos medio milenio como ciudad fundada por la colonización española, una de las cinco más antiguas del naciente virreinato y de la Colombia moderna. Durante cuatro siglos, la muy noble y muy leal ciudad de Santiago de Cali no pasó de ser un villorio de unos cuantos miles de habitantes, sujeta a la voluntad del gobernador español de Popayán. Sin embargo, con la llegada del siglo XX, hubo un impulso originado en su elevación a capital del nuevo Departamento del Valle del Cauca y, años después, con su exitosa inserción internacional con los Juegos Panamericanos de 1971. En ese siglo Cali pasó de tener menos de 30 mil habitantes a más de dos millones, consolidándose como la tercera ciudad colombiana y una de las urbes más importantes del Pacífico latinoamericano, solo superada por Lima y Santiago. No hay otra ciudad entre México y Chile que tenga la población y la potencia de Cali, excepto por esas dos capitales nacionales.

Por supuesto, Cali llega a los 489 años con muchas heridas, principalmente fruto de la violencia. El conflicto armado, especialmente en el Cauca, y su condición de metrópoli a unos cuantos kilómetros de corredores trasnacionales de ilegalidad, acelerados por la presencia de cultivos ilícitos, han hecho que los caleños convivan con unas tasas de homicidios elevadas y una percepción de inseguridad históricamente mayor que en el resto de Colombia. Esa violencia estructural, sumado a otros factores como una debilidad institucional crónica en relación con otras capitales como Bogotá o Medellín, ha aplazado sueños como el metro y otras grandes inversiones necesarias para acelerar el crecimiento.

Sin embargo, hoy creo que hay condiciones para pensar que algo está cambiando. Desde hace una década, los homicidios se han reducido a la mitad, siendo la ciudad colombiana que más ha aportado en la reducción global de este delito. Luego de una ruptura de la tendencia en 2021 y en 2023, Cali completa casi 20 meses con indicadores históricamente bajos, lo que debe generar una reflexión necesaria: no hay una prioridad éticamente superior que erradicar la violencia. Si bien el homicidio cero es ilusorio, Cali puede llegar a niveles promedio del resto del país y de todo el continente. Esa debe ser una meta para 2036, cuando cumplirá 500 años de fundada. 

Hoy Cali goza de un aparato productivo sofisticado y diverso, con gran perspectiva de crecimiento. De hecho, hoy la economía caleña crece por encima del promedio nacional y es la locomotora del Valle del Cauca; en los últimos 19 meses han llegado más de 100 millones de dólares en Inversión Extranjera Directa, se disparó la construcción de vivienda y el consumo de los hogares va a buen ritmo. Además, la Sucursal hoy registra la menor tasa de desempleo en 19 años, lo que sugiere que goza de buena salud económica. En la siguiente década, no podemos aflojar y eso exige un compromiso aún mayor entre el gobierno local y regional, el sector privado, la academia y la sociedad civil en general. Como nota adicional, en el último año, EMCALI pasó a ser la tercera empresa del Valle del Cauca, lo que ha valorizado el patrimonio público de la ciudad. 

Por supuesto, hay muchos retos por delante: el buen momento que vive la ciudad no llega igual para todos. Habitante de calle, violencia juvenil, problemas de cobertura y calidad del transporte público, retos ambientales, la calidad de la educación y la eficiencia institucional aún son aspectos que debemos enfrentar y abordar para que Cali dé un paso cualitativo en términos de calidad de vida. Más inversión privada; más inversión pública -que está pasando por un buen momento gracias a la confianza del sector financiero- y mejor coordinación entre el Estado local, la empresa y la academia son esenciales para ese propósito. En los siguientes dos años Cali debería mostrar resultados en materia de renovación urbana, en la recuperación del MIO, en la modernización de la política social y en un hito inaplazable: el Tren de Cercanías. 

De cara a los 500 años, Cali necesita más cemento, más inversión en seguridad y más inversión privada que mueva la economía, genere empleos y más ingresos para la gente. Todo esto mediado por criterios de sostenibilidad, que permita un crecimiento urbano armónico con la biodiversidad, en particular con los ríos, y con la región. Falta un camino largo y difícil por recorrer, pero estoy convencido de que Cali puede procurar mejor calidad de vida para su gente. Ese es el propósito y el mejor regalo en estos 489 años es ratificarlo. Llenos de voluntad caminemos hacia la Cali del quinto centenario, una Cali que se atreve a ir más alto y más lejos. 

Feliz cumpleaños, querida Sucursal del Cielo.

lunes, 23 de junio de 2025

Empleo, cemento y seguridad

El escenario en que se desenvuelve Colombia hoy es de lento crecimiento, recrudecimiento de la situación de orden público en zonas como el Suroccidente y una incertidumbre institucional marcada por el bloqueo que sufre el Gobierno Nacional en el Congreso y la agitación social que ha pretendido provocar en respuesta a la falta de entendimiento entre el oficialismo y la oposición. De cara a 2026 aún no hay muchas respuestas, pero debe haber unas prioridades definidas: el país necesita empleos de calidad, mucho cemento y seguridad. Por supuesto, debemos resolver otros enredos, pero hoy resulta fundamental insistir en esas tres grandes prioridades.

En materia de empleo, hoy Colombia tiene una tasa de desempleo baja que, a priori, supone una noticia muy positiva. Sin embargo, al revisar al detalle los datos, uno descubre que lo que apalanca estos resultados es la Administración Pública y el emprendimiento. De manera que políticas productivas y estímulos a sectores económicos conforman una prioridad inaplazable, entendiendo que esto requiere enfoques macro y micro. En lo macro se podría destacar inversiones en bienes públicos y en formación de capital humano, recuperar la estabilidad fiscal, reducir el ratio de la deuda pública y enviar mensajes de estabilidad macroeconómica a los mercados. Esto, aparejado con políticas de desregulación, simplificación de trámites y con apoyo técnico a las empresas para mejorar su productividad y la de sus trabajadores. En últimas, impulsar el crecimiento económico como mecanismo cierto para la generación de empleo formal, que en últimas es la más poderosa política social. Hoy Colombia ahí enfrenta un reto sin superar.

En segundo lugar, Colombia necesita mucho cemento. Al terminar este cuatrienio, habremos acumulado las caídas de la construcción de vivienda y de obras civiles, limitándose a terminar obras de infraestructura iniciadas en años anteriores y a comenzar algunas pocas, siendo la más destacable el Regiotram de Occidente, -cuyo contrato se firmó hace cinco años-; el país hoy necesita dinamizar la construcción de viviendas y de grandes infraestructuras, especialmente en el sector transporte, como el Tren de Cercanías del Valle del Cauca. Aumentar la oferta de vivienda y adelantar obras viales y de movilidad urbana, suburbana y rural no revisten mayor discusión, más cuando sabemos el impacto en el PIB, en la generación de empleo y en el bienestar que traen consigo. 

Finalmente, en materia de seguridad la discusión no puede ser más clara: el retroceso del control estatal en zonas vulnerables como el Cauca y el sur del Valle es una muestra de la importancia de retomar la agenda de seguridad y orden público que necesita con urgencia el país. Eso pasa por formular un plan cierto de modernización de las capacidades de las Fuerzas Militares, por ejemplo, que han visto cómo se hace inminente la salida del servicio de la flota de superioridad aérea y la falta de mantenimiento de parte de la flota de helicópteros, hoy en tierra en momentos de profunda necesidad de movilidad de las tropas. Desmantelar estructuras criminales, reducir los cultivos ilícitos - en crecimiento desde finales de la década pasada y acelerados en estos últimos años- y asegurar que a cada municipio de Colombia vuelva la Fuerza Pública, la justicia y la presencia integral del Estado son objetivos que debemos trazarnos y construir una estrategia efectiva para lograrlo.

Colombia hoy necesita crecer, reducir la pobreza, mejorar la conectividad interna y garantizar la vida y la integridad de sus ciudadanos y eso se consigue priorizando el empleo, el cemento y la seguridad como una triada que permitirá poner al país en la senda del desarrollo. Por supuesto, hay cientos de temas que tendremos que atender, pero ahora el sentido de prioridad nos obliga a concentrarnos en esos puntos que, a poco menos de un año de las elecciones presidenciales de 2026, no arrojan buenos resultados. Si por ahí empezamos, Colombia avanza. 

sábado, 14 de junio de 2025

Cali, nuestra fuerza se volverá a sentir

La semana que termina será tristemente recordada. En cuestión de horas, Cali y el suroccidente colombiano fueron objetivo de 14 ataques terroristas que, solo en la capital vallecaucana, dejaron dos muertos y 51 heridos, además de varios daños materiales y los incalculables efectos en las comunidades locales que recibieron directamente los impactos de los explosivos. Bastaría imaginar que eso hubiera ocurrido en Bogotá o en Medellín, como bastaría imaginar que en los Farallones de Sutatausa -en Cundinamarca y a no más de una hora del extremo norte de la Capital de la República- hubiera control de un grupo armado ilegal y la presencia de cultivos ilícitos. Pero ocurrió en Cali, en una de las regiones donde el conflicto armado, luego del acuerdo de Paz de 2016, no mermó sino que, contra toda lógica, se transformó y arreció.

Cali ha sido golpeada por la violencia más que cualquiera de las grandes ciudades de Colombia. Epicentro del accionar de grupos como el M19 en los años 1980, luego se convirtió en el núcleo de la violencia del narcotráfico a partir de los años 1990. Para finales del siglo pasado, es decir, hace no más de 25 años, Cali se convirtió en el objetivo de las FARC, del ELN y en menor intensidad de grupos de autodefensa, que crearon una terrorífica sociedad con grupos de narcotraficantes como el Cartel del Norte del Valle y empresas transnacionales del crimen, que vieron en el corredor entre el Cauca y el Valle una máquina de lucro producto de la ilegalidad. En 1999 Cali sufrió dos secuestros masivos; en 2001, un carro bomba destruyó parcialmente la Torre de Cali;  en 2002 se llevaron a 12 diputados; en 2007 volaron el Comando de la Policía Metropolitana y, desde el año 2000, han sido asesinadas más de 30 mil personas. No me equivoco si digo que, al menos en los últimos 30 años, Cali ha sido la ciudad más golpeada por la violencia.

No es en vano cuando desde Cali, y durante las últimas tres décadas, hemos solicitado año tras año mayor compromiso de la Nación. Más inversión en la ciudad y en la región o control institucional en el sur del Valle y el Cauca son aspiraciones regionales que, de forma intermitente, parecen no estar de forma constante sobre el escritorio del presidente de turno. Una buena forma de construir estabilidad en una región de gran importancia nacional e internacional es poniéndose al día con obras como la ampliación y modernización del Aeropuerto Alfonso Bonilla Aragón; terminar la doble calzada entre Cali y Popayán, proyectándola hasta Pasto; el Tren de Cercanías del Valle y el Ferrocarril del Pacífico; la variante Mulaló- Loboguerrero y otros proyectos que, sin duda alguna, marcarían un impulso para la región. Eso sin contar el gasto en seguridad, el aumento de pie de fuerza y la transformación productiva que permita sustituir cultivos ilícitos.

A nivel local, los caleños hoy tenemos una oportunidad de sanar heridas y de enviar un mensaje de fortaleza, más en momentos cuando la amenaza terrorista sigue latente. El Plan Invertir para Crecer, de la Alcaldía encabezada por Alejandro Eder, se convierte en una oportunidad de dotar a Cali de mejores infraestructuras, de cambiar el paisaje urbano y de generar un impulso anímico que necesitamos en estos momentos. Obras como la renovación del centro extendido, que marcará un hito paisajístico y de movilidad peatonal; el Parque Central o el Bulevar Figueroa; el Bulevar de la Avenida Sexta; la recuperación de la malla vial y la inversión en adecuación de infraestructura educativa, de seguridad y deportiva, por citar algunos proyectos, constituyen una oportunidad para inyectarle a Cali unos recursos que, en el corto y largo plazo, traerán beneficios generosos para una ciudad necesitada de atención.

Cali hoy necesita obras y hechos que la ayuden a levantarse de esta hora oscura a la que la están queriendo someter los grupos armados organizados, aprovechando una falla estructural del Estado para garantizar su presencia integral; si bien la ciudad económicamente goza de buena salud y hay esfuerzos para proyectarla internacionalmente, la sombra de la violencia puede oscurecer estos esfuerzos y devolvernos años atrás. Ese riesgo no se puede correr y hay que mitigarlo con contundencia y resolución. 

En 1999, en un año particularmente duro, una campaña cívica puso en el imaginario una frase emocionante para tiempos convulsos: Cali, nuestra fuerza se volverá a sentir. Hoy quiero traerla a valor presente -quizás sin tener mucha consideración de sus autores- en momentos de incertidumbre y dificultad, para recordar que el riesgo mayor es permitir que el desánimo, el miedo y la desesperanza carcoman a Cali. No lo olvidemos: somos una ciudad con una proyección gigante, que si removemos del escenario el fenómeno odioso de la violencia, podríamos llegar a ser la primera ciudad. Porque llegó el momento de sentir y de hacer sentir la grandeza de Cali...

Cali, ¡nuestra fuerza se volverá a sentir!

lunes, 2 de junio de 2025

El corredor maldito

El corredor que ha consolidado la columna 'Jaime Martinez' desde la firma del Acuerdo Final, en 2016, hasta hoy, no tiene otra forma de ser llamado que un corredor maldito. Cerca de 20 mil hectáreas de coca, sembradas sin control entre el Cañón del Micay y el Naya vallecaucano, aseguran que esta organización ilegal pueda producir uno de cada 10 kilos de cocaína en Colombia, convirtiéndolo en un actor dominante en el mercado de la ilegalidad. Precursores químicos, minería ilegal, prostitución, líneas de distribución y comercialización y una red de organizaciones criminales forman una red que se teje alrededor de un corredor que abarca a todo el Departamento del Cauca de sur a norte y al municipio vallecaucano de Jamundí. Y como nodo esencial de ese corredor, Cali recibiendo todas las consecuencias de esa ilegalidad.

A pesar de los efectivos esfuerzos de Cali de reducir y contener la criminalidad urbana, con disminuciones notables en homicidios que empezaron durante la década pasada, aún es persistente la violencia por encima del promedio nacional y del resto de capitales colombianas. Por supuesto, existen algunas vulnerabilidades sociales que abren un boquete a la ilegalidad, pero la pobreza en Cali no es muy diferente a la que se vive en Bogotá, Medellín o Barranquilla; en ese sentido, pensar que la violencia y el crimen en la capital del Valle lo explican solamente las brechas sociales y económicas es asumir una noción corta e insuficiente. Cali sin ese corredor de ilegalidad que pasa a unos minutos de ella no enfrentaría las amenazas contra la seguridad que hoy la agobian -o, al menos, no en esa intensidad-. 

Cali es la tercera ciudad de Colombia y la tercera aglomeración urbana más importante en el litoral pacífico latinoamericano, solo superada por Lima y Santiago. Eso la hace la ciudad de más de un millón de habitantes más cercana a las mayores extensiones de cultivos ilícitos del continente y, quizás, del mundo, lo que la hace receptora de toda la violencia que se gesta alredor. Cali, por su creciente oferta de servicios, es lugar ideal para la residencia de integrantes de esas organizaciones criminales y por su población no solo es centro de distribución sino un mercado de sustancias psicoactivas de relevancia, lo que incentiva que muchos grupos criminales se disputen el control a sangre y fuego. Por lo tanto, a Cali entran drogas y armas que, en últimas, se convierten en ese gran acelerador de la violencia.

Si Cali quiere reducir los homicidios a la mitad, por lo menos, es imprescindible que el Gobireno Nacional restablezca el control institucional de ese corredor de ilegalidad que conecta a la capital del Valle con el Cañón del Micay. Eso implica la instalación del batallón de alta montaña en Jamundí, entre otras intervenciones militares a lo largo del Departamento del Cauca y acelerar la erradicación en sus diferentes mecanismos de los cultivos ilícitos, que en últimas requiere de una política de transformación productiva. La acción del Gobierno Nacional debe tender a corregir el error histórico de no haber copado con toda la fuerza del Estado los territorios que dejaron las antiguas FARC y que muy pronto aprovecharon sus disidencias para continuar en el negocio del tráfico de drogas. Acabar ese corredor maldito es un anhelo de Cali, del Valle y del Cauca.

domingo, 25 de mayo de 2025

Calidad de vida

Cuando uno monta en el Metro de Medellín, en la megafonía se escucha con frecuencia el lema de este sistema de transporte: calidad de vida, el que en mi concepto es posiblemente la identidad de marca más poderosa y elocuente de una entidad pública en Colombia. No hay, en últimas, objetivo más importante en una sociedad que el de procurar calidad de vida para todos sus integrantes. Por supuesto, el fin último del Estado es asegurar todos los esfuerzos para que sus ciudadanos puedan vivir mejor. Las instituciones, las leyes, el crecimiento económico y las políticas públicas se convierten, entonces, en instrumentos para la calidad de vida.

Colombia ha tenido múltiples obstáculos para asegurar esa calidad de vida. Desde la violencia y la criminalidad hasta la debilidad institucional pueden explicar por qué aún la vida en buena parte del país no alcanza los niveles necesarios para suplir las necesidades de sus habitantes. Prueba de estos retos es cómo Bogotá lleva fácilmente ocho décadas tratando de resolver los crecientes problemas de movilidad y solo en agosto de 2021 se empiezan las obras del Metro, casi 30 años después del inicio de las obras del Metro de Medellín o de la primera línea del Metro de Lima. Un elemento fundamental de la calidad de vida en las grandes ciudades es tener redes de transporte que reduzcan los tiempos, algo en lo que Colombia ha tardado mucho en encontrar soluciones.

La pobreza es otro elemento importante que plantea los retos de calidad de vida que enfrentamos en el país. A pesar de que desde inicios del siglo XXI la pobreza en Colombia se ha reducido de forma sostenida, aún persiste como un reto sin enfrentar con total éxito. Ciudades como Cali tienen a tres de cada diez de sus habitantes viviendo por debajo de lo mínimo, pero algunas capitales como Quibdó tienen al 60% de su población en la pobreza. Esto no es un asunto de justicia social, porque parte del cuestionable argumento según el cual los pobres son víctimas de decisiones de una élite y supone, por tanto, que un planificador central cargado de benevolencia va a corregir esos desajustes. En realidad, esto es un asunto de promover la acumulación de capital humano, aumentar la dotación de bienes públicos y crear incentivos para el crecimiento de los mercados. Es un asunto complejo, que requiere la sumatoria de esfuerzos, no la aparición de un caudillo.

La calidad de vida es el resultado de la interacción constante entre factores sociales, económicos, necesidades individuales, libertades personales, entornos ambientales y condiciones de salud. Es decir, es un sistema donde una serie de piezas construyen contextos de bienestar para los individuos. Estar bien y sentirse bien es lo que, en últimas, entiende un individuo como calidad de vida y es el propósito que debiera integrar a los diferentes actores de la sociedad: Estado, empresa, academia, organizaciones de la sociedad civil, fuerzas armadas, iglesia, entre otros. Así las cosas, todo cambio social debe conducir a mejorar la calidad de vida de los individuos pero, cuando las banderas de lo social solo sirven para mantener la exaltación crónica, estamos frente a la demagogia.

Colombia y sus regiones deben construir un consenso esencial: no hay otro norte práctico y ético diferente que construir calidad de vida. Han sido años y años de rezago en este propósito, pero ya va siendo hora de convenir que los colombianos pueden vivir mejor y que es momento de trazar una ruta cierta que permita que toda persona en Colombia acceda a servicios públicos de calidad, a empleo formal, a más y mejores bienes en el mercado y a la seguridad de que la vida y la propiedad son respetadas. Puede tardar un poco, pero es el camino correcto.



domingo, 11 de mayo de 2025

Nadar y empujar la maleta

Hace poco escuchaba a un comentarista, crítico fuerte del alcalde Alejandro Eder, decir que deberíamos estar concentrados en resolver los problemas inmediatos y no estar pensando en Cali 500 y las visiones prospectivas, tema que volvió a estar de moda con la visita del urbanista surcoreano Young-Hoon Kwaak. Por supuesto, en una ciudad con tantos problemas crónicos sin resolver esto puede resultar siendo razonable y tentador convertirlo en un mantra. Uno podría decir que mejor ocupémonos del problema de los hurtos a personas en lugar de estar pensando en cómo integrar a la ciudad con la región o cómo reducir en el largo plazo las presiones de la expansión urbana. Sin embargo, aunque tentador, es una falacia de falsa disyuntiva. Nos toca resolver los problemas inmediatos y pensar en el largo plazo. Mejor dicho, nadar y empujar la maleta.

Cuentan que antes de 1992, Barcelona, en España, era una ciudad decadente que había perdido su norte de ciudad condal. A pesar de estar de frente al Mediterráneo, llevaba décadas dándole la espalda, mientras se expandía hacia el denominado cinturón industrial, en la zona de L'Hospitalet. Con la llegada de los Juegos Olímpicos, la segunda ciudad de España y capital de la próspera Comunidad Autónoma de Catalunya se proyectó para el futuro, no solo para el inmediato -porque los juegos llegarían y se irían- sino para el nuevo siglo que se asomaba. Podría decirse, a más de 30 años después, que Barcelona cumplió con su objetivo y se reconcilió con el mar, consolidó su vocación productiva y alcanzó su estatura global. Ahora bien, ¿quedaron resueltos sus problemas? Ciertamente no. Es más, posiblemente, debe pensarse para los siguientes 30 años. Y eso está bien, porque las visiones estratégicas son dinámicas.

Las lecciones catalanas bien podrían sernos útiles. Cali hoy enfrenta retos inmediatos que, por supuesto, no podrían esperar a que los atendamos en el largo plazo. Pero así como los Juegos Panamericanos de 1971 nos procuraron un impulso que perduró, a más de 50 años de ese acontecimiento es necesario renovar la visión de futuro de la capital vallecaucana. Resultaría inadmisible que en 10, 15 o 20 años Cali siga sin un sistema de transporte ferroviario, sin un aeropuerto con mayor capacidad instalada o de espaldas al río Cauca. Tampoco sería admisible que sigamos urbanizando el sur de la ciudad, alejando la oferta de vivienda de los centros productivos, mientras el centro y sus zonas aledañas siguen debatiéndose entre el abandono y el desaprovechamiento.

Hoy es una buena noticia que desde su gobierno local, a Cali se le esté convocando a pensar en soluciones de largo plazo. Erradicar la minería ilegal de los Farallones, revitalizar el centro, el Tren de Cercanías o el fortalecimiento del sistema educativo son apuetsas duraderas que generarán resultados en el largo plazo. No podemos sucumbir a falsas disyuntivas entre el corto y el largo plazo. Cuando tuve el reto de formular el programa de gobierno del hoy alcalde de Cali, lo hicimos conciliando las visiones y necesidades inmediatas con las de más largo aliento. Y el hito que nos guía es 2036, cuando nuestra ciudad celebre 500 años de fundación. Y ese pensamiento hoy debería ser adoptado por todos, tanto en el sector público como en el privado: conciliemos las necesidades inmediatas con los sueños, expectativas y proyección del largo plazo. Corramos el cerco de nuestra visión.

He insistido en que vamos hacia el tercer despegue de Cali, pero lograrlo supone esfuerzos monumentales, puntualmente dos: construir el Tren de Cercanías, una obra costosa como ninguna que hayamos hecho, y la integración y consolidación de la Ciudad Región a través del modelo del Área Metropolitana. Por supuesto, esto debe ir aparejado a una agenda de internacionalización y de desarrollo productivo que permitan que Cali adquiera esa credencial de ciudad global que solo ostentan las grandes capitales del mundo. Recordémoslo: Cali no es un pueblo.

El 25 de julio de 2036 se celebrará los cinco siglos de historia. Desde cuando don Miguel López Muñoz estableció, por instrucción de Sebastián de Belalcázar, un poblado en el nombre de la Corona de Castilla. Desde entonces, no solo en Cali sino en la América Hispana han pasado muchos años y muchos sucesos. Para bien o para mal, según desde donde se le mire, es nuestra historia y ese fue un punto de partido de este capítulo denominado Santiago de Cali. Hoy no nos queda otro camino que corregir lo malo, continuar lo bueno y construir un futuro definido por la sostenibilidad y la calidad de vida. No nos queda otro camino que nadar y empujar la maleta.

sábado, 3 de mayo de 2025

Correr el cerco

Las ciudades avanzan de forma irreversible hacia la internacionalización y el relacionamiento cada vez más estrecho con el exterior. Hoy es muy difícil que un gobierno de una ciudad o de una entidad subnacional pueda ejercer sus competencias, brindar la prestación de servicios públicos e impulsar el desarrollo local sin construir relaciones con otros gobiernos en el mundo, con empresas extranjeras y, en general, con el entorno global. Las relaciones internacionales de las ciudades son fundamento de nuevas oportunidades para el crecimiento económico, el intercambio de experiencias y el aprendizaje.

Desde el año pasado, Cali ha acelerado el acercamiento con el entorno internacional en un esfuerzo institucional por fortalecer los vínculos económicos y la cooperación con actores extranjeros. No en vano, la ciudad acogió la COP-16 y tuvo un record de visitas, que le dio una oportunidad de visibilidad y de vitrina ante el mundo. La apuesta por la internacionalización, por supuesto, no empezó hace unos pocos meses, como lo demuestra la existencia de Invest Pacific o que la Alcaldía creó hace unos años una Oficina de Cooperación y de Relaciones Internacionales y una Secretaría de Turismo pero, apalancados en esas herramientas, hoy parece haber un norte más claro sobre cómo Cali debe insertarse en el mundo.

Hoy es imprescindible correr el cerco y extender el alcance de la visión de Cali. Eso, esencialmente, se traduce en una apuesta fuerte por el turismo, por la inversión privada y por el intercambio de experiencias con otras ciudades que puedan haber resuelto problemas que hoy aquejan a nuestra ciudad; el éxito de cualquier gran ciudad está en su capacidad de posicionarse en un contexto global con fuerza. En Colombia, el caso de Medellín es el que mejor refleja ese principio: la capital de Antioquia se convirtió en una ciudad con alcance internacional en la medida en que apostó por los grandes eventos y por atraer a nómadas digitales. Con luces y sombras, es claro que el éxito económico de Medellín, con una increíble tasa de desempleo del 7%, solo es posible en la medida en que configuró todos sus factores para proyectarse con éxito hacia el mundo y corrió el cerco de su visión.

Cali tendrá que determinar con mucha precisión cuál es el modelo de internacionalización por el que apuesta, aunque ya hay señales que indican cuál es el camino a seguir. Ventajas como el clúster de la salud, el potencial ecológico, su capital humano apalancado por la presencia de buenas universidades, su vocación cultural y deportiva y su oferta productiva diversificada y sofisticada convierten a Cali en un excelente destino para el turismo especializado y la inversión extranjera en sectores tecnológicos y de servicios de alta complejidad. La ruta está dibujada, se requiere que la apuesta por la internacionalización no sea flor de un día.

¿Qué retos tenemos para afrontar la internacionalización de forma exitosa? Por supuesto, se requiere ampliar la capacidad instalada de la ciudad, principalmente de la infraestructura de transporte: el Tren de Cercanías y la modernización del Aeropuerto Alfonso Bonilla Aragón son dos elementos clave en ese propósito. Pero también se requiere que Cali tenga mejoras cada vez mayores en seguridad, lo cual es un mensaje reputacional clave para neutralizar ese gran estigma que ha tenido la capital del Valle como ciudad insegura. Y luego, debe venir una política sostenida de formación de capital humano que dote a su fuerza de trabajo de habilidades como el bilingüismo y lo relacionado con la economía digital. Correr el cerco es imperativo para que Cali esté al nivel de una ciudad global.


La capital de los símbolos

Los símbolos, históricamente, han movido las emociones. Los símbolos suelen tener una adherencia mayor que cualquier otro tipo de figura y, ...